charlie ía
tru váyolens
la caída de los muros de jericó.
para escribir una épica
hace falta solamente
sentarse a beber una buena botella de guaro añejo
hasta que te hierva la sangre,
de modo que la mente
sujeta firmemente
por las caricias incomprendidas de las mujeres
por el desconcierto de los perros
por el camino que recorremos
a través del desierto
contra nuestra voluntad
se purifique en torno a la vívida luz
que proporcionan
las moléculas de CH3CH2OH
desintegrándose a través el torrente sanguíneo.
entonces tras la reacción
del tejido fálico y encefálico
uno puede desplazarse con libertad
hacia una época mucho más pura de la consciencia
donde las interferencias molestas del bien y el mal no existan,
sin rastro de parcialización por el avance de la moral
o el éxito de separar al animal del cuerpo y el deseo.
ya una vez en ese glorioso pasado celular
basta con tomar papel y pluma
- nada de laptop, por DiosHombre-
dando rienda suelta a los incendios que devoran
la casa en ruinas de los enemigos,
con los cadáveres violados de las hijas y las esposas tendidas,
aglomeradas frente a unas murallas
magníficamente derruídas por la divina providencia:
vueltas insignificantes.
entonces y solo entonces
cuando todo pensamiento escape al dominio de la carne
y la poesía se convierte nada más que en un agudo estorbo
para las posibilidades de futuro,
podrás beber directamente de la botella sabiendo
que la ciudad arde completa para tu regocijo.