• MundoPoesía se ha renovado! Nuevo diseño y nuevas funciones. Ver cambios

El avecesdiario | Blog de Pedro Olvera

Pedro Olvera
El avecesdiario | Blog de Pedro Olvera
Recopilación de textos acerca de la invención de la baba con azúcar que no oculta el fuerte olor a gasolina de los deshuesaderos.
54 entradas · 5068 visitas
· 0 comentarios · ♥ 2 El Avecesdiario
Eres mi vergel con estatuas, sombra indolente.
Soy tu helecho y tu rizoma de insospechados límites.
Llega la noche y eres más,
pero no soy menos que tú.
Te lo digo sin estrellas, pero subterráneo,
siempre a punto de aparecer.
Las hojas parpadean, el aire mira y mide
una dimensión de grillos apagados.
Las torres despegan, las calles se descalzan,
las piedras se desprenden de su quietud,
las ventanas saltan a los charcos,
la desnudez se rompe y lo que queda
me da la bienvenida y se confunde en el adiós.
Me lo dices con ternura, pero sin tiempo
siempre en punto.
Traigo este río para que me lo llenes de botella
porque quiero llegar a la otra orilla
sin hundir mis pies en este suelo, a esta hora
de la madrugada
cuando Pedro despierta, mareado,
tras cuarenta y tres vueltas al sol —cuál—
y pregunta quién anda ahí.
Alguna vez lo feérico y lo seráfico
se aglutinaran en la misma sombra —la mía—,
y yo apuraré el paso.

22 de noviembre de 2025

Imagen: P. Olvera. Melchor Ocampo, Edo. de Méx., México, 22 de noviembre de 2016.
· 0 comentarios · ♥ 2 Lo que hoy leí
S0lo una vez supe para qué servía la vida.
En Boston, de repente, lo entendí;
caminé junto al río Charles,
observé las luces mimetizándose,
todas de neón, luces estroboscópicas, abriendo
sus bocas como cantantes de ópera;
conté las estrellas, mis pequeñas defensoras,
mis cicatrices de margarita, y comprendí que paseaba mi amor
por la orilla verde noche y lloré
vaciando mi corazón hacia los coches del este y lloré
vaciando mi corazón hacia los coches del oeste y llevé
mi verdad sobre un pequeño puente encorvado
y apresuré mi verdad, su encanto, hacia casa
y atesoré estas constantes hasta el amanecer
solo para descubrir que se habían ido.

(Versión en español: Ben Clark)




· 2 comentarios · ♥ 4 Poemas viejos de cuando no era joven
Nadie regó los geranios.
Descolgamos de nuestras espaldas
el abrazo, despegamos
los besos que timbraban las cartas,
cerramos la boca,
nos tragamos las palabras.

Nadie cultivó el hibisco.
El espejo se asomó a la ventana,
el aire respiró tranquilo,
las muecas mudaron de cara
y al fin pudo dormir
en el suelo la única almohada.

Nadie podó el rosal.
También escapé de la casa,
de su tos, de su humedad,
por no perturbar sus fantasmas,
y para que la ausencia de mí
en el zaguán te esperara.

Nadie cuidó las flores
porque nunca tuvimos jardín.

11 de diciembre de 2009
· 0 comentarios · ♥ 0 El Avecesdiario
Qué ratos, qué rostros, qué rastros
de ti me quedan si hasta yo me perdí
buscando,
buscando, buscándote, en busca de ti,
que siempre has estado en mi espalda,
jorobando.
No sé qué o quién eres, o si eres o fuiste.
Sé que no serás más que pérdida
hasta que nada sepa
de nunca haber sabido.
En tu ausencia te nombré verdad y belleza,
por nombrar lo innominado.
Luego vi cardos crecer en la basura.
Me vi mentiroso y acicalado.
Jamás bello, bueno o verdadero.
Ni yo quiero entenderme, pero entiendo
que gasté media vida
en eludir la respuesta a una pregunta
nunca por mí formulada.
No empieza con qué, ni con cómo.
No tiene cuándo por no deberle al tiempo.
Tampoco acaba con el silencio
conque empieza el por qué.
Voy a gastar la otra mitad de existencia,
sean minutos, días o siglos, soñando
hasta que el sueño siga sin mí,
mero accidente
sin muertos, solo desaparecidos.
No te preocupes, señor
de canas todavía negras
que te preocupas:
me di cuenta que estaba soñando
y ahí se puede volar.
Y vuelo sin leyes, ni preguntas, ni adioses.
Cuando aterrice, no me llores las escayolas.
Lloremos cuando despierte
y sean las tantas más cuarenta y tres
del puntual siempre tarde.

