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El señor Granz compró una casa cercana a un frondoso bosque. Llevaba mucho tiempo soñando con vivir rodeado por la naturaleza. Pero las cosas no siempre son como soñamos. Un viejo cedro daba sombra a la casa. Al principio le agradó la majestuosidad del árbol. Muchos pájaros vivían en él. Le gustaba sentarse bajo su sombra a leer o a dormir la siesta en verano, pero poco a poco fue cogiéndole odio al árbol porque los pájaros dejaban caer sus excrementos sobre la entrada de la casa. Además, comenzó a obsesionarse con que la sombra del árbol dibujaba algo terrorífico. Decidió cortarlo. Al primer hachazo, se dio cuenta de que la tarea no le iba a resultar nada fácil, ya que el hacha rebotó como si el tronco fuese de hierro. A pesar de esto, no persistió de su empeño. Seguía obsesionado con que su sombra era terrorífica. Creyó notar algo maléfico cuando se cobijaba bajo la sombra del cedro. Desde hacía algún tiempo su salud no era buena. Llegó a la conclusión de que sus problemas empezaron cuando llegó a la casa. Era necesario tirar el árbol abajo. Así pensaba que se acabarían todos sus problemas. Un día, vio salir de su frondosa copa un pájaro extraño. Nunca había visto pájaros de ese tamaño. Era negro y con unas enormes alas rojas. Poco después vio con asombro que el tamaño del árbol había disminuido considerablemente. Arañó su madera y comprobó que era como la de cualquier árbol. El extraño pájaro revoloteaba constantemente alrededor de la casa. El árbol continuaba disminuyendo su tamaño. Cuando tuvo la altura de un plantón el señor Granz lo arrancó. Se sentía exultante por haberse deshecho del árbol. Ya no temería a su sombra. Pero ocurrió una especie de milagro: donde había estado el cedro había crecido un nuevo arbolito. Intentó arrancarlo y no pudo. Quiso partirlo y no fue capaz. Aumentaba su tamaño rápidamente. En una semana tuvo el grosor y la altura del anterior. Volvió a temer a la sombra que el árbol proyectaba. Un día, mientras intentaba derribarlo con el hacha, vio que el extraño pájaro se abalanzaba volando contra él. Se agachó para esquivarlo, pero una de las garras le hizo una herida en la cara. Pensó que era un pequeño rasguño sin importancia. Al día siguiente fue incapaz de levantarse. Tenía fiebre y se encontraba muy débil. Pasó toda la mañana acostado, adormecido. Al atardecer, oyó ruidos en la casa. Vio con terror que el extraño pájaro entraba en la habitación. Andaba como un hombre. Tenía manos y pies provistos de una enormes y afiladas garras. En la mano derecha llevaba el hacha con la que el señor Granz había intentado cortar los árboles. Quiso levantarse, pero no pudo. Vio los enormes ojos del pájaro fijos en él. Eran de un brillante color rojizo, sanguinolentos. El pájaro levantó el hacha y le seccionó las manos. El señor Granz se desmayó por el dolor. Por una ventana abierta entraba el viento que al silbar producía en la copa del árbol una extraña música. El sol se estaba ocultando. El señor Granz no pudo ver la puesta de sol porque estaba muerto. Era un difunto extraño, un guiñapo monstruoso, con una cara horrenda y con las manos cortadas. Alguna vez fue un hombre que soñaba con vivir en la naturaleza. Ahora tan solo era un pobre muerto monstruoso.
Eladio Parreño Elías
25-Septiembre-2011
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El señor Granz compró una casa cercana a un frondoso bosque. Llevaba mucho tiempo soñando con vivir rodeado por la naturaleza. Pero las cosas no siempre son como soñamos. Un viejo cedro daba sombra a la casa. Al principio le agradó la majestuosidad del árbol. Muchos pájaros vivían en él. Le gustaba sentarse bajo su sombra a leer o a dormir la siesta en verano, pero poco a poco fue cogiéndole odio al árbol porque los pájaros dejaban caer sus excrementos sobre la entrada de la casa. Además, comenzó a obsesionarse con que la sombra del árbol dibujaba algo terrorífico. Decidió cortarlo. Al primer hachazo, se dio cuenta de que la tarea no le iba a resultar nada fácil, ya que el hacha rebotó como si el tronco fuese de hierro. A pesar de esto, no persistió de su empeño. Seguía obsesionado con que su sombra era terrorífica. Creyó notar algo maléfico cuando se cobijaba bajo la sombra del cedro. Desde hacía algún tiempo su salud no era buena. Llegó a la conclusión de que sus problemas empezaron cuando llegó a la casa. Era necesario tirar el árbol abajo. Así pensaba que se acabarían todos sus problemas. Un día, vio salir de su frondosa copa un pájaro extraño. Nunca había visto pájaros de ese tamaño. Era negro y con unas enormes alas rojas. Poco después vio con asombro que el tamaño del árbol había disminuido considerablemente. Arañó su madera y comprobó que era como la de cualquier árbol. El extraño pájaro revoloteaba constantemente alrededor de la casa. El árbol continuaba disminuyendo su tamaño. Cuando tuvo la altura de un plantón el señor Granz lo arrancó. Se sentía exultante por haberse