danie
solo un pensamiento...
La sombra joven y su ofrenda ácida
¿Surrealismo o experimental?
La sombra con noches de trance etéreo deambula
con el álgido de un aerolito entre la laguna
de la luna que nada en la lumbrera de un sueño…
El júbilo duerme en el aroma de un oleaje
que se percibe por abarrotes de color borrasca
y su ácido pérfido de azahares y cordeles,
con sus maduros topacios que enriquecen al tributo fértil de un suelo;
donde las nubes con su dicha beben la sangre que vierte un corazón de greda
en sus lustrosas copas de cielo,
beben sin tregua por la desnudez del aire de cidra y arena
mientras acumulan los ropajes de un invierno y su escarnio
con una diadema de uvas rancias.
Ofrendas que se hacen al último cielo
y sus farolas de estrellas de paja,
manto de avena que impermeabiliza a un cosmos de ahogadas cenizas
que acumulan jadeos de artefactos con unas banastas bautizadas
por la promesa de una flor,
una flor que cae en la caliza de plata de la esencia de una lágrima.
La hora se arma con los ojos del otoño
y el viento sur de un violín que toca la melodía de la estación eterna,
hoja por hoja se desgrana el céfiro de un poniente
que exclama con su aliento al galardonado sexo del cisne y el polen.
Ceremonias y confesiones bajo un cetro de sonidos y quimeras ilusiones
que acompañan a la sombra ácida de tu esencia y el despertar del tiempo,
y su carta de ramaje que escribió una cigarra
al partir en el atisbo de un padecimiento.
Hasta la noche siente tu trémula presencia al desfigurar un beso efebo
en el relámpago de una aureola que corona a la soledad.
¿Surrealismo o experimental?
La sombra con noches de trance etéreo deambula
con el álgido de un aerolito entre la laguna
de la luna que nada en la lumbrera de un sueño…
El júbilo duerme en el aroma de un oleaje
que se percibe por abarrotes de color borrasca
y su ácido pérfido de azahares y cordeles,
con sus maduros topacios que enriquecen al tributo fértil de un suelo;
ofrenda de la noche que hace a los astros de agua allá en las alturas:
donde las nubes con su dicha beben la sangre que vierte un corazón de greda
en sus lustrosas copas de cielo,
beben sin tregua por la desnudez del aire de cidra y arena
mientras acumulan los ropajes de un invierno y su escarnio
con una diadema de uvas rancias.
Ofrendas que se hacen al último cielo
y sus farolas de estrellas de paja,
manto de avena que impermeabiliza a un cosmos de ahogadas cenizas
que acumulan jadeos de artefactos con unas banastas bautizadas
por la promesa de una flor,
una flor que cae en la caliza de plata de la esencia de una lágrima.
La hora se arma con los ojos del otoño
y el viento sur de un violín que toca la melodía de la estación eterna,
hoja por hoja se desgrana el céfiro de un poniente
que exclama con su aliento al galardonado sexo del cisne y el polen.
Ceremonias y confesiones bajo un cetro de sonidos y quimeras ilusiones
que acompañan a la sombra ácida de tu esencia y el despertar del tiempo,
y su carta de ramaje que escribió una cigarra
al partir en el atisbo de un padecimiento.
Hasta la noche siente tu trémula presencia al desfigurar un beso efebo
en el relámpago de una aureola que corona a la soledad.
Última edición: