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Hoy soy la lluvia que nos mojó en el parque cuando pusimos en pausa la vida.
A veces también soy nostalgia del amor que se apretaba a tu cintura en el tacto amable de tu piel como una infinita madrugada.
Desde este sur que se enreda en mi garganta se encienden las tristezas, porque es tristeza este anhelo que torna gris mi paisaje.
Voy vagando como un alma que se esconde entre las rocas en esta solitaria playa, nuestra playa.
A lo lejos escucho el oleaje como en otro espacio, en otro tiempo, en esa vida que era tuya y mía, cuando sumergía mis pies en el agua y veía pasar las aves que siempre regresan a su nido, añorando tu mano.
Allí el silencio se hizo mi amigo bajo esa luna de agosto, borré ese lienzo tan lleno de ti.
“Si vas a intentarlo, ve hasta el final. De otra forma ni siquiera comiences.” Charles Bukowski
Comenzamos con la prisa con que llegabas a mis versos, con esa conjugación final que le otorgas a tus verbos.
Era aún pronto apenas una aurora,
allí nos tomamos de las manos
por primera vez y aún estaban tibias.
Y llegó el tiempo el de los abrazos bajo la luna con el ceño fruncido y la sonrisa en la espalda,
tiempo de dos.
Había tanto amor en el encuentro tantas palabras que aún no se decían,
no nos quedaba espacio para más caricias.
Más no siempre hay huellas bajo las pisadas, también hay lágrimas, pensamientos ausentes
añorando la quietud de unos ojos.
Ya estaba tu traje gastado de mañanas cansado de hablar con la nostalgia
pero ella necesitaba un amor que le susurrara al oído
que se mojara bajo la lluvia rozando sus labios.
Entonces vino el silencio. no hubo más versos, no hubo más intentos
no hubo latidos acompasados, ni jardines, ni besos,
solo una fiesta en la calle desnuda,
sin suspiros, sin susurros,
todo convergió hacia la noche, sólo eso.
Hay un instante de mi vida
en que detengo la mirada
más allá del quejido de las horas,
es el breve espacio en que me ausento.
Entre los pasillos de mi alma
se levantan las tormentas
que propician mis silencios,
y allí, donde el amor comienza a doler,
me pierdo.
Remontando auroras levanto mi rostro.
En los rosados violetas en que se borda el sol mi alma se aquieta, es como volar del infierno al cielo en un segundo, como naufragar en el océano reclamando tu presencia.
En ese instante detenido en que mis labios
son sólo un eco, un poema sin pronunciarse,
se esfuman las voces
y vuela la palabra rompiéndose en el viento.
Sólo morir, ¡tan dolorida!
con ese dolor que es puñal,
afilada espada que te parte en dos.
¿Cuánto dolor puede caber en ese corazón? Callada, con o sin palabras eres tú.
A la orilla del silencio, a la orilla de la vida.
Contigo, con la otra que eras tú misma
como un jardín en ruinas.
“No hay una historia de amor sin amor”
La esperanza se acaba, se deshace
en la humedad de tus ojos, en la rebeldía de tus letras
en el lugar en que todo sucede, en tu poesía.
Allí tramaste tu muerte, oíste su voz junto al río.
Ella te habló con su arpa y su vestido rojo,
recitó tus poemas sin destinatarios,
negándote la luz que tanto buscabas,
en el mundo despoblado donde te sumerges.
Te habló en el lugar del amor,
abrazada a tus nostalgias, a tus miserias,
en el tiempo que atraviesa los cuerpos.
En tus poemas escritos en la piedra,
a sangre y fuego, en ese dolor inacabable
donde hallaste el motivo de tu muerte.
¡No escuchaste al poeta que te quería viva!
Todo era oscuro, todo era silencio,
no hubo alegrías en tus memorias,
sólo ese espacio negro,
donde te dejaste caer,
en la espesura de la noche.
Peregrinos de sueños lejanos
de hogueras encendidas
como esa flor que abre a la vida
para regalar su aroma al viento,
tejiendo de promesas cada pétalo.
Un lienzo escrito sin palabras
aferrados a la luz de una mirada
que se pierde en la sombra,
o como ilusiones peregrina
en el silencio que se apaga.
O quizás amor eterno,
como el agua de río que retoza
incapaz de sosegarse,
o un lucero encendido
como las horas del tiempo
que pasan y pasan.