· 2 comentarios · ♥ 6 El Avecesdiario
El camión municipal de la basura pasa los lunes,
todos los lunes de cada lunes que siempre son madrugada.
Los lunes no abro el changarro:
no cocino, no atiendo, no finjo sonreír, sonrío si quiero
y no quiero porque no puedo.
Mis lunes son una extensión de las postreras horas del domingo,
así que tengo resaca o sigo borracho.
Y el camión de la basura pasa sonando su campana,
me recuerda que son las seis menos cuatro de la puta madre del lunes
y me levanto de donde no recuerdo haber dormido
y saco los contenedores ahítos de papeles cagados,
bolsas encintas de bolsas, mugre, polvo y piel muerta,
cartón y vidrio separados, y me saco yo del saco de mi todavía borrachera,
y los chavos del servicio de recolección de basura
vuelcan todo a la batea pegajosa y unas poderosas mandíbulas
engullen mis desperdicios, los de mis clientes,
los de mis gatos, los de mis invitadas ocasionales
en una mezcla homogénea y pestilente.
Y así se van, tan campantes.
Dejan los desperdicios orgánicos, carbono oxidado,
cadáveres nutritivos
que van a dar a la composta
que alimenta estas preciosas buganvilias que esperan el sol
en malteadas
a los lados del zaguán sin enterarse del lunes o del martes.
Los cencerros del camión se alejan rumiando.
Yo me quedo sentado en la acera con ganas de no quedarme.
Borrachera y penumbra se disipan, por supuesto.
Todavía es temprano. ¡Y ya es otoño!
Podría volver a la cama, al suelo o al escritorio,
pero voy por una escoba.
No me barro porque el camión de la basura ya se fue
sin llevarse al lunes, pero volverá el otro lunes
y aquí estaré, ciudadano ejemplar, esperando ansioso.
Son las seis y veintitrés en punto. Otra hora cualquiera.
Aquí sí tengo lugar reservado, como todos.


22 de septiembre de 2025
· 0 comentarios · ♥ 2 Rescatados de la basura
No te descuides de mi intento
de ignorarte.
Si cierras los ojos,
robo tu sombra.

Desconfía de mi tono cordial
y sin ojeras,
de la casualidad planeada,
de la canción de amor
que aún no te escribo.

No te dejaré partir
sin que antes me sueñes,
sin que me expliques con tus manos
la vida,
sin que planees mi suicidio.

No sé bien lo que pasa,
pero pasas tú,
y entonces lo sé:
No pasas conmigo.

17 de agosto de 2005


· 0 comentarios · ♥ 3 Rescatados de la basura
A Virginia Eliza Clemm (1822-1847)

Tu nombre es un laberinto
donde mi vida no tiene entrada,
donde tu muerte no tiene salida.
Tu nombre de ti vacío
no recuerda cómo te llamas,
no sabe cómo te llamo,
no entiende que te he perdido.
Porque tu nombre, Virginia,
no lo dicen en el Edén distante,
ni en aquel bosque hechizado
ni en tu reino junto al mar.
Porque en tu nombre, Virginia,
adivino un duende inmortal
que oculta en tu sueño la huella
del lugar al que no has ido
y del que nunca regresarás.

13 de agosto de 2005

Ver el archivos adjunto 65472


Nota: El 15 de agosto de 2005 -¡hace 20 años!- escribí este pequeño poema dedicado a la que fuera esposa del escritor estadounidense Edgar Allan Poe, uno de mis referentes literarios de la adolescencia.

Aunque lo concebí en el cumpleaños de Virginia Clemm Poe, estos versos imaginan el estado mental y anímico del poeta enfrentado a la pérdida de su compañera. La idea era compartirlo en algún foro poético de internet, algo que no ocurrió hasta finales del 2009, cuando encontré en Mundo Poesía un sitio para compartir esta afición que a la fecha ha acumulado cientos de textos con pocos progresos y grandes satisfacciones.

Las líneas 9, 10 y 11 contienen imágenes de los poemas El cuervo, Ulalume y Annabel Lee, respectivamente, donde Poe explota la su romantizada noción de que el tema poético por excelencia la melancolía causada por una mujer fallecida. Con razón o sin ella, el hombre sabía de lo que hablaba.
· 2 comentarios · ♥ 5 El Avecesdiario
Era niño y detestaba viajar.
Un par de kilómetros sobre ruedas
me centrifugaban las tripas y el alma.
Si no llevaba bolsa, olvídate del pastel de zanahoria.
El drama decayó con la Dramamine
a un zumbido por encima de las quijadas,
pero aún hoy, instantáneas décadas después,
las vueltas del mundo me siguen mareando
y ningún soma le pone remedio.