deshecho del árbol. Ya no temería a su sombra. Pero ocurrió una especie de milagro: donde había estado el cedro había crecido un nuevo arbolito. Intentó arrancarlo y no pudo. Quiso partirlo y no fue capaz. Aumentaba su tamaño rápidamente. En una semana tuvo el grosor y la altura del anterior. Volvió a temer a la sombra que el árbol proyectaba. Un día, mientras intentaba derribarlo con el hacha, vio que el extraño pájaro se abalanzaba volando contra él. Se agachó para esquivarlo, pero una de las garras le hizo una herida en la cara. Pensó que era un pequeño rasguño sin importancia. Al día siguiente fue incapaz de levantarse. Tenía fiebre y se encontraba muy débil. Pasó toda la mañana acostado, adormecido. Al atardecer, oyó ruidos en la casa. Vio con terror que el extraño pájaro entraba en la habitación. Andaba como un hombre. Tenía manos y pies provistos de una enormes y afiladas garras. En la mano derecha llevaba el hacha con la que el señor Granz había intentado cortar los árboles. Quiso levantarse, pero no pudo. Vio los enormes ojos del pájaro fijos en él. Eran de un brillante color rojizo, sanguinolentos. El pájaro levantó el hacha y le seccionó las manos. El señor Granz se desmayó por el dolor. Por una ventana abierta entraba el viento que al silbar producía en la copa del árbol una extraña música. El sol se estaba ocultando. El señor Granz no pudo ver la puesta de sol porque estaba muerto. Era un difunto extraño, un guiñapo monstruoso, con una cara horrenda y con las manos cortadas. Alguna vez fue un hombre que soñaba con vivir en la naturaleza. Ahora tan solo era un pobre muerto monstruoso.
Eladio Parreño Elías
25-Septiembre-2011
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El señor Granz compró una casa cercana a un frondoso bosque. Llevaba mucho tiempo soñando con vivir rodeado por la naturaleza. Pero las cosas no siempre son como soñamos. Un viejo cedro daba sombra a la casa. Al principio le agradó la majestuosidad del árbol. Muchos pájaros vivían en él. Le gustaba sentarse bajo su sombra a leer o a dormir la siesta en verano, pero poco a poco fue cogiéndole odio al árbol porque los pájaros dejaban caer sus excrementos sobre la entrada de la casa. Además, comenzó a obsesionarse con que la sombra del árbol dibujaba algo terrorífico. Decidió cortarlo. Al primer hachazo, se dio cuenta de que la tarea no le iba a resultar nada fácil, ya que el hacha rebotó como si el tronco fuese de hierro. A pesar de esto, no persistió de su empeño. Seguía obsesionado con que su sombra era terrorífica. Creyó notar algo maléfico cuando se cobijaba bajo la sombra del cedro. Desde hacía algún tiempo su salud no era buena. Llegó a la conclusión de que sus problemas empezaron cuando llegó a la casa. Era necesario tirar el árbol abajo. Así pensaba que se acabarían todos sus problemas. Un día, vio salir de su frondosa copa un pájaro extraño. Nunca había visto pájaros de ese tamaño. Era negro y con unas enormes alas rojas. Poco después vio con asombro que el tamaño del árbol había disminuido considerablemente. Arañó su madera y comprobó que era como la de cualquier árbol. El extraño pájaro revoloteaba constantemente alrededor de la casa. El árbol continuaba disminuyendo su tamaño. Cuando tuvo la altura de un plantón el señor Granz lo arrancó. Se sentía exultante por haberse deshecho del árbol. Ya no temería a su sombra. Pero ocurrió una especie de milagro: donde había estado el cedro había crecido un nuevo arbolito. Intentó arrancarlo y no pudo. Quiso partirlo y no fue capaz. Aumentaba su tamaño rápidamente. En una semana tuvo el grosor y la altura del anterior. Volvió a temer a la sombra que el árbol proyectaba. Un día, mientras intentaba derribarlo con el hacha, vio que el extraño pájaro se abalanzaba volando contra él. Se agachó para esquivarlo, pero una de las garras le hizo una herida en la cara. Pensó que era un pequeño rasguño sin importancia. Al día siguiente fue incapaz de levantarse. Tenía fiebre y se encontraba muy débil. Pasó toda la mañana acostado, adormecido. Al atardecer, oyó ruidos en la casa. Vio con terror que el extraño pájaro entraba en la habitación. Andaba como un hombre. Tenía manos y pies provistos de una enormes y afiladas garras. En la mano derecha llevaba el hacha con la que el señor Granz había intentado cortar los árboles. Quiso levantarse, pero no pudo. Vio los enormes ojos del pájaro fijos en él. Eran de un brillante color rojizo, sanguinolentos. El pájaro levantó el hacha y le seccionó las manos. El señor Granz se desmayó por el dolor. Por una ventana abierta entraba el viento que al silbar producía en la copa del árbol una extraña música. El sol se estaba ocultando. El señor Granz no pudo ver la puesta de sol porque estaba muerto. Era un difunto extraño, un guiñapo monstruoso, con una cara horrenda y con las manos cortadas. Alguna vez fue un hombre que soñaba con vivir en la naturaleza. Ahora tan solo era un pobre muerto monstruoso.
Eladio Parreño Elías
25-Septiembre-2011