Un amor habitando otros cuerpos como labios sedientos de labios
para robar unos besos,
o esos anhelos inconclusos
atados a un recuerdo
que se evoca y se evoca
aunque no se haya vivido.
El corazón arruga los ojos
en la infinita madrugada,
sólo un rumor
y una lámpara encendida
que brilla a lo lejos,
como ese espacio tan apartado de mi,
donde me amas.
Allí está mi piel, mis manos
donde tu alma se recuesta.
Vimos caer los besos
desde los balcones
heridos de soledad
merodeando mi vientre,
porque su única virtud era besarnos.
Ahora duermen en la quietud de las aguas
no buscan reposo para sus cansadas bocas,
no necesitan del aliento que ahogue sus tristezas
ni del calor para sus gélidos labios.
Esos besos eran perfectos
en la geografía de los cuerpos,
nuestros cuerpos,
pero ellos, nunca lo supieron.
Vivimos en una vocación de desamparo,
llorando nuestras ausencias
en un derroche de tiempo
que le arrebatamos a la vida.
La distancia fue nuestro enemigo,
dejamos los boletos al azar
y las ilusiones buscaron
nuevos destinos.
El tiempo ganaba indulgencias
con nuestras lágrimas,
pero en algún verano se secaron
y con ellas, los latidos
que presumimos recíprocos.
Hasta las estrellas fugaces
que acompañaron nuestras noches
se apagaron, ante el asombro del largo hilo
que nos mantenía unidos,
y que nunca nos alcanzó
para enredarnos.
Y la palabra también se secó.
Allí comenzó nuestra muerte,
como un trago amargo de un amor a destiempo,
entre susurros que se fueron silenciando
hasta declararse ausentes.
Sólo quedó el vacío,
a dos pasos de nuestras pieles.
Hay días que me dueles
en todos los poros de mi piel,
siento el alma vacía
de tanta ausencia,
con ese sabor a nostalgia
de un amanecer sin aurora.
Es como tener en la mirada
la movilidad de los latidos,
aunque cierro los ojos
los recuerdos no se esfuman,
solo hay destellos entre
los párpados cansados.
Mis labios, que han quedado
desahuciados de tus besos,
se detienen desvalidos
a la orilla de tu boca,
perdidos, huérfanos,
como borrando los momentos
de aquel amor,
que siempre fue sed.
Sólo morir, ¡tan dolorida!
con ese dolor que es puñal,
afilada espada que te parte en dos.
¿Cuánto dolor puede caber en ese corazón?
Callada, con o sin palabras, eres tú.
A la orilla del silencio, a la orilla de la vida.
Contigo, con la otra que eras tú misma,
como un jardín en ruinas.
“No hay una historia de amor sin amor”
La esperanza se acaba, se deshace.
En la humedad de tus ojos, en la rebeldía de tus letras
en el lugar en que todo sucede, en tu poesía.
Allí tramaste tu muerte, oíste su voz junto al río.
Ella te habló con su arpa y su vestido rojo,
recitó tus poemas sin destinatarios,
negándote la luz que tanto buscabas,
en el mundo despoblado donde te sumerges.
Te habló en el lugar del amor,
abrazada a tus nostalgias, a tus miserias,
en el tiempo que atraviesa los cuerpos.
En tus poemas escritos en la piedra,
a sangre y fuego, en ese dolor inacabable
donde hallaste el motivo de tu muerte.
¡No escuchaste al poeta que te quería viva!
Todo era oscuro, todo era silencio,
no hubo alegrías en tus memorias,
sólo ese espacio negro,
donde te dejaste caer,
en la espesura de la noche.
La mirada es apenas un reflejo
en esta soledad, ella no tiene
quien abrace sus lágrimas
o quien disfrace su esperanza.
Se cansa de saberte lejos,
de llenarse de recuerdos.
Las noches son un río de turbulentas aguas,
donde se sumerge de puntillas
para no despertar los silencios,
pero ellos, siempre la sorprenden.
Así es esto, te callas,
y como es costumbre,
se borran las sonrisas.
A lo lejos, se anuncian
los primeros rayos de la aurora.
Nunca nos fue tan necesario un amanecer
que aliente la palabra,
que la asome a la boca
que deje al sol encenderse lentamente,
buscando su cenit,
para que nos caliente los labios.
