Chema Ysmer
Poeta que considera el portal su segunda casa
No fue fácil
darle la vuelta a la moneda para ver su lado oculto,
la complejidad que encierran las espaldas,
esa continuidad de cada uno de nosotros
que nos suma o resta fuerzas
vulnerables a los cambios de marea.
Amar,
desde ese tren lleno de pasajeros
con miradas que se pierden por distintos horizontes,
no es tarea que carezca
de unas cruces hincadas en el suelo
y de sus sombras.
Yo,
con mi mano puesta sobre los raíles de tu boca,
siento la vibración caliente de tus líneas,
de tus brazos paralelos que se ajustan
a mi máquina sin humos y sin rejas,
a ese tiempo que se estira sin nombrarlo,
que erosiona las paredes
de un pasado sin fortuna.
La luz,
como un reloj de arena
va cayendo en el vacío de unos ojos,
va llenando las estancias de más muebles,
de más hojas que averiguan lo que son
letra tras letra,
como un bloque de hielo que se vierte,
goteando,
en los abriles de un río sin persianas.