Pero he aquí la playa, esa loca borracha.
He aquí que me acompañan los amigos, tú,
y dos botellas de Don Julio
con inmensas ganas de hundirse.
El mar canta, baila y me abraza casi con odio,
me sacude mientras le suelto puñetazos
y al final me escupe sin escuchar mi confesión
ni reconocer que me ha parido.

La curvatura azul se pierde en la escala de grises
y pinta una constelación de buques.
Entre el rumor de las olas y el manglar,
vuelvo a tus pupilas y sus tantos barcos perdidos.
Tumbada en el camastro,
estragada de sol y jejenes, las olas y el tequila
han robado las palmeras de tus pestañas.
Eres más de orilla y huellas,
de pies entre la espuma y hacía arriba.
Soy de más adentro sin llegar jamás a lo profundo.
Ninguna de tus raíces de busca por el aire salado
y a mí no me quiere el cielo que no quiero.

Los amigos perrean casi dentro de la hoguera
o aúllan narcocorridos.
Deseo marcharme y que desees marcharte conmigo,
pero te metes en mis brazos,
te metes en mi boca
y en tu boca pregunto:
¿Nena, qué es una lágrima en el mar?
Intuyo que responderás nada,
pero, honda y somera, ninguna marejada te disuelve.
Agua salada –respondes—. Alma lavada.
El mar no sabe llorar.

30 de julio de 2025

· 0 comentarios · ♥ 4 El Avecesdiario
Nuestras vidas son los ríos

de PET,
de botellas de Coca,
de neumáticos Goodyear,
de bolsas de Walmart,
de residuos de Dupont,
de futilidad tuya,
de mezquindad mía,
de mierda de todos,

que van a dar al mar que es el morir

de los arrecifes de coral,
los cangrejos ermitaños, los peces
payaso, las anémonas, los cachalotes,
los caballitos de mar y monte,
los cefalópodos, el fitoplancton,
el azul, el verde,
los leones, los migrantes,
el tú, el yo, los todos.
· 11 comentarios · ♥ 6 El Avecesdiario
Era negro.
Decir era es un triste espóiler. Es negro.

—¿Un negro qué?

Un negro gato
porque es más negro que gato.
Ni siquiera tiene los grandes ojos amarillos
como los otros michis negros que me han acompañado.
Los artefactos de su visión son apenas
dos ranuras entornadas por donde se asoma
un verde olivo y un verde moco
que apenas pueden ser el bizco camino de su mirada.
Uno de mis sobrinos lo llama el Chino Africano.

—Eso es políticamente incorrecto,
querido Speedy González.

Por tanto, en nombre de todas las brujas
que nos legaron sensibilidad y sapiencia;
en memoria de Gretchen y el infausto doctor Fausto,
con el agua oscura del Estigia yo te nombro Mefistófeles.
Mefis, para los cuates.
Aunque a menudo yo lo llamo hijo de puta,
sobre todo cuando deja bajo mi cama animales a medio roer.

—¡Mefis, hijo de puta! ¡Pinche pantera subdesarrollada!

Desde luego, él responde con su indolente indiferencia
que no tiene parangón entre mis más floridos improperios,
o sube a mi cama, se vuelca sobre su lomo
y espera a que le rasque la panza
a sabiendas que no puedo dejar de hacerlo.

—¡Chantajista emocional!

Luego destapamos una lata de atún
y comemos de mi corazón;
él en su plato, yo en la lata.

—Neta que si te gustara la cerveza y la
Iris
no serías mi amigo, sino mi alma gemela.

Una noche de hace seis años, salió, sale de la caja de cartón
donde lo han abandonado cerca del Oxxo
y comienza a seguirme por la calle con la cola en alto.
Es negro, pequeño, adorable.
Me detengo. Se detiene frente a mí.
Se sienta bajo la luz de una lámpara.
Me mira con sus escasos ojos hacia lo alto.
Lo miro con mis ojos borrachos hasta el infinito.

—Hola tú. Nunca había visto un gato
tan feo. Eres como la noche sentada.

Miau.

Luego se restriega contra mi pantalón.
Es claro que me ha elegido para ser…
eso que los humanos somos para los gatos.
Ayer, ahora una vecina pregunta: ¿No es tuyo

ese gato muerto a la orilla de la carretera?

—Claro que no es mío. Yo nada poseo,
ni siquiera entiendo la propiedad privada.
Yo soy…
eso que solemos ser para los gatos que nos eligen.
Un privilegiado.

Limpio la sangre de su nariz.
No hace falta cerrar sus ojos. Cierro los míos:
¿Qué estamos viendo, Mefisto?

