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Los sueños premonitorios del perfumista

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Excelente!



Como siempre tan Grandiosos tus escritos amigo Dulcinista, todos deseamos poder soñar, a aveces no podemos controlar esos sueños, a veces ni siquiera esos deseos
 
mi querido amigo, me he quedado,
mararavillada de tu relato es fascinante
como todos tus relatos mi enhora buena,
muchas gracias por invitarme,un beso
celestial estrellas
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Francois Molinard era un afamado perfumista frances. A sus cerca de cuarenta años, no recordaba haber soñado nunca. Sabía que soñaba, pues según la ciencia, todas las personas sueñan mientras duermen. Pero él, aunque soñaba, al despertar no recordaba los sueños. No ansiaba recordar todos los sueños que soñaba, pero sí anhelaba acordarse por lo menos de uno de ellos, tan sólo uno o dos, para equipararse de esta forma a la mayoría de los hombres, ya que estaba convencido de que ellos habían recordado al menos una vez uno de sus sueños. Pasaba sus días entre esencias y destilaciones. Se sentía feliz sacando de las plantas sus aromas y fragancias. Tan solo la imposibilidad de recordar sus sueños oscurecía algo su vida.
Una noche, como era costumbre en él, tomó una cena frugal y se fue a la cama antes de la medianoche, pues solía levantarse con el alba, ya que en las primeras horas de la mañana sus sentidos estaban más despiertos y se sentía más capacitado para el trabajo. Esa mañana, al levantarse, sintió una sensación extraña, como si mientras dormía su cuerpo se hubiese levantado de la cama y hubiese estado en algún lugar distinto a su casa. A la mañana siguiente se cumplió su deseo. Recordó lo que había soñado. Se vió cenando en la estancia más espaciosa de su casa. Llamaron a la puerta. Abrió y no vió a nadie. Afuera el viento soplaba huracanado. Se acostó y durmió intranquilo. Se despertó de madrugada, habiendo soñado que se encontraba en un desván repleto de trastos polvorientos y viejos.Un baúl de madera llamó su atención sobre todas las demás cosas que había en el desván. Lo abrió y de él saltó una rata que se le agarró a la nariz. Gritó en sueños y se despertó. Se levantó y miró a la calle a través de la ventana de su habitación. Abrió la ventana. Le pareció oír en la lejanía el maullido de un gato. Miró la hora en el reloj que tenía en el laboratorio donde creaba los perfumes. Decidió que aún tenía tiempo de dormir algunas horas más hasta que amaneciera. Se volvió a dormir con facilidad. Nunca tuvo problemas para conciliar el sueño. Subió unas escaleras de piedra. Se vió nuevamente en el desván. Todo estaba oscuro. Al andar, tropezaba con los muebles y espejos que estaban por todas partes. Encendió un candil fabricado de cobre que colgaba de la pared. Volvió a abrir el baúl de madera. Dentro había una rata muerta con el hocico ensangrentado, y a su lado, lo que parecía la nariz de una persona. Ahora era feliz, soñaba mucho, y al despertar por la mañana siempre recordaba lo soñado. Pero a la mañana siguiente no recordaría nada. Ya no se quedaría extasiado nunca más ante el perfume de las esencias. Los muertos ni huelen ni recuerdan los sueños.
Lo encontró la criada cuando fue a limpiar la casa. Con sus propias uñas se había arañado la nariz.

