Era un séptimo piso
de un edificio lúgubre.
Las paredes roídas,
pintadas de humedades,
rezaban maldiciones,
y cruces invertidas.
Ahí estaba el cordero,
a los pies de la cama,
con el dorso desnudo,
y los ojos en blanco.
Murmurando conjuros,
fatigado de espinas,
por una larga noche
de unos meses,
o años.
En el balcón,
la sangre se estancaba,
y en un hilo,
que el viento de la tarde
hacía llovizna,
caía sobre los autos de la calle,
manchando parabrisas, y retinas.
Amontonada de ojos,
la vereda,
que miran para arriba,
hacia la nada.
Murmuraban vecinos
sus teorías.
Los diarios
han dicho
que el problema,
habría sido el consumo
excesivo de sustancias...
En la mesa
hay un pacto firmado,
por dos almas.
Una jeringa, un vaso, una botella.
No se encontró un cadáver,
ni una herida,
sólo Cristo sangrando boca abajo.
de un edificio lúgubre.
Las paredes roídas,
pintadas de humedades,
rezaban maldiciones,
y cruces invertidas.
Ahí estaba el cordero,
a los pies de la cama,
con el dorso desnudo,
y los ojos en blanco.
Murmurando conjuros,
fatigado de espinas,
por una larga noche
de unos meses,
o años.
En el balcón,
la sangre se estancaba,
y en un hilo,
que el viento de la tarde
hacía llovizna,
caía sobre los autos de la calle,
manchando parabrisas, y retinas.
Amontonada de ojos,
la vereda,
que miran para arriba,
hacia la nada.
Murmuraban vecinos
sus teorías.
Los diarios
han dicho
que el problema,
habría sido el consumo
excesivo de sustancias...
En la mesa
hay un pacto firmado,
por dos almas.
Una jeringa, un vaso, una botella.
No se encontró un cadáver,
ni una herida,
sólo Cristo sangrando boca abajo.
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