—Debí cortarte los huevos
para que no anduvieras de callejero,
grandísimo hijo de puta. Sin embargo…

Todavía tiene algo de Mefistófeles, pero pronto ya no.
Escondo su rigidez bajo la tierra
porque no puedo inventar un cielo para los gatos
como cuando fui, fui, fui niño.
Es un negro cielo. Más cielo que negro.

26 de junio de 2025

· 4 comentarios · ♥ 5 Lo que hoy leí
No hay forma de imaginar el silencio.
Aquí,
porque detrás del ruido de un rifle
está el llanto de una niña
que no sabe por qué llora,
pero ese es el único lenguaje que conoce,
y bajo el llanto
hay un dialecto prohibido
cuyas palabras no tienen equivalente
al canto; pero mar es igual a furia,
y más allá, en su fondo,
se escucha como una transparencia,
el eco de los pasos de una madre
que atiende veloz la herida del pequeño Amhed,
que tiene una vena en el cuello
que produce el mismo sonido que la llave rota
del baño,
pero va debilitándose conforme pasan las seis quince:
hora en que el padre reza
(eso se escucha también)
a un dios que abandonó la religión por las finanzas.
Y ahí, justo ahí, en esa capa
inferior
a todos los sonidos de la guerra,
estoy yo —tratando de imaginar el silencio—
y debajo de mí los escombros
de lo que ayer fue mi casa.


Ver el archivos adjunto 63621
Ahed Tamimi (2001), poeta y activista palestina varias veces encarcelada por su posición contra la usurpación y las masacres perpetradas por el Estado israelí. Página en Wikipedia: https://es.wikipedia.org/wiki/Ahed_Tamimi


Créditos:

Del texto: Ahed Tamimi
De la versión al español: Julio César Toledo (los retoques gráficos con fines de divulgación son míos)
De la imagen: Haim Schwarczenberg
· 3 comentarios · ♥ 6 Poemas y poetas favoritos
En la poesía no hay final feliz.
Los poetas acaban
viviendo su locura.
Y son descuartizados como reses
(sucedió con Darío).
O bien los apedrean y terminan
arrojándose al mar o con cristales
de cianuro en la boca.
O muertos de alcoholismo, drogadicción, miseria.
O lo que es peor: poetas oficiales,
amargos pobladores de un sarcófago
llamado Obras completas.



Ver el archivos adjunto 63356

José Emilio Pacheco (México, 1939-2014)


#DíaMundialDeLaPoesía
· 0 comentarios · ♥ 3 El Avecesdiario
Algo sobre La Llorona

Se suele reconocer a la canción tradicional mexicana La Llorona como un son del Istmo de Tehuantepec, en Oaxaca. Se acompaña de de un sinnúmero de coplas cuyo origen se pierde en la tradición oral y los sincretismos propios de la hispanización, aunque no todas gozas de la misma popularidad. Algunos poetas reconocidos, como Renato Leduc o Andrés Henestrosa, han sumado estrofas a la composición en su intento por compilar las existentes tanto en los registros sonoros como en los orales y escritos.

La temática original de La Llorona es incierta, aunque se le asocia con leyendas prehispánicas. Chavela Vargas, una de las intérpretes más reconocidas de esta canción, solía decir que trata de una mujer ahogada en un río que por obra de los dioses fue transformada en la luna.

Leduc, el efímero esposo de Leonora Carrigton y autor del celebérrimo soneto Aquí se habla del tiempo perdido que, como dice el dicho, los santos lo lloran, conocido como Tiempo y destiempo, apuntó sobre La Llorona:

No llores, Llorona, porque el llanto afea
y quien mucho llora muy escaso mea...


Chavela Vargas canta y recita La Llorona, con las guitarras de los Macorinos y elementos musicales asociados a la música prehispánica mexicana, para el álbum Cupaima, de 2006.


Mis versos a La Llorona

(Purgatorio)

Quién te viera a los ojos, Llorona,
tus ojos de lluvia verde.
Quiero que lluevan miradas, Llorona,
miradas que a ti me recuerden.

Trepé a la punta del cerro, Llorona,
pa’ buscarte hasta lo alto.
¿Qué tan arriba te fuiste, Llorona,
que no te alcanzo de un salto?

Ay de mí, Llorona, Llorona...
Llorona cubierta de encajes,
si no subiste al cielo, Llorona,
no hay forma que de ahí te bajes.


(Infierno)

A una tumba sin flores, Llorona,
mi llanto fui a regarle.
¿A quién sino a ti te lloro, Llorona?
Llorón habrán de llamarme.

Nada me importa lo que hablen, Llorona,
si tú no escuchas mi llanto.
Es el dolor de tu Negro, Llorona,
que sufre y te extraña tanto.

Ay de mí, Llorona, Llorona...
Llorona, me voy contigo.
De nada me sirve la vida, Llorona,
si estoy más muerto que vivo.


