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Recuerdos

Minona

Poeta fiel al portal
Tiras de volantes verdes marinos, rosas, gatos escuálidos, olas altas como montañas, colgados de la pared de la casa. Huele siempre a sal Incluso las sábanas blancas.

El mar parece dormido, los barcos anclados, el viento no llega esta tarde. Lamidas todas las rocas por una boca insaciable. Desde el patio donde se acumulan las macetas desconchadas, se percibe la tarde columpiándose en las colinas de la orilla.

Desde el patio donde quedaron atrapados los insectos del verano se evocan los soles que iluminaron tantos días espantando diablos, soñando detrás del patio.

Huele a sal, a pesar de los árboles desaparecidos y de los perros aplastados por la prisa; sigue oliendo a sal.

Tras la puerta entornada la luz penetra, violando la intimidad de la soledad, arrebatando la virtud del silencio. Cuando la luz entra, los niños se levantan, espían los pecados que no perdonarán nunca. Tras la puerta entornada también huele a sal, a primer sabor, a primer beso prohibido e incestuoso. También huele a orilla: miles de gaviotas devorando montañas de basura.

Puede que se continúe este paisaje hacia los lugares más remotos y lejanos, puede que nunca encuentre la casa la puerta abierta, para liberar la lluvia comprimida en las habitaciones.

Puede ser.

Sin embargo ya no queda nadie. Todos huidos, y en la rápida lucha se dejaron ropa, libros, pensamientos, como restos de una batalla; esparcidos por los rincones.

Murieron los niños. Solo quedan ecos de sus voces. El llanto solitario de uno que tiene hambre, el despreciable gesto del que no comparte la crueldad de los niños también se quedó pegada a los retratos.

Tras el único ojo asombrado del alcohol se quedó el gesto afectuoso, el último que vio la boca de la niña.

Tras todos esos vidrios rotos puede que se encuentre el amanecer escapado. Ese amanecer casi perfecto, estallando colores que nunca pudieron ver mis ojos en aquel entonces.

En la lejanía, se oye la música, invadiendo las entrañas de las lagartijas del jardín.
 
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Poema o Prosa RESCATADA

Poemas, publicados como mímino un año antes del mes de valoración que en su día pasaron desapercibidos y no fueron premiados; o poemas que fueron publicados en foros que no son objeto de valoración por el jurado. Se seleccionan y otorgan por la administración entre las propuestas que hagan los ojeadores y, a falta de estos, entre las propuestas que podrán realizar moderadores, jurados, usuarios o a criterio de la propia administración.



Muchas FELICIDADES
MUNDOPOESIA.COM
 
Felicitaciones por el reconocimiento a su evocativa prosa que la siento entre prosa y poesía, pero eso no es lo importante, lo destacado es ese olor a creativa sal que discurre y atrapa en la lectura de su bella composición. Saludos minina ha sido grato volver a leerle.
 
Tiras de volantes verdes marinos, rosas, gatos escuálidos, olas altas como montañas, colgados de la pared de la casa. Huele siempre a sal Incluso las sábanas blancas.

El mar parece dormido, los barcos anclados, el viento no llega esta tarde. Lamidas todas las rocas por una boca insaciable. Desde el patio donde se acumulan las macetas desconchadas, se percibe la tarde columpiándose en las colinas de la orilla.

Desde el patio donde quedaron atrapados los insectos del verano se evocan los soles que iluminaron tantos días espantando diablos, soñando detrás del patio.

Huele a sal, a pesar de los árboles desaparecidos y de los perros aplastados por la prisa; sigue oliendo a sal.

Tras la puerta entornada la luz penetra, violando la intimidad de la soledad, arrebatando la virtud del silencio. Cuando la luz entra, los niños se levantan, espían los pecados que no perdonarán nunca. Tras la puerta entornada también huele a sal, a primer sabor, a primer beso prohibido e incestuoso. También huele a orilla: miles de gaviotas devorando montañas de basura.

Puede que se continúe este paisaje hacia los lugares más remotos y lejanos, puede que nunca encuentre la casa la puerta abierta, para liberar la lluvia comprimida en las habitaciones.

Puede ser.

Sin embargo ya no queda nadie. Todos huidos, y en la rápida lucha se dejaron ropa, libros, pensamientos, como restos de una batalla; esparcidos por los rincones.

Murieron los niños. Solo quedan ecos de sus voces. El llanto solitario de uno que tiene hambre, el despreciable gesto del que no comparte la crueldad de los niños también se quedó pegada a los retratos.

Tras el único ojo asombrado del alcohol se quedó el gesto afectuoso, el último que vio la boca de la niña.

Tras todos esos vidrios rotos puede que se encuentre el amanecer escapado. Ese amanecer casi perfecto, estallando colores que nunca pudieron ver mis ojos en aquel entonces.

En la lejanía, se oye la música, invadiendo las entrañas de las lagartijas del jardín.
Felicitaciones por su galardón.

Saludos
 
Tiras de volantes verdes marinos, rosas, gatos escuálidos, olas altas como montañas, colgados de la pared de la casa. Huele siempre a sal Incluso las sábanas blancas.

El mar parece dormido, los barcos anclados, el viento no llega esta tarde. Lamidas todas las rocas por una boca insaciable. Desde el patio donde se acumulan las macetas desconchadas, se percibe la tarde columpiándose en las colinas de la orilla.

Desde el patio donde quedaron atrapados los insectos del verano se evocan los soles que iluminaron tantos días espantando diablos, soñando detrás del patio.

Huele a sal, a pesar de los árboles desaparecidos y de los perros aplastados por la prisa; sigue oliendo a sal.

Tras la puerta entornada la luz penetra, violando la intimidad de la soledad, arrebatando la virtud del silencio. Cuando la luz entra, los niños se levantan, espían los pecados que no perdonarán nunca. Tras la puerta entornada también huele a sal, a primer sabor, a primer beso prohibido e incestuoso. También huele a orilla: miles de gaviotas devorando montañas de basura.

Puede que se continúe este paisaje hacia los lugares más remotos y lejanos, puede que nunca encuentre la casa la puerta abierta, para liberar la lluvia comprimida en las habitaciones.

Puede ser.

Sin embargo ya no queda nadie. Todos huidos, y en la rápida lucha se dejaron ropa, libros, pensamientos, como restos de una batalla; esparcidos por los rincones.

Murieron los niños. Solo quedan ecos de sus voces. El llanto solitario de uno que tiene hambre, el despreciable gesto del que no comparte la crueldad de los niños también se quedó pegada a los retratos.

Tras el único ojo asombrado del alcohol se quedó el gesto afectuoso, el último que vio la boca de la niña.

Tras todos esos vidrios rotos puede que se encuentre el amanecer escapado. Ese amanecer casi perfecto, estallando colores que nunca pudieron ver mis ojos en aquel entonces.

En la lejanía, se oye la música, invadiendo las entrañas de las lagartijas del jardín.
Excelente manera de expresar el momento, saludos.
 
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