Siempre hay una zona pobre
a la sombra de la rica
esperando la migajas
que reboza su avaricia.
Cuando yo era muy pequeña
la vida era muy distinta
como toda niña pobre
tuve una madrina rica,
no creeran que la pedí
al nacer ya la tenía.
Mi madrina era soltera
rechoncha y muy parlanchina,
su casa era una mansión
con siete gatos vivía,
callejeros que adoptaba
en cada viaje que hacía;
Pinocho, Pancho, Virgilio,
la Natacha, la Monina
la Cleopatra y la Soraya,
que como reinas vivían;
ellos esterilizados,
más ellas no lo sabían
y armaban un griterío
que los pobres no entendían.
De comer ya ni les cuento
manjares todos los días,
yo pensaba en mis adentros:
-¡Pobres niños de Etiopía!-
kilos de frescas sardinas,
hígado y jamón cocido,
siestas al sol panza arriba;
más de diez habitaciones,
la despensa, la cocina,
dos terrazas, dos jardines,
biblioteca, grande y chica
y un cuartito en la azotea
para mi refugio y dicha,
con aquél espejo antiguo,
con cajas en las repisas
llenas de trajes de noche
bordados con estrellitas.
Al regresar a mi hogar
cabizbaja, alicaída,
viendo nuestra habitación
a mamá le refería:
-Vivimos mas apretados
que una lata de sardina,
yo algún día viviré
como Soraya y Monina,
me subiré a un limonero,
treparé la buganvilla,
tendré diez habitaciones,
cuatro baños, dos cocinas-
Mi madre me acarició
embozando una sonrisa
y me leyó aquél cuentito
de una ilusa lecherita,
luego se ató el delantal
para preparar tortitas;
todo el hogar se impregnó
de un suave olor a vainilla,
me rodearon mis hermanos
con sus juegos y sus risas.
¿Quien querría ser entonces
la Soraya o la Monina?...
Aún recuerdo aquél olor
y el tacto de sus caricias.
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