prisionero inocente
Poeta que considera el portal su segunda casa
Contaba los días que te restaban, padre.
Dijeron que treinta, o si dios hubiera existido, dos meses.
Estabas solo, entre los ciruelos, aquella noche.
Una especie de hormigas caía desde sus ramas sobre tu rostro.
Eras inmóvil, las hormigas te confundían con otro árbol
tal vez con el rey de los ciruelos, y buscaban el fuego de tu cicatriz,
se suicidaban en tu barba áspera, mientras fumabas.
Aveces escupías sus cuerpos, antes de dormir
y agonizaban sobre la sábana, se ahogaban en tu saliva.
Esas criaturas te veneraban, te seguían en los bares
impulsivas se arrojaban en tu copa
como si buscasen dentro de ti su cementerio,
daban saltos imprecisos hacia tu bolsillo lleno de paracetamol
y cartas de amenaza firmadas por el colector de bienes
decían que pronto iban a quitarte la tierra
por eso te sentabas entre los ciruelos a fumar
y las hormigas ebrias de tu dignidad
te regalaban por la noche vinagre en los labios
y nosotros veníamos a tu cama con trapos de lino
y secábamos el sudor de tu pesadilla,
abrías los ojos por un instante y adentro una hormiga de oro,
eras el rey de los ciruelos y una hormiga escribía la ley de tu alma con letra de oro,
nadie supo cual fue tu último pestañeo.
Dijeron que treinta, o si dios hubiera existido, dos meses.
Estabas solo, entre los ciruelos, aquella noche.
Una especie de hormigas caía desde sus ramas sobre tu rostro.
Eras inmóvil, las hormigas te confundían con otro árbol
tal vez con el rey de los ciruelos, y buscaban el fuego de tu cicatriz,
se suicidaban en tu barba áspera, mientras fumabas.
Aveces escupías sus cuerpos, antes de dormir
y agonizaban sobre la sábana, se ahogaban en tu saliva.
Esas criaturas te veneraban, te seguían en los bares
impulsivas se arrojaban en tu copa
como si buscasen dentro de ti su cementerio,
daban saltos imprecisos hacia tu bolsillo lleno de paracetamol
y cartas de amenaza firmadas por el colector de bienes
decían que pronto iban a quitarte la tierra
por eso te sentabas entre los ciruelos a fumar
y las hormigas ebrias de tu dignidad
te regalaban por la noche vinagre en los labios
y nosotros veníamos a tu cama con trapos de lino
y secábamos el sudor de tu pesadilla,
abrías los ojos por un instante y adentro una hormiga de oro,
eras el rey de los ciruelos y una hormiga escribía la ley de tu alma con letra de oro,
nadie supo cual fue tu último pestañeo.