Jose Anibal Ortiz Lozada
Poeta adicto al portal
Cocinar es como amar, como morirse un poco, como romperse los huesos y lamerse las heridas con ajo y romero.
Un chef no es un tipo con un cuchillo afilado y un gorro ridículo, no. Un chef es un brujo, un ilusionista,
un loco que juega con el hambre ajena y la llena de espejismos comestibles.
El chef sabe que el fuego es un animal traicionero,
que el aceite quema más que las despedidas
y que la cebolla es la metáfora más triste del amor.
Sabe que el hambre no es solo de pan
y que un plato bien hecho puede salvar una vida,
o al menos, darle tregua por un rato.
Un chef no solo cocina:
escribe poemas con la sal y el azúcar,
despierta a los muertos con café caliente,
cura las penas con caldos espesos
y le da sentido a los días con el aroma del pan recién horneado.
Porque la obligación de un chef no es solo alimentar.
Es darle al mundo un plato que diga:
“Aquí estás, aquí vives,
todavía hay belleza en este desastre de vida,
todavía puedes quedarte un poco más.”