LA PAZ DE LOS CAMPOS
La espesa soledad de los canchales
modela sombras insólitas
y amordaza el griterío de los grillos.
El solemne señorío del alcornoque
revestido por el tiempo y sus congojas
llorando sus lágrimas puntiagudas
de un verde solícito a falta de otras cosas.
Renovadas en la noche las estrellas
puede dar comienzo ya la temporada
de luciérnagas afrentosas y cigarras engalanadas.
Son las constelaciones inevitables
de las noches de verano que se arrastran
como pavoneadas colas sobre un horizonte ardido.
El lejano balido de una oveja es respondido
por el enguantado aullido del lobo solitario
que ha devorado los ecos.
Los áulicos meandros del riachuelo
trazan su más opulenta curva entre las rocas.
matando de amor y de envidia a la doncella
que tendió sus enaguas en los juncos.
Lloran los poleos sus aromas de gazpacho
y es el campo un alocado festival de flores muertas
reduciendose a la nada los recuerdos blanquiverdes
del peregrino de paso.
La espesa soledad de los canchales
modela sombras insólitas
y amordaza el griterío de los grillos.
El solemne señorío del alcornoque
revestido por el tiempo y sus congojas
llorando sus lágrimas puntiagudas
de un verde solícito a falta de otras cosas.
Renovadas en la noche las estrellas
puede dar comienzo ya la temporada
de luciérnagas afrentosas y cigarras engalanadas.
Son las constelaciones inevitables
de las noches de verano que se arrastran
como pavoneadas colas sobre un horizonte ardido.
El lejano balido de una oveja es respondido
por el enguantado aullido del lobo solitario
que ha devorado los ecos.
Los áulicos meandros del riachuelo
trazan su más opulenta curva entre las rocas.
matando de amor y de envidia a la doncella
que tendió sus enaguas en los juncos.
Lloran los poleos sus aromas de gazpacho
y es el campo un alocado festival de flores muertas
reduciendose a la nada los recuerdos blanquiverdes
del peregrino de paso.
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