(Gloria)

A la Virgen del Cobre, Llorona,
le imploré el otro día,
que me llevara contigo, Llorona,
porque mi cama está fría.

Ahora me llaman el Muerto, Llorona,
el más muerto reciente;
y aunque no estiro la pata, Llorona,
se estira lo del difunto caliente...

Ay de mí, Llorona, Llorona...
Llorona sal de la tumba.
Métete a mi mortaja, Llorona,
pa’ gozar de esta rumba.


Pedro Olvera, 02 de noviembre de 2023.
· 4 comentarios · ♥ 6 Rescatados de la basura
Cuánto de piel se arraiga en las caricias,
cuánta ternura se metaboliza en las manos,
cuánto de aire y cuánto de sangre se quema al tocarte
cuánto de bosque y cuánto de paloma
pierdo en un espasmo.

Todo es una ciega palpación de reconocimiento:
eres otra y yo soy de tus ojos casi sin verlos.
Todo asciende, todo crece con la sombra.
La espuma de mis labios te llega al cuello,
el hueco en tu garganta hace olas.
Nos ahogamos en nombres de eclipses,
salimos a flote montados en la misma boca.

Porque somos boca, orillas inabarcables, marisma,
veredas deliciosas, gelatina de encajes,
zumo de aliento pasmado de cerezas, tierra viva.
Nos escarbamos con las uñas, palada tras palada.
Me entierro en epicentros, cráteres, corolarios;
te desmadejas en relojes, perillas, decibeles.
Nos buscamos en puntos cardinales
que ignoren abecedarios, cielo sobre nosotros,
mares bajo los náufragos.

El último pulmón revienta, la escalera destrozada
rueda por sus peldaños.
Aquí estás, aquí estoy: eso que somos
y que tanto nos busca al fin nos encuentra
con los ojos cerrados.

13 de mayo de 2011
· 1 comentarios · ♥ 5 Lo que hoy leí
Aquí, en la falda de las colinas, ante el ocaso
y las fauces del tiempo,
junto a huertos de sombras arrancadas,
hacemos lo que hacen los prisioneros,
lo que hacen los desempleados:
alimentamos la esperanza.

Un país preparado para el alba.
Nuestra obsesión por la victoria
nos ha entontecido:
no hay noche en nuestra noche
que con la artillería refulge;
el enemigo vela,
el enemigo nos alumbra
en el sótano oscuro.

Aquí, tras los versos de Job,
a nadie esperamos.
Aquí no hay yo,
aquí Adán recuerda su arcilla…

Este sitio durará
hasta que enseñemos al enemigo
algún poema de la yahiliya.
El cielo es gris plomizo a media mañana,
anaranjado por las noches.
Los corazones son neutros,
como las rosas en el seto.

Bajo sitio, la vida se torna tiempo:
memoria del principio,
olvido del final.

La vida.
La vida plena,
la vida a medias,
acoge una estrella cercana
atemporal,
y una nube emigrada
aespacial.
Y la vida aquí se pregunta:
¿Cómo resucitar a la vida?

Él dice al borde de la muerte:
No me queda un rincón que perder,
libre soy a un palmo de mi libertad,
el mañana al alcance de mi mano…
Pronto, me adentraré en mi vida,
naceré libre, sin padres,
y tomaré por nombre letras de lapislázuli…

Aquí, en los altos del humo,
en la escalera de casa,
no hay tiempo para el tiempo,
hacemos lo que hace quien se eleva hacia Dios:
olvidamos el dolor. El dolor:
que la señora de la casa no tienda la colada
por la mañana,
que se conforme con lavar esta bandera.

Nada de ecos homéricos aquí.
Los mitos llaman a la puerta cuando los necesitamos.
Nada de ecos homéricos…
Aquí un general excava un Estado
dormido bajo las ruinas de una Troya inminente.

Los soldados calculan la distancia entre el ser
y la nada
con la mirilla del tanque.
Calculamos la distancia
entre el propio cuerpo y las bombas…
con un sexto sentido.

Vosotros, los apostados en el umbral,
pasad, tomaos con nosotros un café árabe
—acaso os sintáis seres humanos como nosotros—.
Vosotros, los apostados en el umbral de las casas,
largaos de nuestras mañanas,
necesitamos creernos seres humanos como vosotros.

