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Corceles de Color Vainilla

Francisco Iván Pazualdo
Corceles de Color Vainilla
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A nadie había amado como a ti, a nadie,
no amado había desde el simple contexto de amar,
no me dijeron cómo era, pero te he amado
a como me di a entender,
sin las discusiones domésticas
de una pareja cotidiana.
A nadie había querido como te quiero a ti,
nunca había sentido tanto, nunca...
Pero a ti te quiero, pero a ti te amo,
de una manera sobrehumana.

Para Ely
Por Francisco Iván Pazualdo
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Lo das todo cuando me miras, me secuestras
hasta el punto de no saber de mí.
Me brindas tus grandes ojos, que me miran
con curiosidad, que me debo de sentir honrado
por ser mirado por tu ser, que es divino.
Lo das todo al mirarme, sin los riesgos que nos consumen.
Tu mirada se astilla en mi alma, como un buzo
en la profundidad del mar.
Lo das todo cuando me miras, la timidez, la caricia,
la calma y la pausa que necesita la razón.

Para Ely
Por Francisco Iván Pazualdo
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Sonsoles



Sonsoles, tu voz es aluvión de auroras y bosques,

es cascada de pétalos ibéricos y bermejos,

tu voz es el éxodo sideral del firmamento

que somete a mis oídos con su ternura,

tu voz, es tesitura que ruboriza

el significado profundo de quererte.

Tu voz, acontece en mi alma,

como una húmeda brisa ,

que descubre un secreto de amor

entre la luna y el sol.

Sonsoles, tu rostro es rocío de estrellas,

polvo cósmico que se siembra

en el suspiro longevo de la noche

y en la memoria del que te quiere dulce.


Para mi gran amiga Sonsoles.
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Te acercare al hemisferio onírico de la costumbre,

te soñare tanto, que asociare tu rostro,

con el cortejo de las olas en la arena blanda.

Descubriré en mis sueños, la silueta húmeda

de tu permanente y hermoso silencio,

que audaz y fugaz persigue a las gaviotas

agolpadas en el vientre de una playa.

Tus ojos son un estanque de constelaciones

meditabundas y errantes,

broches de luz, auroras que aran el naufragio

persistente de lo coloquial…

Tus ojos, son dos pájaros con sed de amor.

Te acercare a los limites introspectivos

de la fragancia iridiscente de una orquídea,

que grita bajo el agua.

Te acercare a las coordenadas

de las horas en que te pienso,

para confundir a tu silencio con el mío.

A Natalia con mucho cariño y respeto.
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Forjada angustia la que fatal me abate,
reclinada sobre el dolor, no se disgrega mi desvarió
no se repliega la razón y me inunda la desolación
que por ti padezco, las trenzas laceradas de la luna
cubren la vigilia de mi rostro por ti.
Te extraño, sin aplazar y retrocediendo
al instante en que te apartaste de mi,
te busco afligida, retorcida en la herida
por prolongar la irrealidad,
que tu partida anestesio.

A Natalia.
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Tarde novel que de la advenida ortografía lozana,
un paraje monarca se cae ermitaño
en tus dedos de terciopelo,
la lengua de la mariposa es ancha puerta
que por brisa lacona
tiene sed de arpista solemne,
que guarda raudal de caricias al crepúsculo,
hasta ti, tengo una insurrecta
noche que cabalga augusta
al lirio que de tu cuerpo nace.

Las espinas caritativas de tu piel
usan esa boina romántica que a mi embeleso
ardiendo en deleite,
me hace recorrer la fragancia de la rosa,
que se tornara motivo
para mis brazos fecundos,
con fundamento en tu anatomía corintia
en cama prehispánica.

Tarde novel, ya no de abrojos u oquedades.
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Sigues siendo tú, el suspiro relativo del viento,

que nunca logró admitir que te quiero

y que te olvido.

Por segunda vez, la distancia tocó la puerta

y muchas historias nuestras abrieron los ojos

en ese oasis ajeno que nos dejara sin sed.

No te he dicho que ayer, cuando el llanto

me vendió al abismo, yo estaba postrado

en una cama pensándote

pero seguías siendo tú, la que no me dejaba ver

por esa ventana dislocada por el amor,

por el pasado inmaduro que nos obligó

a odiar, que nos estiró los brazos

y nos hizo abrazar la soledad.

No, la tristeza no es pequeña ni grande,

es solo que no recuerdo

como es carcajearme mayúsculamente,

a veces lloro y traduzco mi insomnio

en perpetuo desamor.
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La disociación de la mutua caricia,

aquella que se conservaba como plural,

hoy no dicta convergencia,

singular se volvió simplemente,

ya no representa un par.


A veces un abrazo era al unisono

y una frase convivía con ambos

a diario, dos cuerpos uno se hacia

y un singular silencio

se hacia partitura en nuestras almas.


Se disocian los laberintos

que antes con jubilo nos juntaron,

nada casi somos,

ya no nos atan los mismos sueños

que nos ultrajaban la razón,


Ahora somos un anillo muerto

y agrietado, manchado por el desamor

que nos hizo la batalla perder,

una disociación somos...

Un café descafeinado.
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La cotidiana emancipación del dolor

me absuelve de conferir inoperancia,

de flagelar los límites que amordazan

la estructura longeva de mi desventura.


La detractora lágrima que esquivo

quebranta lo que furtivo afrento,

el disgusto que me deroga perplejo,

reblandece infractora la opresión.


La reticente amargura ondula

el incisivo apego a la soledad,

a la deformidad febril que estruja

mi intimidad arcaica y medrosa.


La indolencia previsiva que refuto…

Es una dolencia que me abate permisiva.
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Itamar, el néctar de las orquídeas
de cuarzo, jugo que se baña en el océano
de tus labios de mar,
y observa el acuario medieval de la noche
¡canta coplas! a la catedral indumentada
de marfil.

Itamar, se posa el lirio en tus mejillas
de mayo, el índigo de la aurora
se refleja en tu cuerpo de flor,
y los semáforos de la medianoche
no impiden la llegada del amanecer.

Itamar, ¡qué amanezca pronto!
pero que mis días y mis noches
se parezcan a ti,
que tus petálos boreales permanezcan
al sol, amarillos, profundamente amarillos,
y yo del polen de tus manos saque la miel...
guardándola en mí.

Itamar, el néctar de las orquídeas,
el néctar del mar perdido en la brújula
de tu ser,
y en las costas artesanas de tu silueta;
la arena te mojó...
y yo me mojé contigo,
el faro nos iluminó, porque nos volvíamos noche.
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