NiñoNube
Poeta asiduo al portal
Quiero ser escritor. - Les gritaba llorando.
-Un muerto de hambre, eso es lo que serás si no pones los pies en la tierra. -Le replicaba su padre.
Parece estar reviviendo esa historia mientras mira el fondo vacío de un pote de sopa fría que le han traído de la beneficencia.
-Qué razón tenías viejo. Maldita sea, al final tengo que darte la razón. –
Pero no fue decisión propia. Las letras le escogieron. Su incapacidad innata, para resolver cualquier cosa que tuviera que ver con números, le empujó a los brazos de la literatura. Y... ¡qué diablos! Se dejó querer y empezó a escribir la vida.
En la escuela no tardó en destacarse de los compañeros por sus artes con la pluma. El Cyrano de sexto grado. Se encargó de enamorar para otros a las chicas que él no se atrevía ni a mirar. Tenía bajo su cama una vieja maleta llena de libretas, con sus páginas repletas de cuentos, historias y vagos intentos de jugar con la poesía. No podía parar. Las palabras se le amontonaban dentro y ensordecían todos sus pensamientos hasta que las escupía sobre el papel. Llegó a pensar que estaba loco, pero no podía dejar de escribir.
Una tarde, al regresar a casa estaban esperándole dos policías y una elegante señora con su ensayada mirada lastimosa. Su imaginación ya había inventado un millón de malas noticias, que le encogieron las tripas, antes de escuchar nada.
-Tus padres han fallecido en un accidente.
Su coche se salió de la carretera y se estrelló contra un árbol.
Lo sentimos mucho joven. Debes acompañar a esta mujer, es de servicios sociales. Ella se encargará de ti ahora. -
No pudo llorar. Fue inútil pretender derramar alguna lágrima. No supo llorar.
Y allí le dejaron.
En aquel enorme y horrible edificio que olía a viejo y ruina.
También pensó que se podía oler el miedo, pero pronto se dio cuenta de que ese olor provenía de él. Fueron meses de vejación, maltrato, agresiones y terror. Desde que murieron sus padres, no había escrito nada. Sus venas estaban llenas de tinta reseca. Prefirió atragantarse con todo lo que venía inspirado por el asco, el horror y el dolor. Se sentía lleno de mierda y basura de la que se negaba a escribir. Cuando podía escaparse, corría a refugiarse en una vieja cabaña del bosque, que encontró abandonada.
Allí la conoció. Una joven que también huía, de vez en vez, del centro de acogida para mujeres, que lindaba con el suyo.
Se gustaron, casi de inmediato. Vaya si se gustaron.
Dos corazones descosidos y varías cicatrices compartidas, que se abrazaron como si no existiese nada más.
Nunca olvidará la sombra de sus cuerpos follando, mecidas por la luz de un candil. Repitieron aquellos encuentros cada vez que podían ir a la cabaña. En ningún momento, durante el tiempo que estuvieron juntos, se dijeron cuánto se amaban, ni lo felices que se sentían. Tenían miedo de romper el embrujo y que se terminara toda esa felicidad.
-Necesito marcharme de esta ciudad. No lo soporto más. Siento que me falta el aire para respirar. -
Él la escuchaba acurrucado en su pecho.
-Si tú quieres yo me voy contigo. Donde tú vayas, me voy contigo. -
-Marchémonos mañana. Cuando anochezca, nos encontraremos aquí y nos iremos a cualquier lugar. -
La noche siguiente, cuando escapaba, fue descubierto.
Le dieron una paliza que casi le mata. Permaneció inconsciente en su cama durante días. Cuando pudo moverse acudió a su cita sabiendo que no volvería a verla. Estuvo sentado, en silencio, toda la tarde en esa chabola que parecía más vacía que nunca.
La gente corría aquí y allá cargando sus equipajes. La estación de tren estaba en plena ebullición viajera. Él se encontraba de pie al borde del andén. Aquella tarde, en la cabaña, decidió que no volvería al centro de acogida. Estuvo deambulando por la ciudad durante meses. Jamás intentaron encontrarle. No le importaba a nadie. Estaba hambriento y derrotado.
Se acabó. El expreso sin escalas, pasaría a toda velocidad en unos minutos y todo terminaría. Estaba decidido a saltar.
-Joven. ¿Sabe usted escribir? -
Se giró y vio una anciana parada junto a la puerta de la oficina de correos.
- ¿Puede ayudarme? Quisiera escribirle a mi hijo, pero no sé. Nunca pude aprender. -
Por un momento dudó. Escuchó acercándose el silbato del tren que debía poner fin a todo. Aquella mujer le miraba con una acogedora sonrisa, ofreciéndole una hoja en blanco y una vieja pluma.
El rápido sin paradas, silbó estruendoso haciendo temblar la estación arrastrando tras de si, sus planes de suicidio. Se sentaron en el banco que tenían a su lado. Con una desvencijada caja de naranjas improvisó un pequeño escritorio. Sintió el tacto de la pluma entre sus dedos. El ligero rasguño negro que iba dejando sobre el papel inmaculado le sonó como la más hermosa melodía.
