Enrique Romero
Poeta recién llegado
La noche ciega
agreste y difuminada
en ominosas siluetas,
del ave nace el alacrán
el desove de los lares de arcilla.
En mis manos levanto
un tímido canto cautivo
que raya su chispa
entre el matorral rojo
y la luna que serpentea.
Una sombra escapa
del sueño, un suspiro
que estuvo contenido
durante siglos,
el fragor infernal
de un huracán repentino
que lleva en las arterias
el vaho de los sueños.
Un goteo desde la espada,
un cantico desierto
que por fin acecha
a mis navíos de verde estela.
Un rumor también pasado
que como solo él sabe
alimenta mis mejillas,
y reposa la sal de vida
en mis pupilas cicatrizadas.
Solo una nave hacia la niebla,
el aleteo de los abetos,
la alejada risa del alba,
la rama que desnuda alcanza
el ingrávido cristal de mi pecho.
Resuena en destellos,
se multiplica en azahares agonizantes,
retiene en su huella
las runas del horizonte
y en manantiales de ocre
baña la osamenta calada
de aserrín y plata.
agreste y difuminada
en ominosas siluetas,
del ave nace el alacrán
el desove de los lares de arcilla.
En mis manos levanto
un tímido canto cautivo
que raya su chispa
entre el matorral rojo
y la luna que serpentea.
Una sombra escapa
del sueño, un suspiro
que estuvo contenido
durante siglos,
el fragor infernal
de un huracán repentino
que lleva en las arterias
el vaho de los sueños.
Un goteo desde la espada,
un cantico desierto
que por fin acecha
a mis navíos de verde estela.
Un rumor también pasado
que como solo él sabe
alimenta mis mejillas,
y reposa la sal de vida
en mis pupilas cicatrizadas.
Solo una nave hacia la niebla,
el aleteo de los abetos,
la alejada risa del alba,
la rama que desnuda alcanza
el ingrávido cristal de mi pecho.
Resuena en destellos,
se multiplica en azahares agonizantes,
retiene en su huella
las runas del horizonte
y en manantiales de ocre
baña la osamenta calada
de aserrín y plata.