Anomalía;
Transciendes el equilibrio
de mis pestañas,
escurriéndote en los senos
de un cuerpo de pólvora.
Si no vivieras,
parásito de mis días,
con el apetito entre mis piernas,
trazaría en tu columna de acre
una cadena de deseos perversos por
cada vértebra que te rodea.
En mi calvario de alfileres cultivados,
gesticulo un ayer
de rasguños perpetuos,
arqueando el estribo de tu cordura malsana,
me ves, acicalando un momento,
tomando el placebo de la vida,
llorando, quizá llorando,
una lágrima de impureza tibia.
Mis huellas se hacen agujeros,
llevándose consigo el sabor táctil
del un roce inadvertido.
Y te respiro,
acumulando suspiros vacíos
en el pulmón dantesco.
Te veo mito de mi poesía,
como el cisne negro
proyectado en el suelo.
Sin embargo,
sucede que eres,
un ataúd de ventanas caídas,
el no sin el verbo pronunciado,
el sonido de un grito dilatado
el suicidio de un lirio
eclipsado en carboncillo.
Vagas en el tren de mis años
adyacente a la sonrisa tierna de la mañana,
continua con el esquivo pétalo danzante en el aire,
limitante con la imitación de alas,
situadas en la esquina del universo.
Todavía quedan en las uñas,
los cristales profanos
nutriendo las venas de tu contorno.
Bautizada, nocturna incandescencia,
dejas de ser el crepitar de una hoja seca,
el mimetismo de una existencia
caducada al término del rastro
dejado por una prismática luz etérea.
*A la sombra que nunca desapareció*