La anciana le iba diciendo lo que quería contar en su carta y él le daba forma.
Y después otra persona reclamó su ayuda. Y otra más. Y más.
Al final del día había escrito innumerables mensajes. Aquella gente dejaba una propina en sus bolsillos, en pago y agradeciendo por sus palabras. Pasó muchos años yendo a la estación a diario, con su caja de naranjas y sus letras.
Puso su lírica al servicio de aquellos que no sabían o no podían escribir.
"Escritor" le llamaban, aunque él nunca se tuvo como tal.
Era un traficante de versos sueltos. De cartas de amor. De mensajes de arrepentimiento y perdón. De poemas y cuentos para regalar.
Así pasaba el día entero. Escuchando en silencio lo que las personas necesitaban llevar al papel. Por la noche, regresaba a la cabaña del bosque. Ese lugar donde alguna vez llegó a ser feliz. A la luz de una vela iba tejiendo con tinta lo que le habían encargado durante el día, hasta que los ojos le ardían a causa de la escasa iluminación. Esa fue su vida hasta que poco a poco la gente dejó de necesitarle. Apenas escribía ya y los días de estar en la estación fueron terminando.
Hoy, mira sus manos temblorosas y aradas de arrugas sucias por la tinta, que sujetan el pote de sopa. Apenas puede ver y agarrar con firmeza la pluma para escribir. Está viejo y cansado, aunque las letras siguen correteando por su cabeza reclamando ser arrojadas sobre el papel. La muerte le susurra que ahora le toca a ella escribir su último capítulo.
-Yo soy el que escribe. Y yo decidiré cómo y cuándo se termina mi historia. –
Ha cerrado la puerta y las ventanas de la cabaña. En el suelo arden todos los escritos que aún conserva. Miles de historias que nadie leerá y que nunca llegarán a ninguna parte, convertidos en fuego a su alrededor.
-No pudo ser, viejo. Ganaste tú… -
Llueve en la ciudad. Bajo la lluvia y el cielo plomizo, las lápidas del cementerio son como un canto a la tristeza. Junto al muro sur, una cruz humilde lucha por no perderse entre la hierba y los dientes de león. Un rincón que apenas visita nadie desde hace mucho tiempo.
AQUÍ DESCANSA EL ESCRITOR.
Le puso letras a los sentimientos de los que no sabían hacerlo.
NiñoNube.
Pensamientos casi poéticos. (Facebook)
-Un muerto de hambre, eso es lo que serás si no pones los pies en la tierra. -Le replicaba su padre.
Parece estar reviviendo esa historia mientras mira el fondo vacío de un pote de sopa fría que le han traído de la beneficencia.
-Qué razón tenías viejo. Maldita sea, al final tengo que darte la razón. –
Pero no fue decisión propia. Las letras le escogieron. Su incapacidad innata, para resolver cualquier cosa que tuviera que ver con números, le empujó a los brazos de la literatura. Y... ¡qué diablos! Se dejó querer y empezó a escribir la vida.
En la escuela no tardó en destacarse de los compañeros por sus artes con la pluma. El Cyrano de sexto grado. Se encargó de enamorar para otros a las chicas que él no se atrevía ni a mirar. Tenía bajo su cama una vieja maleta llena de libretas, con sus páginas repletas de cuentos, historias y vagos intentos de jugar con la poesía. No podía parar. Las palabras se le amontonaban dentro y ensordecían todos sus pensamientos hasta que las escupía sobre el papel. Llegó a pensar que estaba loco, pero no podía dejar de escribir.
Una tarde, al regresar a casa estaban esperándole dos policías y una elegante señora con su ensayada mirada lastimosa. Su imaginación ya había inventado un millón de malas noticias, que le encogieron las tripas, antes de escuchar nada.
-Tus padres han fallecido en un accidente.
Su coche se salió de la carretera y se estrelló contra un árbol.
Lo sentimos mucho joven. Debes acompañar a esta mujer, es de servicios sociales. Ella se encargará de ti ahora. -
No pudo llorar. Fue inútil pretender derramar alguna lágrima. No supo llorar.
Y allí le dejaron.
En aquel enorme y horrible edificio que olía a viejo y ruina.
También pensó que se podía oler el miedo, pero pronto se dio cuenta de que ese olor provenía de él. Fueron meses de vejación, maltrato, agresiones y terror. Desde que murieron sus padres, no había escrito nada. Sus venas estaban llenas de tinta reseca. Prefirió atragantarse con todo lo que venía inspirado por el asco, el horror y el dolor. Se sentía lleno de mierda y basura de la que se negaba a escribir. Cuando podía escaparse, corría a refugiarse en una vieja cabaña del bosque, que encontró abandonada.
Allí la conoció. Una joven que también huía, de vez en vez, del centro de acogida para mujeres, que lindaba con el suyo.
