Qalat Chabir
Poeta que considera el portal su segunda casa
No somos un destino leve de la tierra.
No somos un mañana como estatuas griegas.
No somos el reloj de un abismo
por donde el calor nos acariciara la piel las lunas sospechosas,
por donde se convocaran las ascuas hirientes de los hermosísimos corazones.
Queremos ser sólo un latido. Lo amado.
Amable latido de cigarras o brisa sospechosa de la carne.
Ahora se entiende de la luz la cicatriz
que reveló la lengua humana.
Cicatriz escrita en plumas o caricias al borde de un río
que desteñido o incendiado vive por un pez
desde la tormenta estremecida del dolor:
sangrante como la espuma amarilla,
sangrante en la hora abierta del sol dueño,
compasión de un simple instante de locura,
noche cerrada a un abecedario de colores como el gallo
escribiera un pecho, una habitación con sabor a entraña, a nacimiento.
Dolor emanado bajo aquellas cicatrices
con rayos de una sola palabra:
flor que se extiende blandamente desde la alcoba
de unos labios a nuestros ojos como orillas.
Honda la tristeza que como un soplo heló las manos,
piel llorando de dolor donde planta el gris sabor una ruina efímera
con infinitas raíces y aquellos brazos abiertos
que alborotaban de razón, aún viva,
detrás del árbol que nos conoció.
No somos un mañana como estatuas griegas.
No somos el reloj de un abismo
por donde el calor nos acariciara la piel las lunas sospechosas,
por donde se convocaran las ascuas hirientes de los hermosísimos corazones.
Queremos ser sólo un latido. Lo amado.
Amable latido de cigarras o brisa sospechosa de la carne.
Ahora se entiende de la luz la cicatriz
que reveló la lengua humana.
Cicatriz escrita en plumas o caricias al borde de un río
que desteñido o incendiado vive por un pez
desde la tormenta estremecida del dolor:
sangrante como la espuma amarilla,
sangrante en la hora abierta del sol dueño,
compasión de un simple instante de locura,
noche cerrada a un abecedario de colores como el gallo
escribiera un pecho, una habitación con sabor a entraña, a nacimiento.
Dolor emanado bajo aquellas cicatrices
con rayos de una sola palabra:
flor que se extiende blandamente desde la alcoba
de unos labios a nuestros ojos como orillas.
Honda la tristeza que como un soplo heló las manos,
piel llorando de dolor donde planta el gris sabor una ruina efímera
con infinitas raíces y aquellos brazos abiertos
que alborotaban de razón, aún viva,
detrás del árbol que nos conoció.
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