No bastan los océanos
para acunar las lágrimas,
ni mis manos, ni mis pies,
ni siquiera mis ojos.
Siempre es la ausencia
la que nos desdibuja,
no a tu alma, ni a ese día
de febrero en que
tus labios llegaron
a mi encuentro.
Fue después cuando
desafiando la esperanza
decidimos morir
en la cercanía de ese
fuego que fue ave
suplicando sus alas
y que nosotros
le negamos.
Yo vi partir tu alma
desde ese nido.
Las paredes se poblaron
de ecos, ahora que nadie
las habita, como esos
lugares sin luz,
silenciosas,
vacías
sin ti.
Ana Mercedes Villalobos