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Contemplador nocturno de poemas
Cuando el sol desciende en el horizonte forma sombras sobre nuestra cama, sobre nuestros cuerpos. Son como una prisión de la piel que nos atrapa y atemoriza. Ayer Sandra me miró de soslayo y me preguntó algo nimio, pero dulce, mientras asistía con tedio a las sombras que trepaban por sus caderas. Si no fuera ella, siempre purificada por la cantidad de agua que bebe, hubiera resultado obsceno. Son un incordio lo sé, podríamos cambiar la cama de sitio y las sombras ya no treparían por nuestras sábanas cómo dedos ávidos de vida y carne, podríamos cerrar las contraventanas, correr las cortinas, bajar las persianas, podríamos, pero nos perderíamos nuestra puesta de sol favorita. Así que asistimos resignados a las conquistas de las sombras, las hacemos de lado mientras hablamos de postres, de la reparación del coche o de las tareas del jardín. Un día hicimos el amor mientras las sombras dibujaban tatuajes vivos sobre nosotros, lo hicimos como un desprecio final, resultó descorazonador. Se pasearon por nuestros cuerpos, retorcidas, como moldes exactos de nuestra esencia, dibujaron mapas fantasmales que llevan a lugares terribles. Terminaremos viviendo a oscuras para no verlas, me dice Sandra. Lo sé.