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Eladio Parreño Elías

27-Julio-2011
 
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Francois Molinard era un afamado perfumista frances. A sus cerca de cuarenta años, no recordaba haber soñado nunca. Sabía que soñaba, pues según la ciencia, todas las personas sueñan mientras duermen. Pero él, aunque soñaba, al despertar no recordaba los sueños. No ansiaba recordar todos los sueños que soñaba, pero sí anhelaba acordarse por lo menos de uno de ellos, tan sólo uno o dos, para equipararse de esta forma a la mayoría de los hombres, ya que estaba convencido de que ellos habían recordado al menos una vez uno de sus sueños. Pasaba sus días entre esencias y destilaciones. Se sentía feliz sacando de las plantas sus aromas y fragancias. Tan solo la imposibilidad de recordar sus sueños oscurecía algo su vida.
Una noche, como era costumbre en él, tomó una cena frugal y se fue a la cama antes de la medianoche, pues solía levantarse con el alba, ya que en las primeras horas de la mañana sus sentidos estaban más despiertos y se sentía más capacitado para el trabajo. Esa mañana, al levantarse, sintió una sensación extraña, como si mientras dormía su cuerpo se hubiese levantado de la cama y hubiese estado en algún lugar distinto a su casa. A la mañana siguiente se cumplió su deseo. Recordó lo que había soñado. Se vió cenando en la estancia más espaciosa de su hogar. Llamaron a la puerta. Abrió y no vió a nadie. Afuera el viento soplaba huracanado. Se acostó y durmió intranquilo. Se despertó de madrugada, habiendo soñado que se encontraba en un desván repleto de trastos polvorientos y viejos.Un baúl de madera llamó su atención sobre todas las demás cosas que había en el desván. Lo abrió y de él saltó una rata que se le agarró a la nariz. Gritó en sueños y se despertó. Se levantó y miró a la calle a través del cristal de la ventana de su habitación. Abrió la ventana. Le pareció oír en la lejanía el maullido de un gato. Miró la hora en el reloj que tenía en el laboratorio donde creaba los perfumes. Decidió que aún tenía tiempo de dormir algunas horas más hasta que amaneciera. Se volvió a dormir con facilidad. Nunca tuvo problemas para conciliar el sueño. Subió unas escaleras de piedra. Se vió nuevamente en el desván. Todo estaba oscuro. Al andar, tropezaba con los muebles y espejos que estaban por todas partes. Encendió un candil fabricado de cobre que colgaba de la pared. Volvió a abrir el baúl de madera. Dentro había una rata muerta con el hocico ensangrentado, y a su lado, lo que parecía la nariz de una persona. Ahora era feliz, soñaba mucho, y al despertar por la mañana siempre recordaba lo soñado. Pero a la mañana siguiente no recordaría nada. Ya no se quedaría extasiado nunca más ante el perfume de las esencias. Los muertos ni huelen ni recuerdan los sueños.
Lo encontró la criada cuando fue a limpiar la casa. Con sus propias uñas se había arañado la nariz.

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Eladio Parreño Elías

27-Julio-2011


Buena historia. Un ngran abrazo y miles de besos.
 
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Francois Molinard era un afamado perfumista frances. A sus cerca de cuarenta años, no recordaba haber soñado nunca. Sabía que soñaba, pues según la ciencia, todas las personas sueñan mientras duermen. Pero él, aunque soñaba, al despertar no recordaba los sueños. No ansiaba recordar todos los sueños que soñaba, pero sí anhelaba acordarse por lo menos de uno de ellos, tan sólo uno o dos, para equipararse de esta forma a la mayoría de los hombres, ya que estaba convencido de que ellos habían recordado al menos una vez uno de sus sueños. Pasaba sus días entre esencias y destilaciones. Se sentía feliz sacando de las plantas sus aromas y fragancias. Tan solo la imposibilidad de recordar sus sueños oscurecía algo su vida.
Una noche, como era costumbre en él, tomó una cena frugal y se fue a la cama antes de la medianoche, pues solía levantarse con el alba, ya que en las primeras horas de la mañana sus sentidos estaban más despiertos y se sentía más capacitado para el trabajo. Esa mañana, al levantarse, sintió una sensación extraña, como si mientras dormía su cuerpo se hubiese levantado de la cama y hubiese estado en algún lugar distinto a su casa. A la mañana siguiente se cumplió su deseo. Recordó lo que había soñado. Se vió cenando en la estancia más espaciosa de su hogar. Llamaron a la puerta. Abrió y no vió a nadie. Afuera el viento soplaba huracanado. Se acostó y durmió intranquilo. Se despertó de madrugada, habiendo soñado que se encontraba en un desván repleto de trastos polvorientos y viejos.Un baúl de madera llamó su atención sobre todas las demás cosas que había en el desván. Lo abrió y de él saltó una rata que se le agarró a la nariz. Gritó en sueños y se despertó. Se levantó y miró a la calle a través del cristal de la ventana de su habitación. Abrió la ventana. Le pareció oír en la lejanía el maullido de un gato. Miró la hora en el reloj que tenía en el laboratorio donde creaba los perfumes. Decidió que aún tenía tiempo de dormir algunas horas más hasta que amaneciera. Se volvió a dormir con facilidad. Nunca tuvo problemas para conciliar el sueño. Subió unas escaleras de piedra. Se vió nuevamente en el desván. Todo estaba oscuro. Al andar, tropezaba con los muebles y espejos que estaban por todas partes. Encendió un candil fabricado de cobre que colgaba de la pared. Volvió a abrir el baúl de madera. Dentro había una rata muerta con el hocico ensangrentado, y a su lado, lo que parecía la nariz de una persona. Ahora era feliz, soñaba mucho, y al despertar por la mañana siempre recordaba lo soñado. Pero a la mañana siguiente no recordaría nada. Ya no se quedaría extasiado nunca más ante el perfume de las esencias. Los muertos ni huelen ni recuerdan los sueños.
Lo encontró la criada cuando fue a limpiar la casa. Con sus propias uñas se había arañado la nariz.

