RECUERDO DESDE EL PUERTO DE LISBOA.
Corazones irritados vulneran
las sentinas del dolor
rotas ya las convenciones y las bolas de cristal
del acto primero.
Pasan por las riberas azulejeantes
donde los mirlos y los clavicordios
entonan sus pavoneos iridiscentes;
se precipita la tarde desde las torres y los alfiles.
Abrázame, amor, con tus dedos espirales,
llévame a los barcos que zarpan en el anochecer de tus ojos.
Es grato ver morir los sucedáneos de las rocas
afiladas ya sus aristas, dispuestas para embarcar.
Oh, el lacustre sabor de tus encías me empapa,
y el latir de las esculturas dormidas en el sotabanco
perfora la madrugada y sus contornos: hiere
como hieren los recuerdos oxidados.
Canta el tráfico asediado por los rumores de hojas
Las hojas caídas, latentes todavía, susurran
y se adhieren a mis ojos iluminando mi noche, oh Lisboa.
Canta el tráfico asediado por guitarras descordadas.
Circunferencias de arena viajan en nubes violáceas
esperando ser llamadas por los amantes que huyen
de los parques enmohecidos por albatros.
El puerto, oh el puerto, donde tus dedos me aguardan...
Corazones irritados vulneran
las sentinas del dolor
rotas ya las convenciones y las bolas de cristal
del acto primero.
Pasan por las riberas azulejeantes
donde los mirlos y los clavicordios
entonan sus pavoneos iridiscentes;
se precipita la tarde desde las torres y los alfiles.
Abrázame, amor, con tus dedos espirales,
llévame a los barcos que zarpan en el anochecer de tus ojos.
Es grato ver morir los sucedáneos de las rocas
afiladas ya sus aristas, dispuestas para embarcar.
Oh, el lacustre sabor de tus encías me empapa,
y el latir de las esculturas dormidas en el sotabanco
perfora la madrugada y sus contornos: hiere
como hieren los recuerdos oxidados.
Canta el tráfico asediado por los rumores de hojas
Las hojas caídas, latentes todavía, susurran
y se adhieren a mis ojos iluminando mi noche, oh Lisboa.
Canta el tráfico asediado por guitarras descordadas.
Circunferencias de arena viajan en nubes violáceas
esperando ser llamadas por los amantes que huyen
de los parques enmohecidos por albatros.
El puerto, oh el puerto, donde tus dedos me aguardan...
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