Densa eternidad de finitudes
se desploman perplejas
desde el fondo del cielo,
apretando los puños
en franca despedida,
precipitando duelos
sobre nuestras cabezas
somnolientas de páginas.
Se rompen los cristales
fatalmente exprimidos
por las lenguas del odio,
en otro atardecer
tapado de murallas,
en el gélido golfo
del tiempo prematuro.
Y nada es lo que era.
Y todo es para nada.
Y la nada lo es todo.
Se desbordan los ríos
sobre los campos hoscos.
Las lánguidas arterias femorales
tapadas de cangrejos eremitas,
eclosionan de tinta
e inundan todo encierro,
y el cuerpo es un latido
que avanza a contramano.
A menudo es urgente
salirse del camino
para ser arrasado,
borrado, desotrado,
fulminado de versos
que pongan fin al fin,
y al sobrio desatino
en que nos anudamos.
Bajan rodando
como piedras gigantes
por el lomo de un cerro,
las grandes epopeyas
hasta nuestros insomnes relucientes
relojes rutinarios...
La historia se detiene en el semáforo...
Y a saltos de langosta
el destino destina,
los pasos necesarios...
se desploman perplejas
desde el fondo del cielo,
apretando los puños
en franca despedida,
precipitando duelos
sobre nuestras cabezas
somnolientas de páginas.
Se rompen los cristales
fatalmente exprimidos
por las lenguas del odio,
en otro atardecer
tapado de murallas,
en el gélido golfo
del tiempo prematuro.
Y nada es lo que era.
Y todo es para nada.
Y la nada lo es todo.
Se desbordan los ríos
sobre los campos hoscos.
Las lánguidas arterias femorales
tapadas de cangrejos eremitas,
eclosionan de tinta
e inundan todo encierro,
y el cuerpo es un latido
que avanza a contramano.
A menudo es urgente
salirse del camino
para ser arrasado,
borrado, desotrado,
fulminado de versos
que pongan fin al fin,
y al sobrio desatino
en que nos anudamos.
Bajan rodando
como piedras gigantes
por el lomo de un cerro,
las grandes epopeyas
hasta nuestros insomnes relucientes
relojes rutinarios...
La historia se detiene en el semáforo...
Y a saltos de langosta
el destino destina,
los pasos necesarios...
Última edición: