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Recuerdos de infancia.

ludmila

Poeta veterano en el portal
Cuando era pequeña, solía visitar a mis primos en Córdoba. Mi abuelo me llevaba en sus hombros hasta la casa. Llegábamos de noche por Taninga. Recuerdo la casona de los Pedernera, donde el anfitrión era un trapiche que daba vueltas y vueltas para extraer el jugo de las cañas. Marta, su esposa, nos hacía empanadas de papa, pasas de malvasía y sésamo. Bebíamos guarapo, que servía en las pailas, y los sauces llorones sacudían sus ramas sobre el arroyo Tala Cañada.
Tenía un pequeño almirez donde trituraba las semillas y desparramaba los pedacitos de girasol sobre los panes que, recién sacados del horno, olían a levadura y a centeno.
Al oscurecer, el abuelo contaba historias fantásticas de mandingas y cancerberos, bajo el sol de noche en donde revoloteaban falenas y escarabajos.

Todavía quedaban algunas construcciones con almenas y las bases de madera socavadas por carcomas que hacían al conjunto de las viejas ruinas un paisaje fragoso.
Era una colonia de alemanes en la que, durante las fiestas de guardar, un coro de niños recorría el pueblo con su sochantre para hacer más pintoresca la bienvenida a los turistas. A veces se cruzaban las vacas o las ovejas y don Chacho, el encargado del correo, le daba un trallazo para que liberaran el caminito.
Yo no sé si era por el abuelo José o por el encanto de la infancia…pero esos recuerdos están vívidos en el cuaderno de mi memoria.
 
Con que belleza y maestría has retratado esos tiempos y ese lugar!. y nos has transportado contigo a tu infancia. Precioso. Mi felicitación. Besos amiga.
 
Cuando era pequeña, solía visitar a mis primos en Córdoba. Mi abuelo me llevaba en sus hombros hasta la casa. Llegábamos de noche por Taninga. Recuerdo la casona de los Pedernera, donde el anfitrión era un trapiche que daba vueltas y vueltas para extraer el jugo de las cañas. Marta, su esposa, nos hacía empanadas de papa, pasas de malvasía y sésamo. Bebíamos guarapo, que servía en las pailas, y los sauces llorones sacudían sus ramas sobre el arroyo Tala Cañada.
Tenía un pequeño almirez donde trituraba las semillas y desparramaba los pedacitos de girasol sobre los panes que, recién sacados del horno, olían a levadura y a centeno.
Al oscurecer, el abuelo contaba historias fantásticas de mandingas y cancerberos, bajo el sol de noche en donde revoloteaban falenas y escarabajos.

Todavía quedaban algunas construcciones con almenas y las bases de madera socavadas por carcomas que hacían al conjunto de las viejas ruinas un paisaje fragoso.
Era una colonia de alemanes en la que, durante las fiestas de guardar, un coro de niños recorría el pueblo con su sochantre para hacer más pintoresca la bienvenida a los turistas. A veces se cruzaban las vacas o las ovejas y don Chacho, el encargado del correo, le daba un trallazo para que liberaran el caminito.
Yo no sé si era por el abuelo José o por el encanto de la infancia…pero esos recuerdos están vívidos en el cuaderno de mi memoria.


Ludmila
hermosos recuerdos de la infancia, todo aquello que los sentidos captaban
con esa capacidad de asombro en cada cosa, en cada acto...bello pasado
que es un capital de amor de la memoria
Me ha encantado leerte
Estrellas y cariños
Ana
 
que bellos recuerdos de infancia, yo solo guardo pocos recuerdos del abuelo, ya que murio siendo yo muy pequeño, gracias por compartir amiga, mis cariños infinitos
 
Cuando era pequeña, solía visitar a mis primos en Córdoba. Mi abuelo me llevaba en sus hombros hasta la casa. Llegábamos de noche por Taninga. Recuerdo la casona de los Pedernera, donde el anfitrión era un trapiche que daba vueltas y vueltas para extraer el jugo de las cañas. Marta, su esposa, nos hacía empanadas de papa, pasas de malvasía y sésamo. Bebíamos guarapo, que servía en las pailas, y los sauces llorones sacudían sus ramas sobre el arroyo Tala Cañada.
Tenía un pequeño almirez donde trituraba las semillas y desparramaba los pedacitos de girasol sobre los panes que, recién sacados del horno, olían a levadura y a centeno.
Al oscurecer, el abuelo contaba historias fantásticas de mandingas y cancerberos, bajo el sol de noche en donde revoloteaban falenas y escarabajos.

Todavía quedaban algunas construcciones con almenas y las bases de madera socavadas por carcomas que hacían al conjunto de las viejas ruinas un paisaje fragoso.
Era una colonia de alemanes en la que, durante las fiestas de guardar, un coro de niños recorría el pueblo con su sochantre para hacer más pintoresca la bienvenida a los turistas. A veces se cruzaban las vacas o las ovejas y don Chacho, el encargado del correo, le daba un trallazo para que liberaran el caminito.
Yo no sé si era por el abuelo José o por el encanto de la infancia…pero esos recuerdos están vívidos en el cuaderno de mi memoria.

Encantadores tus recuerdos de infancia, es bueno de vez en cuando, sacar ese niño interior que nos trae a la memoria, tantas y tantas cosas buenas.
Me ha gustado mucho tu relato.

Un beso y montones de estrellas.
 
Los olores, los colores, las caras. Cuando somos niños somos esponjas absorbiendo tantas cosas con nuestros sentidos y sentimientos, nuestro corazoncito los guarda en forma de recuerdos. Los tuyos son muy bonitos Ludmila, me ha encantado pasar por ellos.
Un fuerte abrazo.
 
[FONT=&quot]Un bello relato del pasado vivido, de la alegre infancia otorgada, la memoria que forjo tus raíces
[FONT=&quot]Muy buen relato amiga poeta
[FONT=&quot]Abrazos
 
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