El cristal de una lágrima
sobre el lecho
de un corazón inventado.
El abismo pregonado
en el mesa del pueblo,
que ya nada contiene.
El cadáver de una historia,
agitada por los pasos
de un mendigo magistral.
Y el amor enjaulado,
en la bodega de algún otoño
sobre un verso artificial.
Contemplando sensaciones
entre viles templos llanos,
que liberaron al tiempo
en su bullicio de andar.
Y caracoles gigantes
soñando con tercos vuelos,
mientras el silencio entibia
esta vana realidad.
Yo besé el puerto del alma,
y desgarré ese ancho mar.
Con la tristeza en los dedos,
fui regalando cuchillos
por no saber cómo amar.
Pero una luz infinita
la discreta eternidad,
enrojeció mis pupilas,
grises lápidas del mar,
con una luna distinta,
con una cruel libertad.
Y ahora
en mi abismo desierto,
ríen flores de verdad.
La verdad del peregrino.
Del que vive en el camino,
la verdad sin antifaz.
sobre el lecho
de un corazón inventado.
El abismo pregonado
en el mesa del pueblo,
que ya nada contiene.
El cadáver de una historia,
agitada por los pasos
de un mendigo magistral.
Y el amor enjaulado,
en la bodega de algún otoño
sobre un verso artificial.
Contemplando sensaciones
entre viles templos llanos,
que liberaron al tiempo
en su bullicio de andar.
Y caracoles gigantes
soñando con tercos vuelos,
mientras el silencio entibia
esta vana realidad.
Yo besé el puerto del alma,
y desgarré ese ancho mar.
Con la tristeza en los dedos,
fui regalando cuchillos
por no saber cómo amar.
Pero una luz infinita
la discreta eternidad,
enrojeció mis pupilas,
grises lápidas del mar,
con una luna distinta,
con una cruel libertad.
Y ahora
en mi abismo desierto,
ríen flores de verdad.
La verdad del peregrino.
Del que vive en el camino,
la verdad sin antifaz.