
A pesar de su aparente fragilidad e insignificancia Lope se consideraba así mismo "un hombre de peso", pero cualquiera que conociera sus múltiples facetas y lo complejo de su carácter lo definiría como un ser atípico, hiperactivo y polifacético; otros, simplemente lo tacharían de chiflado; devoraba las lecturas con tanta avidez que su cerebro andaba desmadrado. Lope era un auténtico enamorado de las palabras y como todo enamorado vivía obsesionado por ellas y se batía en duelo ante cualquier aparente ultraje de las mismas. Estas eran las protagonistas de muchas de sus acaloradas discusiones, aunque en honor a la verdad había que reconocer, que rebatir era una constante en su vida.
Lope nunca salía de su casa sin su sombra, con ella tenía grandes debates filosóficos; de regreso al hogar la sombra se retiraba a descansar pues sus elucubraciones la dejaban exhausta; él sin embargo se sentía pletórico y se enzarzaba dialécticamente en un cara a cara con el hombre del espejo que, según decía, le desafiaba constantemente con la mirada.
Otra de sus excentricidades consistía en ir de excursión, cámara en mano, por el cementerio; le fascinaba fotografiar las peculiaridades de algunos epitafios mientras el sonido del viento, arrullando los cipreses, le proporcionaba sosiego. Había establecido un vinculo con un magnifico ejemplar de mirlo albino que, cada día al atardecer, escogía la tumba de la adolescente Lastenia y posado sobre su escultura, ofrecía un recital aflautado cuya riqueza de repertorio, variaciones melódicas y capacidad de improvisación, lo dejaba extasiado. Bajo el hechizo de esas tardes primaverales encontró la forma de establecer un juego con sus amadas palabras hilvanando sonetos.
A pesar de sus muchas excentricidades a Lope le gustaba alardear de ser: "un hombre normal"; aunque en la noches de luna llena no pudiera evitar travestirse y perderse en los suburbios mas oscuro e inmundos de la ciudad...
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