***


Mahmud Darwish (Palestina, 1941 - EE. UU., 2008).
Versión al castellano de Luz Gómez García.
· 1 comentarios · ♥ 5
Hoy es siete de octubre. Lo noté hace rato con un solo ojo cuando desperté con el celular medio incrustado en las costillas. ¿Será hora de levantarme?, me pregunté. Encendí el teléfono: eran las tres de la mañana más doce minutos. Estuve a nada de gritar ¡Puta madre!, pero solo lo pensé. La sensación de que no podría volver a dormir se disipó cuando vi la fecha del día, sábado 07/10. Es el aniversario luctuoso de Edgar Allan Poe, recordé al momento, e inmediatamente comprendí que sería inútil el intento de volver a conciliar el sueño.


Sucede que tengo la edad que Eddie Poe tenía entonces, cuando lo sacaron del fondo negro de su capa, ahogado en vómito etílico, meado y cagado encima, según cuentan unos. Otros dicen que no, que lo suyo parecía un ataque de esquizofrenia, o que lo habían envenenado como a un perro huevero, o que tenía rabia, igual que un perro, huevero o no. En todo caso era un muerto tembloroso y delirante que tardó casi una semana en morirse y quién sabe si después de estirar la pata siguió alucinando con que lo enterraran vivo, como en muchos de sus cuentos, o tal vez peor, que lo enterraran bien muerto para pasar la eternidad encerrado con su cadáver que toda la vida lo estuvo persiguiendo.


Poe —o Monsieur Edgagpó, como cuenta Carlos Fuentes que lo llamaban algunos dandis franchutes, sifilíticos adictos al hachís y al mal du siècle— nunca estuvo muy seguro del límite entre la vida y la muerte, como él mismo llegó a afirmar en narraciones como Ligeia o en poemas como To Annie. Lo cierto es que Edgar llegó al final de sus días enfrascado en una terrible batalla por sobrevivir, por sobrevivirse, pero no pudo contagiarse de la euforia del Destino Manifiesto con el que su joven nación buscaba adueñarse del mundo. Cuentan que Poe, pese a todo, tuvo en principio bastantes privilegios para hacerse de una buena fortuna y conseguir lo que después se conocería como el american dream, alimentado en los últimos días de nuestro autor con la fiebre del oro que campeaba sobre los territorios que recién le arrebataran a México.


Y es que el soñador —o tarado— Edgar A. Perry, como lo conocieron los cadetes de West Point con los que nuestro borracho favorito solía perder en los naipes el dinero que nunca tuvo, bien pudo comenzar un redituable negocio en el rubro de las pompas fúnebres, dada su natural inclinación a todo lo que tuviera que ver con la muerte, y aprovechar las oportunidades del boyante capitalismo gringo representado con trece barras y cada vez más estrellas. El venerable Mr. Poe hubiera muerto rico a los noventa años luego de vender cientos de miles de ataúdes durante la Guerra de Secesión, sin discriminar a yanquis o confederados, como buen caballero criado en Richmond, la efímera capital de los esclavistas, pero nacido casi accidentalmente en Boston, ciudad de la que siempre se sintió hijo legítimo.


Pero no. Lo que el entonces joven Edgar Poe —o hijo de puta, como lo llamaba con cierta regularidad el padre postizo que nunca lo adoptó legalmente— deseaba era ser era poeta. “¿Poeta? ¡Grandísimo hijo de puta!”, le recriminaba John Allan, que así llamaban al gentil hombre que había salvado de la mendicidad al párvulo huérfano, dándole techó, educación en Inglaterra y una nana negra para que le contara cuentos de muertos vivientes. ¿Poeta? Se tiene que ser un imbécil para elegir a la hermana muerta de hambre de las Bellas Artes por compañera de vida. Pero es que siquiera hubiese elegido ser un poeta energético, vitalista y medio pornográfico, como el viejo hermoso Walt Whitman, con sus barbas llenas de mariposas —Lorca dixit—, cantando al progreso, la democracia y la libertad. Pero no, el expósito, el bastardo, eligió los bosques encantados, los castillos junto al mar, las criptas escondidas en la ciénaga brumosa donde los amantes nigrománticos invocaban el espíritu inmortal de las amadas muertas. ¿Poeta? ¡Bah! Por eso la última buena acción del piadoso John Allan fue morirse sin dejarle un clavo de su cuantiosa fortuna, forjada en gran medida con manos esclavas en las plantaciones tabacaleras, a ese borracho, apostador y malagradecido poeta hijo de puta.