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Eladio Parreño Elías

27-Julio-2011



Me sorprendiste con el final,
vaya imaginación tienes, lo expresaste muy bien.
Un placer haber pasado, un beso:::hug:::
 
alicia Pérez Hernández;3556710 dijo:
ya sabes mi gran amigo Eladio, que me encanta leerte!!!!! y que me dejas pensando en cada escrito, latima que se aya muerto el perfumista, apenas le iba a pedir una dotacion de perfumes, saludos y mis cariños
Gracias por leerme y por comentar mis escritos mi querida Alicia. Un beso de alma a alma.
 
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Francois Molinard era un afamado perfumista frances. A sus cerca de cuarenta años, no recordaba haber soñado nunca. Sabía que soñaba, pues según la ciencia, todas las personas sueñan mientras duermen. Pero él, aunque soñaba, al despertar no recordaba los sueños. No ansiaba recordar todos los sueños que soñaba, pero sí anhelaba acordarse por lo menos de uno de ellos, tan sólo uno o dos, para equipararse de esta forma a la mayoría de los hombres, ya que estaba convencido de que ellos habían recordado al menos una vez uno de sus sueños. Pasaba sus días entre esencias y destilaciones. Se sentía feliz sacando de las plantas sus aromas y fragancias. Tan solo la imposibilidad de recordar sus sueños oscurecía algo su vida.
Una noche, como era costumbre en él, tomó una cena frugal y se fue a la cama antes de la medianoche, pues solía levantarse con el alba, ya que en las primeras horas de la mañana sus sentidos estaban más despiertos y se sentía más capacitado para el trabajo. Esa mañana, al levantarse, sintió una sensación extraña, como si mientras dormía su cuerpo se hubiese levantado de la cama y hubiese estado en algún lugar distinto a su casa. A la mañana siguiente se cumplió su deseo. Recordó lo que había soñado. Se vió cenando en la estancia más espaciosa de su hogar. Llamaron a la puerta. Abrió y no vió a nadie. Afuera el viento soplaba huracanado. Se acostó y durmió intranquilo. Se despertó de madrugada, habiendo soñado que se encontraba en un desván repleto de trastos polvorientos y viejos.Un baúl de madera llamó su atención sobre todas las demás cosas que había en el desván. Lo abrió y de él saltó una rata que se le agarró a la nariz. Gritó en sueños y se despertó. Se levantó y miró a la calle a través del cristal de la ventana de su habitación. Abrió la ventana. Le pareció oír en la lejanía el maullido de un gato. Miró la hora en el reloj que tenía en el laboratorio donde creaba los perfumes. Decidió que aún tenía tiempo de dormir algunas horas más hasta que amaneciera. Se volvió a dormir con facilidad. Nunca tuvo problemas para conciliar el sueño. Subió unas escaleras de piedra. Se vió nuevamente en el desván. Todo estaba oscuro. Al andar, tropezaba con los muebles y espejos que estaban por todas partes. Encendió un candil fabricado de cobre que colgaba de la pared. Volvió a abrir el baúl de madera. Dentro había una rata muerta con el hocico ensangrentado, y a su lado, lo que parecía la nariz de una persona. Ahora era feliz, soñaba mucho, y al despertar por la mañana siempre recordaba lo soñado. Pero a la mañana siguiente no recordaría nada. Ya no se quedaría extasiado nunca más ante el perfume de las esencias. Los muertos ni huelen ni recuerdan los sueños.
Lo encontró la criada cuando fue a limpiar la casa. Con sus propias uñas se había arañado la nariz.

