Sigifredo Silva Rodríguez
Poeta adicto al portal
Esta historia que narro es verdadera,
hace tiempo en mi pueblo sucedió,
cuando pequeño alguien me la contó,
aunque ahora la escribo a mi manera.
Es el protagonista del relato
un hombre carismático y decente,
temido y respetado entre la gente,
cuya actitud comento de inmediato:
se vestía de negro, con sombrero
de copa alta, acentuando su presencia;
ninguno conocía su ascendencia,
solamente le hablaba a su cochero.
Beber la sangre humana le gustaba,
la morgue era su sitio predilecto;
un médico forense muy correcto,
pero era un personaje que asustaba.
Solía visitar el cementerio
donde dicen que al diablo le rezaba,
entonces, todo en él se transformaba
en una ceremonia de misterio.
¿De su muerte? No saben la razón.
Murió en el panteón crucificado,
con un puñal clavado en el costado.
¡Se veía el dolor en su expresión!
Hizo, el hombre, en la cruz el juramento
que de la población se vengaría;
la gente, de él, jamás se olvidaría.
¡El pueblo oye, en noviembre, su lamento!
hace tiempo en mi pueblo sucedió,
cuando pequeño alguien me la contó,
aunque ahora la escribo a mi manera.
Es el protagonista del relato
un hombre carismático y decente,
temido y respetado entre la gente,
cuya actitud comento de inmediato:
se vestía de negro, con sombrero
de copa alta, acentuando su presencia;
ninguno conocía su ascendencia,
solamente le hablaba a su cochero.
Beber la sangre humana le gustaba,
la morgue era su sitio predilecto;
un médico forense muy correcto,
pero era un personaje que asustaba.
Solía visitar el cementerio
donde dicen que al diablo le rezaba,
entonces, todo en él se transformaba
en una ceremonia de misterio.
¿De su muerte? No saben la razón.
Murió en el panteón crucificado,
con un puñal clavado en el costado.
¡Se veía el dolor en su expresión!
Hizo, el hombre, en la cruz el juramento
que de la población se vengaría;
la gente, de él, jamás se olvidaría.
¡El pueblo oye, en noviembre, su lamento!
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