Ya que toqué el tema de las amadas muertas, habrá que hablar del Poe necrófilo, pero antes me detendré en la figura aberrante del escritor incestuoso y un tanto pederasta, o Humbert Humbert, pseudónimo que le dio Vladimir Nabokov, padre de la pornografía moderna, cuando reinventó a Poe en una road novel que va de un literato cuarentón enamorado de su pequeña hijastra. Todo esto porque el autor de El cuervo se casó con su prima hermana, más hermana que prima, cuando ella no cumplía aún los catorce años. Vamos, vamos, no nos rasguemos las vestiduras, que es muy temprano. Juzgar con la corrección política que actualmente tenemos por moral impostada las prácticas culturales de la primera mitad del siglo XIX es, por lo menos, tan ingenuo como lo fue Edgar Poe en varios aspectos. Además, hoy se sabe, o se rumora, que a nuestro autor le daba más bien algo de asquito el sexo; es sus textos no se insinúa ni siquiera con el chirriar de los resortes de una cama. Y es que los biógrafos chismosos abundan acerca de que en la vida real es probable que Virginia, la niña/esposa de Poe, no llegara a manchar jamás un paño con sangre de sus entrañas, excepto cuando la tos la obligaba escupir parte de sus pulmones tuberculosos. Virginal, como su nombre, la pobre chica murió célibe, amenorreica y tísica, de miseria y de frío, en los brazos de su idolatrado esposo/hermano, a quien ella llamaba dulcemente Eddie.


Así debería llamar a este texto madrugador: Eddie Poe. O Edipo, porque así lo apodaron los seguidores de un culto oscurantista ideado por un tal Sigmund Freud, archiconocido embaucador austriaco. Según los psicoanalistas —o sea los seguidores de esta secta pseudocientífica—, nuestro famoso personaje buscaba en las mujeres que cortejaba a la madre que perdió recién destetado, y odiaba a toda figura de autoridad que le recordara al padre biológico que se borró del mapa de Nueva Inglaterra sin dejar rastro. Lo cierto es que todas las “madres” de Poe se le murieron y todos sus “padres” lo abandonaron, desheredaron y hablaron pestes de él luego de que el vilipendiado Poe se abrazara a su cadáver. Para acabarla de joder, estos frenólogos del ego citan la obra del bostoniano como evidencia de la culpa que Poe cargaba por sus supuestas fijaciones contranaturales. El autor, manifestado en los personajes de sus narraciones y poemas, asesinaba a los objetos de su devoción con una saña inimaginable; luego, el feminicida literario se arrastraba bajo el vendaval atormentado por los remordimientos, cual Raskólnikov asediado por el fantasma de la usurera, o Balzac cercado por sus acreedores. Pero como a nuestro opiómano nada le salía bien, las mujeres regresaban de su sepulcro para aniquilarlo, como la memorable Madeline Usher.


Pero esta sórdida explicación parece más un cuento ingenioso del propio Poe, que a su manera también fue el creador de un culto imperecedero. La monomanía del poeta con las mujeres muertas se justifica con sus propias declaraciones sobre el oficio de escribir, y lo revela como, lo que muy a su pesar, siempre fue: un romántico calado hasta los huesos, capaz de contradecir lo que es incontestable, la muerte, el devenir, la entonces inexorable voluntad de los dioses cejijuntos. Y todo esto para reivindicar su propósito, también romántico, de ser poeta. Fue el mismo Edgar Allan Poe quien tuvo a bien contármelo, como a muchos, en una tarde de agosto en mi más tierna mocedad, mientras lo leía en su Filosofía de la composición: "La muerte de una mujer hermosa es el tema más poético que existe".


¡Ahí tienen, cochinos malpensados! La poesía va de una encarnación de la lánguida belleza que sucumbe al infausto destino, y el poeta no es otro que aquel amante viudo que resiente los efectos de esta pérdida, y vuelca su melancolía en una expresión que viene directamente de lo que comparte con el resto de los humanos, el alma imperecedera, para hacer de la belleza algo inmortal. Ahora dejen que me reponga del orgasmo. Yo, que nunca creí en Santa Claus, las hadas o Papa Chuchito entronizado en la rudimentaria silla eléctrica de los romanos, le creí a Poe. Y tanto le creí que, poseído de un ansia clarividente, fui donde mi prenda amada del remoto entonces, y le confesé: te escribiré un poema tan universal que te volverá eterna, como la Laura de Petrarca, como la Beatrice del Dante, como la Margarita de Fausto, como el Jack de la maldita Rose. Los inconvenientes empezaron a notarse de inmediato. La Normita, mi amor de quince años, me miró como si yo tuviera la peste. Y yo la miré bien: no presentaba los frecuentes indicios asociados a la expiración, ni un signo de rigor mortis, ni tan siquiera una errática lividez. Y ya que lo recuerdo, hermosa, lo que se dice hermosa, pues… bueno, también yo tenía quince años. Quizá si Norma hubiese sido un caballo, con esas esplendidas quijadas, con esa ruidosa risa macrodóntica, quizás a estas horas seríamos...


