Alonso Vicent
Poeta veterano en el portal
Él vivía allí; al final de una estrecha callejuela sin salida cerca de Franklin Square; en aquella acera sucia que una pared frenaba y detenía, cerca del lugar en que se celebraban las grandes cenas y galas de la gente influyente del país. Enrique Pietri era un inmigrante más para el que la quimera americana acababa de mudar a pesadilla.
Trabajaba, hasta hacía unas semanas. en una gran superficie llena de tiendas, bares y hasta un cine que representaba diariamente su película.
Un ajuste de plantilla fue el culpable de
que se viera, de un día para el siguiente, sin alicientes y un par de pies en la calle.
Durante esas mismas semanas, después del ajuste, fue su vida la que tenía que ajustarse, y la falta de capital ni le fue de ayuda ni estimulaba su lucha ante la adversidad.
El primer gran revés fue perder su pequeña casa de alquiler; después fue la escasez de plata la que le apremiaba a buscar de qué sustentarse y pedir “change” a las puertas de tiendas e iglesias entre la muchedumbre que llenaba aquella ciudad capital y extremadamente mediatizada.
Enrique fue incapaz de entender el final de su buena racha y únicamente se aliviaba delante de una jarra de cerveza, si le invitaban, mientras maldecía su tremenda mala suerte.
Al mirar atrás, su llegada al país fue una aventura, y la suerte le asistía en cada trance que se le presentaba y en cada iniciativa que emprendía. Una esquina en casa de un familiar fue su primera cama, y fue una prima que trabajaba en un gran almacén la que le facilitaría una buena faena y una renta de la que vivir. Meses después se agenciaría, dadas las expectativas y la buena liquidez, un “small apartment” que fue la seña de su independencia.
Después de la debacle, aunque era ilustre en la manzana, la gente le miraba de espalda; únicamente tenía una amistad; un can que le visitaba y pasaba parte del día a su vera. Era fiel a su mirada mientras la miseria les asediaba y la “jet set” seguía inmersa en el balance de sus adecuadas ganancias, vestida de magnificencia y etiqueta.
Nada cuadraba ya en el plan que estableciera y que urdiera a su llegada y el presente únicamente era capaz de agravar cualquier devenir factible.
Enrique Pietri y su recién camarada, el can que llegara de un lugar cualquiera (al igual que él), empezaban a creer que ni ese era su país ni sus gentes iban a ayudar a que se integraran de ninguna manera.
¿Qué hacer? Las vueltas siempre se enredan.
Enrique Pietri y su camarada, al límite de las fuerzas, sabían que había que dejarse llevar, dejarse…
Y aunque sus huellas sean imperceptibles, su aullar aun retumba en el aire de Franklin Square al atardecer y más allá de las estrellas.
Trabajaba, hasta hacía unas semanas. en una gran superficie llena de tiendas, bares y hasta un cine que representaba diariamente su película.
Un ajuste de plantilla fue el culpable de
que se viera, de un día para el siguiente, sin alicientes y un par de pies en la calle.
Durante esas mismas semanas, después del ajuste, fue su vida la que tenía que ajustarse, y la falta de capital ni le fue de ayuda ni estimulaba su lucha ante la adversidad.
El primer gran revés fue perder su pequeña casa de alquiler; después fue la escasez de plata la que le apremiaba a buscar de qué sustentarse y pedir “change” a las puertas de tiendas e iglesias entre la muchedumbre que llenaba aquella ciudad capital y extremadamente mediatizada.
Enrique fue incapaz de entender el final de su buena racha y únicamente se aliviaba delante de una jarra de cerveza, si le invitaban, mientras maldecía su tremenda mala suerte.
Al mirar atrás, su llegada al país fue una aventura, y la suerte le asistía en cada trance que se le presentaba y en cada iniciativa que emprendía. Una esquina en casa de un familiar fue su primera cama, y fue una prima que trabajaba en un gran almacén la que le facilitaría una buena faena y una renta de la que vivir. Meses después se agenciaría, dadas las expectativas y la buena liquidez, un “small apartment” que fue la seña de su independencia.
Después de la debacle, aunque era ilustre en la manzana, la gente le miraba de espalda; únicamente tenía una amistad; un can que le visitaba y pasaba parte del día a su vera. Era fiel a su mirada mientras la miseria les asediaba y la “jet set” seguía inmersa en el balance de sus adecuadas ganancias, vestida de magnificencia y etiqueta.
Nada cuadraba ya en el plan que estableciera y que urdiera a su llegada y el presente únicamente era capaz de agravar cualquier devenir factible.
Enrique Pietri y su recién camarada, el can que llegara de un lugar cualquiera (al igual que él), empezaban a creer que ni ese era su país ni sus gentes iban a ayudar a que se integraran de ninguna manera.
¿Qué hacer? Las vueltas siempre se enredan.
Enrique Pietri y su camarada, al límite de las fuerzas, sabían que había que dejarse llevar, dejarse…
Y aunque sus huellas sean imperceptibles, su aullar aun retumba en el aire de Franklin Square al atardecer y más allá de las estrellas.