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Eladio Parreño Elías

27-Julio-2011


ay Dulci, si supieras lo que me encanta ese libro de Patrick Süskind.... la película también me la he visto varias veces, aunque tus sabes que el libro es insuperable.
Sobre tu maravilloso relato mi amigo querido no puedo más que decirte que te aplaudo como siempre: de pie. El último y único sueño que recordó Fracois Molinard fue sobre su muerte... podría decirse que cumplió con lo único que le faltaba para ser feliz.

Ayyy que rico ir a Grasse Francia mi amigo... a ti te queda más cerca...
ve al Museo Internacional del Perfume y me comentas todo Eladio.... me perdí del tema amigo jejeje....

Abrazos fuertes a tu alma mi perfumista de poemas precioso. Saludos con cariño. Osa.:::blush:::

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¡Magnifico me pongo en pie si me sujetan las piernas!
que relato amigo mio, ¡Excelente! eres un ¡MAESTRO!
consagrado , el mejor de mundopoesiua en tu género
¡Pero sin duda ninguna! ¡Que bueno es amigo! y siempre
manteniendo "en vilo" hasta el final el relato,este es sin
duda junto con el de la tia que los hace un regalo a cada
uno de la familia mi preferido, debia existir la oportunidad
de reputar dos veces ante una obra de arte y esta lo es,me
dá rabia solo reputar una vez ¡Esta maravilla! vaya la reputación
(poca)y ***** estrellas tambien menguantes.Mis aplausos ¡MAESTRO!
por esta joya que dejas.Un Honor visitarte ¡Magnifico amigo! un abrazo
desde Toledo hermano.
Como siempre, mi estimado reverendo, me halagas con tu comentario que además tiene el poder de levantarme el ánimo con su fuerza y su pasión. Gracias, amigo. Un abrazo, toledano.
 
Que daría por leer una novela de terror escrita con elegante narrativa. La Historiadora, cuenta la historia del Conde Drácula y me dejo atisbando el final, pero Usted es impresionante, de seguro sere la primera en comprar tu Primera Novela, si es que no he llegado tarde. ERES GENIAL...
Gracias mi querida amiga Natzume por tus halagos. Me agrada mucho que te haya gustado mi relato. Un beso y un abrazo de amigo.
 
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Francois Molinard era un afamado perfumista frances. A sus cerca de cuarenta años, no recordaba haber soñado nunca. Sabía que soñaba, pues según la ciencia, todas las personas sueñan mientras duermen. Pero él, aunque soñaba, al despertar no recordaba los sueños. No ansiaba recordar todos los sueños que soñaba, pero sí anhelaba acordarse por lo menos de uno de ellos, tan sólo uno o dos, para equipararse de esta forma a la mayoría de los hombres, ya que estaba convencido de que ellos habían recordado al menos una vez uno de sus sueños. Pasaba sus días entre esencias y destilaciones. Se sentía feliz sacando de las plantas sus aromas y fragancias. Tan solo la imposibilidad de recordar sus sueños oscurecía algo su vida.
Una noche, como era costumbre en él, tomó una cena frugal y se fue a la cama antes de la medianoche, pues solía levantarse con el alba, ya que en las primeras horas de la mañana sus sentidos estaban más despiertos y se sentía más capacitado para el trabajo. Esa mañana, al levantarse, sintió una sensación extraña, como si mientras dormía su cuerpo se hubiese levantado de la cama y hubiese estado en algún lugar distinto a su casa. A la mañana siguiente se cumplió su deseo. Recordó lo que había soñado. Se vió cenando en la estancia más espaciosa de su hogar. Llamaron a la puerta. Abrió y no vió a nadie. Afuera el viento soplaba huracanado. Se acostó y durmió intranquilo. Se despertó de madrugada, habiendo soñado que se encontraba en un desván repleto de trastos polvorientos y viejos.Un baúl de madera llamó su atención sobre todas las demás cosas que había en el desván. Lo abrió y de él saltó una rata que se le agarró a la nariz. Gritó en sueños y se despertó. Se levantó y miró a la calle a través del cristal de la ventana de su habitación. Abrió la ventana. Le pareció oír en la lejanía el maullido de un gato. Miró la hora en el reloj que tenía en el laboratorio donde creaba los perfumes. Decidió que aún tenía tiempo de dormir algunas horas más hasta que amaneciera. Se volvió a dormir con facilidad. Nunca tuvo problemas para conciliar el sueño. Subió unas escaleras de piedra. Se vió nuevamente en el desván. Todo estaba oscuro. Al andar, tropezaba con los muebles y espejos que estaban por todas partes. Encendió un candil fabricado de cobre que colgaba de la pared. Volvió a abrir el baúl de madera. Dentro había una rata muerta con el hocico ensangrentado, y a su lado, lo que parecía la nariz de una persona. Ahora era feliz, soñaba mucho, y al despertar por la mañana siempre recordaba lo soñado. Pero a la mañana siguiente no recordaría nada. Ya no se quedaría extasiado nunca más ante el perfume de las esencias. Los muertos ni huelen ni recuerdan los sueños.
Lo encontró la criada cuando fue a limpiar la casa. Con sus propias uñas se había arañado la nariz.

