charlie ía
tru váyolens
postmodérn.
algunos dirán que se debe a la incontenible invasión
de los migrantes,
o a la cantidad de terapeutas
desesperadamente necesarios
por esta sociedad
en la que se masca la tragedia a cada instante:
otros, por los trenes que llegan
exactamente hacia ninguna parte
antes de que puedas incluso comenzar
a buscar excusas
para encontrar la puerta de salida.
se podría pensar
que es todo un tremendo malentendido:
una hipérbole encantadora.
craso error, compañero
porque es éste el momento
del todo o nada
el de los carpetazos sin eufemismos
con dramáticas puestas en escena
en los que una carta de amor a tu jañita se convierte
en la disyuntiva máxima entre aferrarse al poder
o pasar a la historia como un mindundi.
talvez esa sea la alegría de morar en ningún lugar.
esa, la que usualmente termina siendo devorada
por los que vienen con la determinación absoluta
de convertirla en un bien comercial
de uso masivo
que podés devolver
en el punto de entrega más cercano,
para mayor deleite de los mercaderes
que sueltan carcajadas en el templo.
como un azucarillo bajo las magras lluvias
por el paseig joan de borbó
una última esperanza igual nos reconforta
en la poderosa idea
de que las puertas se deshacen
mirando a esa parejita joven que busca piso
y busca
y busca
y no se rinde.
tomá tu paraguas, jodido
y cruzá la calle ahora.
algunos dirán que se debe a la incontenible invasión
de los migrantes,
o a la cantidad de terapeutas
desesperadamente necesarios
por esta sociedad
en la que se masca la tragedia a cada instante:
otros, por los trenes que llegan
exactamente hacia ninguna parte
antes de que puedas incluso comenzar
a buscar excusas
para encontrar la puerta de salida.
se podría pensar
que es todo un tremendo malentendido:
una hipérbole encantadora.
craso error, compañero
porque es éste el momento
del todo o nada
el de los carpetazos sin eufemismos
con dramáticas puestas en escena
en los que una carta de amor a tu jañita se convierte
en la disyuntiva máxima entre aferrarse al poder
o pasar a la historia como un mindundi.
talvez esa sea la alegría de morar en ningún lugar.
esa, la que usualmente termina siendo devorada
por los que vienen con la determinación absoluta
de convertirla en un bien comercial
de uso masivo
que podés devolver
en el punto de entrega más cercano,
para mayor deleite de los mercaderes
que sueltan carcajadas en el templo.
como un azucarillo bajo las magras lluvias
por el paseig joan de borbó
una última esperanza igual nos reconforta
en la poderosa idea
de que las puertas se deshacen
mirando a esa parejita joven que busca piso
y busca
y busca
y no se rinde.
tomá tu paraguas, jodido
y cruzá la calle ahora.