¡Nada! Poe embustero, Poe chalado. Tuve que abandonar mis tempranos intentos de ser poeta y fui cocinero, abogado, costurero, periodista, ladrón de libros, soldado de oficina, psicólogo, empleado de mostrador, prostituto de sus sueños, y para no reincidir, borré de mi diccionario palabras ominosas tales como: belleza, amor eterno, pensión alimenticia, compromiso, dependencia emocional. Y la cosa es que no me ha tan ido mal, como sí le fuera al gran Eddie Poe, que tuvo la loca idea de poder vivir holgadamente gracias a la literatura, lo intentó cuanto pudo y murió enloquecido, en la más absoluta y oprobiosa miseria. Pero la muerte le sentó bien, y nadie le rebata ese mérito: la belleza es igual que la pobreza: nunca muere. Como pocos, cumplió el Destino Manifiesto: su leyenda se apropió del imaginario colectivo y de gran parte de los bienes inmateriales de la humanidad. Puedo imaginar cómo nuestro Edgar abraza a su cadáver, que nunca conoció, y le murmura: Lo logramos, pendejo, somos inmortales.


Son las siete de la mañana más seis minutos, del siete de octubre del veinte veintitrés, y me están llamando. Lo último que me queda por repetir es que tengo la misma edad que Poe tenía cuando murió, sin llegar a los cuarenta y un años. Yo sí puedo porque tengo que ir a trabajar para pagar las tarjetas y la cuenta del cable. ¡Mierda!, son las siete quince... a estas horas, hace 174 años, en un hospital de Baltimore, Edgar Allan Poe llevaba dos horas muerto. El testimonio poco fiable del doctor que cuidó nuestro muerto favorito durante su agonía asegura que sus últimas estertóreas palabras fueron: Que Dios se apiade de mi pobre alma. Y de esa alma que proyecta en el suelo su sombra no podré liberarme, ¡nunca más!


07 de octubre de 2023
Ver el archivos adjunto 62553

Último daguerrotipo hecho a E. A. Poe, pocos meses antes de su muerte.
· 3 comentarios · ♥ 3 El Avecesdiario
La prima Vera a la ventana asoma
sus cachetes reventados de flores;
un vórtice de colibrís corona
su frente con haces multicolores.

Versos manan de sus labios cantores:
¡Romina, dulce princesa dormilona!
¡Ven conmigo a bordar nuevos primores
en el jardín que el invierno abandona!

¿Crees, acaso, que soy una gallina
para que me despiertes tan temprano?,
ruge, feroz, su Majestad Romina.

Y con enarbolada chancla en mano
se abalanza, letal, contra la cortina.
A prima Vera hasta le ardió el verano.

Anda a la concha e tu mare, soreta,
que soy alérgica al polen
y a esos putos enamorados poetas.

23 de septiembre de 2023

· 1 comentarios · ♥ 3 Pedradas
Toda la vida he perseguido a mi cadáver;
con mis flores y mis rezos, lo persigo
para darle ganas de vivir.
Pero no llegaré vivo a mi muerto.

Le lloraré ahora que puedo.
· 2 comentarios · ♥ 5 Rescatados de la basura
De acuerdo:
no soy lo que tú esperabas
ni eres a quien yo busqué.

¿Pero,
qué tal si te quedas conmigo
a esperar
o si te acompaño a tu casa

para seguir buscando?

Digo,
si se trata de hacer pendejadas,
esto de estar solos
se aprende mejor en la cama.


***
13 de septiembre de 2010
· 2 comentarios · ♥ 6 El Avecesdiario
Algo vive mi vida mientras permanezco
bocabajo sobre el colchón,
me paga las cuentas con mi puño y rúbrica,
sonríe para las fotos de los que me llaman
hermano, amigo, amante,
en tanto noto que los barcos se van a pique
entre las sábanas.

No soy quien esto escribe.
Yo estoy mirando las lápidas antiguas,
los querubes de mármol
que lagrimean líquenes bajo la llovizna.
Les digo a los niños muertos: háganme llorar
porque hace tiempo perdí mis ojos al abrirlos:
mierda, sangre, gritos…
el mundo estaba plagado de espejos.

Antes sabía rezar. Dioses minúsculos
aparecían con las fórmulas mágicas,
¡era yo tan grande en sus miradas de hormiga!
La piedra y la flor a adelantaban a su código,
el color era una casa para habitarla con mi voz
hasta que el viento se rasgaba
y un nuevo viento aparecía vestido de estrellas.

Ahora deseo que la noche no sueñe
este insomnio,
acompañar el hundimiento de los galeones,
que la mañana pase de largo sin tirarme
de las orejas,
tomar posesión de la sal sin memoria,
pero hace siglos que se me hizo tarde
y estoy comprando un café
muy lejos de donde estoy.


11 de septiembre de 2023
Atrás
Arriba