LAS ÚLTIMAS ROSAS
Llueven caireles desde las encías del agua.
Buscan, fuera del paladar untuoso,
el perdido aroma de la forma.
Llueven como pétalos de rosas deshojadas
o fláccidas carnes de prostitutas del alba,
brillos ateridos, huérfanos de la luz temprana.
Ya no quedan caireles en mis lámparas.
Como todo lo que en mí brillaba huyeron
en los corceles negros, en cabellos fondo y sombra,
surcos tan someros como aquellos
que se extendían en mi almohada.
Caireles, ángeles luminosos de alas cansadas,
pétalos de la última rosa cubiertos por la fractálica escarcha.
Se alejan por la calle abajo,
suaves esquifes, almas robadas,
tras los paseantes últimos, como ojos sin mirada.
Rosas deshilachadas, amables cadáveres
que mostráis, sinceros porque no sois vida,
las espinas que ocultaba la Belleza.
Cadáveres como aquellas que me amaron
entregándome la última tibieza de su carne,
negando con lacios caireles falsos
su calavera calva, su alma descoyuntada.
Llueven caireles desde las encías del agua.
Buscan, fuera del paladar untuoso,
el perdido aroma de la forma.
Llueven como pétalos de rosas deshojadas
o fláccidas carnes de prostitutas del alba,
brillos ateridos, huérfanos de la luz temprana.
Ya no quedan caireles en mis lámparas.
Como todo lo que en mí brillaba huyeron
en los corceles negros, en cabellos fondo y sombra,
surcos tan someros como aquellos
que se extendían en mi almohada.
Caireles, ángeles luminosos de alas cansadas,
pétalos de la última rosa cubiertos por la fractálica escarcha.
Se alejan por la calle abajo,
suaves esquifes, almas robadas,
tras los paseantes últimos, como ojos sin mirada.
Rosas deshilachadas, amables cadáveres
que mostráis, sinceros porque no sois vida,
las espinas que ocultaba la Belleza.
Cadáveres como aquellas que me amaron
entregándome la última tibieza de su carne,
negando con lacios caireles falsos
su calavera calva, su alma descoyuntada.