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Enciendo un cigarrillo, bebo un sorbo largo de whisky y leo un poema anónimo, hasta ahora completamente desconocido para mí. Un poema de algún fulano con deseos de artista, con un sueño que aún no llegó tan alto para sentir el golpe de la caída.
Mientras leo me adentro en la misteriosa trama que habla de un poeta que está sentado en la cúpula de un rascacielos de la ciudad de Buenos Aires en una noche de punzantes estrellas, en donde la ebria luna intenta seducir al galante verano, pero la luna está muy borracha y harapienta, y el verano es todo un señorito francés que ni la hora le da.
También hay otras figuras sobresaliendo del texto como un gato en un tejado maullando lágrimas eternas de humanidad, una golondrina temerosa que no sabe volar y no se anima a lanzarse de la cornisa ni siquiera por su idea preconcebida del suicidio, un ruiseñor nocturno que canta una estrofa sin rima de una lírica renacentista, un par de niños que juegan a tientas el rito de los huérfanos silencios sabiendo que con cualquier simple movimiento se caerán al vacío y una mujer, una solitaria y joven mujer de la que todos se enamorarían al verla, incluso las mujeres.
Lo que cualquier lector jamás podría saber es que esa joven mujer va a morir de soledad aún más joven de lo que es, que el par de niños no son otra cosa que unos viejos inmaduros, pero sin infancia, que el ruiseñor tiene alma de cuervo y que de poesía ni de canto sabe nada, que la golondrina ya se suicidó con una sonrisa en su cara porque así consiguió curarse del cáncer alquitranado del fracaso, que aquel gato fue una querida mascota que enterré hace un par de años, que la luna es una metáfora de mi pobre hermana, la cual jamás pudo ir al colegio porque nuestra familia vivía en una condición muy precaria, y que el verano era el joven, rico, educado y refinado de nuestro barrio, y que la noche de punzantes estrellas son las cicatrices que nos dejan los años…
Finalmente, cuando me doy cuenta de todo esto, dejo de leer y cierro el libro para ver que estoy sentado sobre la cornisa del rascacielos más alto de la ciudad.
Enciendo un cigarrillo, bebo un sorbo largo de whisky y leo un poema anónimo, hasta ahora completamente desconocido para mí. Un poema de algún fulano con deseos de artista, con un sueño que aún no llegó tan alto para sentir el golpe de la caída.
Mientras leo me adentro en la misteriosa trama que habla de un poeta que está sentado en la cúpula de un rascacielos de la ciudad de Buenos Aires en una noche de punzantes estrellas, en donde la ebria luna intenta seducir al galante verano, pero la luna está muy borracha y harapienta, y el verano es todo un señorito francés que ni la hora le da.
También hay otras figuras sobresaliendo del texto como un gato en un tejado maullando lágrimas eternas de humanidad, una golondrina temerosa que no sabe volar y no se anima a lanzarse de la cornisa ni siquiera por su idea preconcebida del suicidio, un ruiseñor nocturno que canta una estrofa sin rima de una lírica renacentista, un par de niños que juegan a tientas el rito de los huérfanos silencios sabiendo que con cualquier simple movimiento se caerán al vacío y una mujer, una solitaria y joven mujer de la que todos se enamorarían al verla, incluso las mujeres.
Lo que cualquier lector jamás podría saber es que esa joven mujer va a morir de soledad aún más joven de lo que es, que el par de niños no son otra cosa que unos viejos inmaduros, pero sin infancia, que el ruiseñor tiene alma de cuervo y que de poesía ni de canto sabe nada, que la golondrina ya se suicidó con una sonrisa en su cara porque así consiguió curarse del cáncer alquitranado del fracaso, que aquel gato fue una querida mascota que enterré hace un par de años, que la luna es una metáfora de mi pobre hermana, la cual jamás pudo ir al colegio porque nuestra familia vivía en una condición muy precaria, y que el verano era el joven, rico, educado y refinado de nuestro barrio, y que la noche de punzantes estrellas son las cicatrices que nos dejan los años…
Finalmente, cuando me doy cuenta de todo esto, dejo de leer y cierro el libro para ver que estoy sentado sobre la cornisa del rascacielos más alto de la ciudad.
SEntarse en esa conciencia del rascacielos mas alto, y luchar asi con los latidos
resbalados de la memoria. un magma para la perpetua benevolencia del
sueño nocturno donde las formas se acomodan en un frontan de sello
magico. excelente. saludos amable de luzyabsenta
FELICIDADESpor el reconocimiento obtenido.es un lujo haber podido leer esta bella e intensa prosa, programa para recrear espacios que derraman sentimientos puros de literatura.saludos amables de luzyabsenta
Ni sabía que esto había tenido un reconocimiento… ¡¡¡tan perdido se puede andar!!! En todo caso gracias y también gracias por las lecturas y comentarios… pasados, presentes y futuros.
Enciendo un cigarrillo, bebo un sorbo largo de whisky y leo un poema anónimo, hasta ahora completamente desconocido para mí. Un poema de algún fulano con deseos de artista, con un sueño que aún no llegó tan alto para sentir el golpe de la caída.
Mientras leo me adentro en la misteriosa trama que habla de un poeta que está sentado en la cúpula de un rascacielos de la ciudad de Buenos Aires en una noche de punzantes estrellas, en donde la ebria luna intenta seducir al galante verano, pero la luna está muy borracha y harapienta, y el verano es todo un señorito francés que ni la hora le da.
También hay otras figuras sobresaliendo del texto como un gato en un tejado maullando lágrimas eternas de humanidad, una golondrina temerosa que no sabe volar y no se anima a lanzarse de la cornisa ni siquiera por su idea preconcebida del suicidio, un ruiseñor nocturno que canta una estrofa sin rima de una lírica renacentista, un par de niños que juegan a tientas el rito de los huérfanos silencios sabiendo que con cualquier simple movimiento se caerán al vacío y una mujer, una solitaria y joven mujer de la que todos se enamorarían al verla, incluso las mujeres.
Lo que cualquier lector jamás podría saber es que esa joven mujer va a morir de soledad aún más joven de lo que es, que el par de niños no son otra cosa que unos viejos inmaduros, pero sin infancia, que el ruiseñor tiene alma de cuervo y que de poesía ni de canto sabe nada, que la golondrina ya se suicidó con una sonrisa en su cara porque así consiguió curarse del cáncer alquitranado del fracaso, que aquel gato fue una querida mascota que enterré hace un par de años, que la luna es una metáfora de mi pobre hermana, la cual jamás pudo ir al colegio porque nuestra familia vivía en una condición muy precaria, y que el verano era el joven, rico, educado y refinado de nuestro barrio, y que la noche de punzantes estrellas son las cicatrices que nos dejan los años…
Finalmente, cuando me doy cuenta de todo esto, dejo de leer y cierro el libro para ver que estoy sentado sobre la cornisa del rascacielos más alto de la ciudad.
Envolvente y maravillosa forma de escribir. Fue un placer leer esta composición. Y felicidades por el reconocimiento que está muy justificado. Un abrazo.
Envolvente y maravillosa forma de escribir. Fue un placer leer esta composición. Y felicidades por el reconocimiento que está muy justificado. Un abrazo.