Se gustaron, casi de inmediato. Vaya si se gustaron.
Dos corazones descosidos y varías cicatrices compartidas, que se abrazaron como si no existiese nada más.
Nunca olvidará la sombra de sus cuerpos follando, mecidas por la luz de un candil. Repitieron aquellos encuentros cada vez que podían ir a la cabaña. En ningún momento, durante el tiempo que estuvieron juntos, se dijeron cuánto se amaban, ni lo felices que se sentían. Tenían miedo de romper el embrujo y que se terminara toda esa felicidad.
-Necesito marcharme de esta ciudad. No lo soporto más. Siento que me falta el aire para respirar. -
Él la escuchaba acurrucado en su pecho.
-Si tú quieres yo me voy contigo. Donde tú vayas, me voy contigo. -
-Marchémonos mañana. Cuando anochezca, nos encontraremos aquí y nos iremos a cualquier lugar. -
La noche siguiente, cuando escapaba, fue descubierto.
Le dieron una paliza que casi le mata. Permaneció inconsciente en su cama durante días. Cuando pudo moverse acudió a su cita sabiendo que no volvería a verla. Estuvo sentado, en silencio, toda la tarde en esa chabola que parecía más vacía que nunca.
La gente corría aquí y allá cargando sus equipajes. La estación de tren estaba en plena ebullición viajera. Él se encontraba de pie al borde del andén. Aquella tarde, en la cabaña, decidió que no volvería al centro de acogida. Estuvo deambulando por la ciudad durante meses. Jamás intentaron encontrarle. No le importaba a nadie. Estaba hambriento y derrotado.
Se acabó. El expreso sin escalas, pasaría a toda velocidad en unos minutos y todo terminaría. Estaba decidido a saltar.
-Joven. ¿Sabe usted escribir? -
Se giró y vio una anciana parada junto a la puerta de la oficina de correos.
- ¿Puede ayudarme? Quisiera escribirle a mi hijo, pero no sé. Nunca pude aprender. -
Por un momento dudó. Escuchó acercándose el silbato del tren que debía poner fin a todo. Aquella mujer le miraba con una acogedora sonrisa, ofreciéndole una hoja en blanco y una vieja pluma.
El rápido sin paradas, silbó estruendoso haciendo temblar la estación arrastrando tras de si, sus planes de suicidio. Se sentaron en el banco que tenían a su lado. Con una desvencijada caja de naranjas improvisó un pequeño escritorio. Sintió el tacto de la pluma entre sus dedos. El ligero rasguño negro que iba dejando sobre el papel inmaculado le sonó como la más hermosa melodía.
La anciana le iba diciendo lo que quería contar en su carta y él le daba forma.
Y después otra persona reclamó su ayuda. Y otra más. Y más.
Al final del día había escrito innumerables mensajes. Aquella gente dejaba una propina en sus bolsillos, en pago y agradeciendo por sus palabras. Pasó muchos años yendo a la estación a diario, con su caja de naranjas y sus letras.
Puso su lírica al servicio de aquellos que no sabían o no podían escribir.
"Escritor" le llamaban, aunque él nunca se tuvo como tal.
Era un traficante de versos sueltos. De cartas de amor. De mensajes de arrepentimiento y perdón. De poemas y cuentos para regalar.
Así pasaba el día entero. Escuchando en silencio lo que las personas necesitaban llevar al papel. Por la noche, regresaba a la cabaña del bosque. Ese lugar donde alguna vez llegó a ser feliz. A la luz de una vela iba tejiendo con tinta lo que le habían encargado durante el día, hasta que los ojos le ardían a causa de la escasa iluminación. Esa fue su vida hasta que poco a poco la gente dejó de necesitarle. Apenas escribía ya y los días de estar en la estación fueron terminando.
Hoy, mira sus manos temblorosas y aradas de arrugas sucias por la tinta, que sujetan el pote de sopa. Apenas puede ver y agarrar con firmeza la pluma para escribir. Está viejo y cansado, aunque las letras siguen correteando por su cabeza reclamando ser arrojadas sobre el papel. La muerte le susurra que ahora le toca a ella escribir su último capítulo.
-Yo soy el que escribe. Y yo decidiré cómo y cuándo se termina mi historia. –
Ha cerrado la puerta y las ventanas de la cabaña. En el suelo arden todos los escritos que aún conserva. Miles de historias que nadie leerá y que nunca llegarán a ninguna parte, convertidos en fuego a su alrededor.
-No pudo ser, viejo. Ganaste tú… -
Llueve en la ciudad. Bajo la lluvia y el cielo plomizo, las lápidas del cementerio son como un canto a la tristeza. Junto al muro sur, una cruz humilde lucha por no perderse entre la hierba y los dientes de león. Un rincón que apenas visita nadie desde hace mucho tiempo.
AQUÍ DESCANSA EL ESCRITOR.
Le puso letras a los sentimientos de los que no sabían hacerlo.
NiñoNube.
Pensamientos casi poéticos. (Facebook)