esthergranados
Poeta adicto al portal
Has escrito cien veces “te quiero” en el cuaderno de literatura mientras la profesora os hablaba de Bécquer. La escuchas recitar su poema más famoso y piensas que las oscuras golondrinas que ves por la ventana no volverán; que no colgarán ningún nido en su balcón; que no refrenarán el vuelo ante la belleza de él, ni ante tu dicha. Tú sabes que no habrá dicha. Por eso añoras tanto lo que nunca tendrás.
Se sienta un par de filas delante de ti. Si te empinas un poco puedes ver los tres folios, uno por clase, que has dejado con disimulo sobre su carpeta. Te gusta su manera de inclinar la cabeza cuando pasa las páginas del libro, y el modo de deslizar los dedos por su pelo castaño, y esa manera de mirar a las chicas una a una, como intentando descubrir cuál de ellas es capaz de ocupar su tiempo en escribirle varias veces al día esa especie de mantra. Mientras le observas sueñas con poner tu nombre al final de cada “te quiero”, y con llenar de margaritas de colores cada renglón solo por verle sonreír. Qué cursi eres, te diría riendo. A la salida de clase, iríais al cine a ver una “peli” de Almodóvar y le besarías en cuanto apagaran la luz. Le susurrarías al oído que es mucho más guapo que Antonio Banderas, y que para ti no hay más ley que la del deseo. Después caminaríais abrazados por las calles bulliciosas de Madrid, para acabar a medianoche en El penta o en La vía láctea. En la penumbra de la sala sonaría Radio futura y le dirías que prefieres, dónde va a parar, a Nacha pop y él te empujaría en broma, como jugando, y tú, como jugando también, le besarías en los labios con descaro. Le dirías que él es el sitio de tu recreo desde que os conocisteis cuando llegó al barrio allá por el ochenta y seis, y que desde entonces matarías por vivir en sus ojos, en su boca, en su cuerpo.
Si te dieran un lienzo en blanco con el mapa de su silueta, podrías trazar en él cada una de sus marcas, todos los lunares, la más pequeña imperfección de su piel. Dibujarías en el punto exacto esa cicatriz con forma de rayo que luce debajo de la clavícula derecha, y la señal de la varicela que tiene encima de una de sus cejas. Aprendiste a jugar al futbol para estar junto a él; aprendiste a disimular la turbación que sentías al verle desnudo en el vestuario del gimnasio, controlando a duras penas esa arritmia que sigue reventando tu pecho cuando estás a su lado. Y aprendiste a callar. A callar mientras morías de ganas de confesarle que solo te gustaba él. Tan guapo. Tan descarado. Tan sexy. Tan inalcanzable. Por eso sabes de sobra que ninguna golondrina se aprenderá vuestros nombres; que la madreselva no escalará la tapia de ningún jardín, ni abrirán unas flores que, si existieran, desprenderían el olor a marchito de los cementerios.
Has cerrado los ojos un momento antes de acercarte. Hasta el domingo en el partido, le has dicho. Él te ha dado una palmada en la espalda. No faltes, te ha contestado con un guiño. Pero tú sabes que faltarás. Antes de llegar a la azotea reventarán en el suelo todas las golondrinas, como si fuera el vaticinio de un final que nadie espera. Un aguacero de pájaros negros, muertos. Ya estás arriba. Te agarras a la barandilla mirando al patio. Los alumnos se han ido acercando. Él también. Le oyes gritar tu nombre y le ves salir disparado intentando alcanzar la escalera. Picados por la curiosidad, los demás observan a las aves rotas sobre la pista de baloncesto. Metes la mano en el bolsillo del pantalón y compruebas que el último folio que le has escrito sigue ahí. Esta vez te has atrevido a poner tu nombre después del último “te quiero”.
Se sienta un par de filas delante de ti. Si te empinas un poco puedes ver los tres folios, uno por clase, que has dejado con disimulo sobre su carpeta. Te gusta su manera de inclinar la cabeza cuando pasa las páginas del libro, y el modo de deslizar los dedos por su pelo castaño, y esa manera de mirar a las chicas una a una, como intentando descubrir cuál de ellas es capaz de ocupar su tiempo en escribirle varias veces al día esa especie de mantra. Mientras le observas sueñas con poner tu nombre al final de cada “te quiero”, y con llenar de margaritas de colores cada renglón solo por verle sonreír. Qué cursi eres, te diría riendo. A la salida de clase, iríais al cine a ver una “peli” de Almodóvar y le besarías en cuanto apagaran la luz. Le susurrarías al oído que es mucho más guapo que Antonio Banderas, y que para ti no hay más ley que la del deseo. Después caminaríais abrazados por las calles bulliciosas de Madrid, para acabar a medianoche en El penta o en La vía láctea. En la penumbra de la sala sonaría Radio futura y le dirías que prefieres, dónde va a parar, a Nacha pop y él te empujaría en broma, como jugando, y tú, como jugando también, le besarías en los labios con descaro. Le dirías que él es el sitio de tu recreo desde que os conocisteis cuando llegó al barrio allá por el ochenta y seis, y que desde entonces matarías por vivir en sus ojos, en su boca, en su cuerpo.
Si te dieran un lienzo en blanco con el mapa de su silueta, podrías trazar en él cada una de sus marcas, todos los lunares, la más pequeña imperfección de su piel. Dibujarías en el punto exacto esa cicatriz con forma de rayo que luce debajo de la clavícula derecha, y la señal de la varicela que tiene encima de una de sus cejas. Aprendiste a jugar al futbol para estar junto a él; aprendiste a disimular la turbación que sentías al verle desnudo en el vestuario del gimnasio, controlando a duras penas esa arritmia que sigue reventando tu pecho cuando estás a su lado. Y aprendiste a callar. A callar mientras morías de ganas de confesarle que solo te gustaba él. Tan guapo. Tan descarado. Tan sexy. Tan inalcanzable. Por eso sabes de sobra que ninguna golondrina se aprenderá vuestros nombres; que la madreselva no escalará la tapia de ningún jardín, ni abrirán unas flores que, si existieran, desprenderían el olor a marchito de los cementerios.
Has cerrado los ojos un momento antes de acercarte. Hasta el domingo en el partido, le has dicho. Él te ha dado una palmada en la espalda. No faltes, te ha contestado con un guiño. Pero tú sabes que faltarás. Antes de llegar a la azotea reventarán en el suelo todas las golondrinas, como si fuera el vaticinio de un final que nadie espera. Un aguacero de pájaros negros, muertos. Ya estás arriba. Te agarras a la barandilla mirando al patio. Los alumnos se han ido acercando. Él también. Le oyes gritar tu nombre y le ves salir disparado intentando alcanzar la escalera. Picados por la curiosidad, los demás observan a las aves rotas sobre la pista de baloncesto. Metes la mano en el bolsillo del pantalón y compruebas que el último folio que le has escrito sigue ahí. Esta vez te has atrevido a poner tu nombre después del último “te quiero”.