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Eladio Parreño Elías

27-Julio-2011


Qué buen relato, querido, qué gran narrador eres. Logras que el lector sea parte de la historia, logras que no quiera uno dejar de leer. Maravilloso.
Abrazos
 
Lo que son las coincidencias...hoy terminaré de ver la película de "El perfume" y mira la prosa donde vine a caer.

Me ha gustado la historia pues creo que los sueños tienen algo mágico, yo suelo soñar todo tipo de historias, por suerte nunca me ha tocado un sueño como este. :P

Un gusto pasar por tus letras.
 
Querido Eladio , tarde , pero aquí estoy presente en esta historia que ha cautivado mi atención como todas las anteriores .Te dejo un cielo de estrellas y mi cariño.

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Francois Molinard era un afamado perfumista frances. A sus cerca de cuarenta años, no recordaba haber soñado nunca. Sabía que soñaba, pues según la ciencia, todas las personas sueñan mientras duermen. Pero él, aunque soñaba, al despertar no recordaba los sueños. No ansiaba recordar todos los sueños que soñaba, pero sí anhelaba acordarse por lo menos de uno de ellos, tan sólo uno o dos, para equipararse de esta forma a la mayoría de los hombres, ya que estaba convencido de que ellos habían recordado al menos una vez uno de sus sueños. Pasaba sus días entre esencias y destilaciones. Se sentía feliz sacando de las plantas sus aromas y fragancias. Tan solo la imposibilidad de recordar sus sueños oscurecía algo su vida.
Una noche, como era costumbre en él, tomó una cena frugal y se fue a la cama antes de la medianoche, pues solía levantarse con el alba, ya que en las primeras horas de la mañana sus sentidos estaban más despiertos y se sentía más capacitado para el trabajo. Esa mañana, al levantarse, sintió una sensación extraña, como si mientras dormía su cuerpo se hubiese levantado de la cama y hubiese estado en algún lugar distinto a su casa. A la mañana siguiente se cumplió su deseo. Recordó lo que había soñado. Se vió cenando en la estancia más espaciosa de su hogar. Llamaron a la puerta. Abrió y no vió a nadie. Afuera el viento soplaba huracanado. Se acostó y durmió intranquilo. Se despertó de madrugada, habiendo soñado que se encontraba en un desván repleto de trastos polvorientos y viejos.Un baúl de madera llamó su atención sobre todas las demás cosas que había en el desván. Lo abrió y de él saltó una rata que se le agarró a la nariz. Gritó en sueños y se despertó. Se levantó y miró a la calle a través del cristal de la ventana de su habitación. Abrió la ventana. Le pareció oír en la lejanía el maullido de un gato. Miró la hora en el reloj que tenía en el laboratorio donde creaba los perfumes. Decidió que aún tenía tiempo de dormir algunas horas más hasta que amaneciera. Se volvió a dormir con facilidad. Nunca tuvo problemas para conciliar el sueño. Subió unas escaleras de piedra. Se vió nuevamente en el desván. Todo estaba oscuro. Al andar, tropezaba con los muebles y espejos que estaban por todas partes. Encendió un candil fabricado de cobre que colgaba de la pared. Volvió a abrir el baúl de madera. Dentro había una rata muerta con el hocico ensangrentado, y a su lado, lo que parecía la nariz de una persona. Ahora era feliz, soñaba mucho, y al despertar por la mañana siempre recordaba lo soñado. Pero a la mañana siguiente no recordaría nada. Ya no se quedaría extasiado nunca más ante el perfume de las esencias. Los muertos ni huelen ni recuerdan los sueños.
Lo encontró la criada cuando fue a limpiar la casa. Con sus propias uñas se había arañado la nariz.

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Eladio Parreño Elías

27-Julio-2011
 
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