Eratalia
Con rimas y a lo loco
La mañana se despertó calurosa y brillante, como tantas otras de aquel estío, invitando a huir de la ciudad y disfrutar de un día en la playa, con el único objetivo de dejarse acariciar por el radiante sol y gozar de las cálidas aguas del Mediterráneo.
Natalia y José Luis enfilaron la carretera de la costa pertrechados con los mínimos enseres necesarios para pasar una tranquila jornada al borde del mar; en menos de una hora habrían llegado a su destino y el resto del día se les figuraba tan placentero que ya lo disfrutaban por anticipado.
Tras estirar sus toallas sobre la arena, se lanzaron al agua.
El sol ardía con toda la furia de que era capaz en el zénit de su esplendor y las aguas tibias les dieron la bienvenida como amables anfitrionas.
Al principio, el mar en calma no hacía presagiar ningún contratiempo y les invitaba a jugar, y a reír, como dos niños felices y despreocupados.
Después Natalia se adentró nadando, y luego, poniéndose de espaldas, se mantuvo flotando con los ojos cerrados sobre la mansa superficie del agua.
Había perdido la noción del tiempo y el espacio cuando un grito la sobresaltó:
-¡Natalia, cuidado, el agua se está encrespando! ¡Vuelve aquí, estás muy lejos!
La voz de José Luis sonaba angustiada.
Natalia abrió los ojos, volviendo a la realidad y observó, estupefacta que la distancia que le separaba de su marido era mucho mayor de la que hubiese podido imaginar; apenas lo escuchaba, era como una figura lejana que agitaba los brazos con violencia y de la cual una fuerte corriente salida de nadie sabe dónde, se empeñaba en separarla.
La mujer hacía denodados esfuerzos por mantener la calma y se repetía a sí misma que todo saldría bien, que sólo era necesario no agotarse luchando contra las olas y no dejarse llevar por el pánico.
La mar se había tornado tan brava que cualquier intento de ganar la orilla se le antojaba batalla perdida de antemano, la tormenta rugía mientras las olas comenzaban a envolverla y ya, solo a intervalos, podía ver la figura de aquel hombre que se debatía entre la desesperación y la impotencia, aquel hombre al que tanto amaba y del que, mentalmente comenzaba a despedirse.
Por un momento pensó que era el final y se sumió en una sentida plegaria mientras su cuerpo, exhausto, decidía sucumbir.
Pero de pronto y como surgidos de la nada, unos fuertes brazos la agarraron y se sintió segura cuando, en cuestión de segundos, sus pies tocaban firmemente la áspera arena del fondo.
José Luis, a su lado, con el agua por la cintura, la abrazaba tan fuerte que amenazaba con ahogarla, en un estallido de júbilo y nerviosismo...
-Por un momento creí que te perdía, y no podía hacer nada por remediarlo, las olas me impedían avanzar -le susurraba entrecortadamente, presa de tremenda agitación- y no soy muy bueno nadando…¿estás bien?
Natalia se desasió del abrazo buscando con la vista al hombre que la había rescatado, aquel extraño que la acababa de salvar de perecer ahogada, apenas sin esfuerzo aparente...
-José Luis...¿dónde está? ¿Dónde está ese hombre que me ha sacado del agua? Ni siquiera he podido darle las gracias.
-No lo sé, al abrazarte lo perdí de vista... No debe andar lejos. Sólo lo vi unos segundos... fue todo tan rápido...
Natalia miró a su alrededor, el fuerte viento, las olas encrespadas y las gruesas gotas de lluvia habían hecho que, en cuestión de minutos, la arena quedase desierta.
Natalia y José Luis se miraron sobrecogidos e inmóviles bajo la lluvia que arreciaba sobre sus cabezas. Natalia musitó...
-Ahora sabemos que no son como los pintan... los ángeles no tienen alas...
José Luis asintió en silencio y ambos, aún abrazados, emprendieron el camino de vuelta a casa.
Eratalia (2012)
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