Quise quedarme en tu sonrisa
pero no hubo quórum,
el corazón herido no da tregua
es como una planta seca lo sabes,
nunca responde.
No es la distancia entre dos bocas,
sino entre dos almas
la que determina la ausencia,
dos manos que no saben unirse,
que buscan cada una otra mano.
Vuelvo a ser ave, ya ves,
no sabes de miradas ni de espejos,
un segundo bastó, ahora
la luna gira y me llama,
no comprendes, nunca comprendiste
no supiste leer entre mis líneas.
Dejemos el café para otra tarde
hoy tengo que saldar
mi propia ausencia.
Descalza, voy dejando piel
por el camino,
guijarros inquietos
se aprietan a mis pies.
Es ese cielo gris que se confunde
entre las nubes, el que se tatúa
incansable en tus ausencias.
Los claros y oscuros, se adueñan del paisaje.
Como el vuelo del águila,
que en círculos de espacio indefinido
se mueve bajo la luz,
praderas que se esconden en las sombras
para abrazar mi cansancio.
Anhelo el verde despertar de primavera que sacuda el tiempo en mágico latido,
y que llene mis espacios del aroma infinito de los bosques,
con sus pinos erguidos al sol
saludando la mañana.
Sus claros rayos,
iluminan mis oscuras nostalgias.
No siempre el cansancio
oculta las memorias,
a veces se hace un nuevo intento
y retorno a mi montaña
hasta remontar la cumbre,
allí se posterga el adiós.
Los silencios sucumben
entre los instantes,
hiriendo los maltrechos corazones.
Las dudas amanecen tu mirada
y se hacen eco de todas las tristezas
del mundo,
de la agonía de los vientos,
de las alas que naufragan tu cielo.
Tus ojos ahora huyen,
me niegan las respuestas.
Son un paraje desierto,
un lienzo sin vida
olvidados de mis ojos.
Ana Mercedes Villalobos
Nada se asemeja
al hervir de la sangre,
al misterio de la lluvia
cuando se alborotan
las nostalgias,
sabor de sal en los labios.
¡La mañana es testigo!
El vacío navega el alma,
eterno oleaje,
se sumerge en la bruma
y desdibuja el eco
de las risas.
Los ojos delimitan el espacio,
se hace eterna, infinita,
la necesidad de entregarse,
más los labios
permanecen en silencio,
como si el viento
no supiera escucharlos.
Se enciende entonces la tristeza
y se apaga la voz,
que naufraga
en las calles desiertas
de los corazones ausentes.
El corazón se hizo ovillo desde el temblor impreciso de tus letras
donde amaneces desnudo y silente
en el lugar en que el olvido nos convoca
en que las palabras se quedan sin sonidos
en que el miedo amuralla los verdores
permaneciendo intacto
en el horizonte de tu boca.
Mis ojos se humedecen
con el resplandor del abismo
lloro asomada a ese oscuro vacío
por donde resbalan los recuerdos,
desafiando al tiempo de tus besos
hasta el instante del silencio recurrente
que impávido amenaza
con desangrar mi garganta.
Sentado al otro lado de mi vida
guardas celoso tus derrotas,
senda en la que adrede te extravías,
mientras los vientos del norte
riegan de soledades mis manos
que sin el abrigo de tu sombra
pernoctan en la memoria
de unas viejas caricias.
Sé que tengo que escribir
un poema sin memoria,
donde el sol no sea promesa,
ni venga a borrar mis temores.
Un poema que se aferre
a la piel del infinito
sin encender la tristeza, que me permita deshojar el olvido, y me abrace con el grito del alba
llenándome de risa los ojos.
Que se enrede en mi cabellos
y me moje el rostro,
me devuelva mis miradas,
y deje el amor desnudo,
al pie de la montaña
donde se pintan mis ocasos.
El que se escriba
en una noche lluviosa y surja como un beso, sin temblores, sin jadeos
donde el tiempo sólo sea
el transcurrir sereno
de las horas sin ausencias.
Donde tú, seas esa impávida mirada
que no ruborice mi piel.
Y yo, el viento que se lleve tu nombre
y lo remita a ese lugar
donde me miraste por primera vez.
El poema que renuncie a la palabra,
para volver sobre mis versos al camino que regresa. Ana Mercedes Villalobos