Luis Á. Ruiz Peradejordi
Poeta que considera el portal su segunda casa
Este año de pandemia, de mascarillas y toque de queda, año de silencios íntimos, de tiempo para meditar… la soledad se hace más profunda.
Noche santa. Noche en que Jesús recorre las calles de Jerusalén, zarandeado, burlado, insultado y castigado.
En Sahagún comienza con el toque lúgubre de la campana. Después, el silencio. No toca su llamada lastimera la trompa, con su toque largo, triste, presagio de esas horas de tortura que comienzan. No rompe la noche el redoble de un tambor destemplado que llama a reunión.
Esta noche, salgo solo, envuelto en mi capa y cubierto con mi sombrero, a perderme en la niebla que atenúa los faroles y me arropa en el eco de mis pasos que me preceden por las calles. Visito las esquinas en las que los poetas leíamos con emoción los versos con los que acompañábamos a Cristo en los duros momentos. Desde San Lorenzo inicio en soledad el camino y repito de memoria los poemas conocidos. Subo por la calle del Arco, donde el empedrado toma tintes de caja de resonancia y las palabras van alzándose, como queriendo llegar a los balcones vacíos, incluso más allá, rompiendo la niebla para dejar abierto un pedazo de cielo por el que ver las estrellas. Puerta de San Juan, luz tenue y pobre de un farol solitario. De entre las sombras sale Valentín, arropado por su capa y ajustado el sombrero. Lleva en las manos la carpeta de poemas, aquellos que otras veces ha leído, aquellos que hoy, en silencio y soledad cree que deben ser de nuevo dichos. Nos saludamos con emoción, con esa ilusión del encuentro inesperado. Allí, a la puerta, como hicimos tantas otras veces, sacamos los pliegos de nuestros versos, nos calamos los lentes y leyó Valentín:
“Voces daba un marinero,
que el agua se lo llevaba,
pidiéndole al Dios del cielo,
que la vida le salvara”
Había encontrado el romance antiguo en un cancionero de rabel y quiso llevarlo como una ofrenda, para acompañar los pasos de esta noche larga. Su voz clara se elevaba sobre la niebla, sobre las ventanas vacías, sobre los tejados lejanos, como si quisiera volar por encima de las casas, de las gentes y llevar el eco de esa voz hasta el último de los rincones.
Cuando terminó su lectura, caminamos, sin prisas, tomándonos tiempo para elevar una oración, hasta el Santuario de La Peregrina. El portón robusto encajado en el pórtico de ladrillo nos acogió, protegiéndonos del rebufo de un aire frío que penetraba los huesos.
Allí fui yo quien tomó la palabra:
“En la fría tarde, Señor,
casi ya de anochecida,
con tus ojos tropecé
y vi en tu pupila
el brillo tembloroso
de una lágrima contenida.”
Eran versos escritos hacía mucho tiempo, pero que no habían perdido el valor de su contenido. Con emoción terminé la lectura y tomamos el camino hacia casa. Al bajar la cuesta de La Peregrina, Valentín y yo nos despedimos. Un gesto amable, no precisamos otra cosa. Tal vez haya otra ocasión en que leamos juntos nuestras estrofas, o nos encontremos en otra parte. Se giró, me dio la espalda y se desvaneció en la niebla.
De nuevo solo, el repiqueteo de mis pasos sobre el empedrado, me acompañó hasta mi casa.
Noche santa. Noche en que Jesús recorre las calles de Jerusalén, zarandeado, burlado, insultado y castigado.
En Sahagún comienza con el toque lúgubre de la campana. Después, el silencio. No toca su llamada lastimera la trompa, con su toque largo, triste, presagio de esas horas de tortura que comienzan. No rompe la noche el redoble de un tambor destemplado que llama a reunión.
Esta noche, salgo solo, envuelto en mi capa y cubierto con mi sombrero, a perderme en la niebla que atenúa los faroles y me arropa en el eco de mis pasos que me preceden por las calles. Visito las esquinas en las que los poetas leíamos con emoción los versos con los que acompañábamos a Cristo en los duros momentos. Desde San Lorenzo inicio en soledad el camino y repito de memoria los poemas conocidos. Subo por la calle del Arco, donde el empedrado toma tintes de caja de resonancia y las palabras van alzándose, como queriendo llegar a los balcones vacíos, incluso más allá, rompiendo la niebla para dejar abierto un pedazo de cielo por el que ver las estrellas. Puerta de San Juan, luz tenue y pobre de un farol solitario. De entre las sombras sale Valentín, arropado por su capa y ajustado el sombrero. Lleva en las manos la carpeta de poemas, aquellos que otras veces ha leído, aquellos que hoy, en silencio y soledad cree que deben ser de nuevo dichos. Nos saludamos con emoción, con esa ilusión del encuentro inesperado. Allí, a la puerta, como hicimos tantas otras veces, sacamos los pliegos de nuestros versos, nos calamos los lentes y leyó Valentín:
“Voces daba un marinero,
que el agua se lo llevaba,
pidiéndole al Dios del cielo,
que la vida le salvara”
Había encontrado el romance antiguo en un cancionero de rabel y quiso llevarlo como una ofrenda, para acompañar los pasos de esta noche larga. Su voz clara se elevaba sobre la niebla, sobre las ventanas vacías, sobre los tejados lejanos, como si quisiera volar por encima de las casas, de las gentes y llevar el eco de esa voz hasta el último de los rincones.
Cuando terminó su lectura, caminamos, sin prisas, tomándonos tiempo para elevar una oración, hasta el Santuario de La Peregrina. El portón robusto encajado en el pórtico de ladrillo nos acogió, protegiéndonos del rebufo de un aire frío que penetraba los huesos.
Allí fui yo quien tomó la palabra:
“En la fría tarde, Señor,
casi ya de anochecida,
con tus ojos tropecé
y vi en tu pupila
el brillo tembloroso
de una lágrima contenida.”
Eran versos escritos hacía mucho tiempo, pero que no habían perdido el valor de su contenido. Con emoción terminé la lectura y tomamos el camino hacia casa. Al bajar la cuesta de La Peregrina, Valentín y yo nos despedimos. Un gesto amable, no precisamos otra cosa. Tal vez haya otra ocasión en que leamos juntos nuestras estrofas, o nos encontremos en otra parte. Se giró, me dio la espalda y se desvaneció en la niebla.
De nuevo solo, el repiqueteo de mis pasos sobre el empedrado, me acompañó hasta mi casa.