Marla
Poeta fiel al portal
Cabalgas, silencio,
a lomos de una bestia solitaria,
coronas mi temblor, señalas
mi cicatriz de pájaro vencido.
No,
no afines en mi oído
tu violín de suicidios,
tu incontable álgebra de aludes.
Tus dedos no pueden abarcar
mi cuello de amapola;
ya mi voz es murmullo quedo entre ríos de lumbre:
secó el trigo negro de la infancia en mis huesos
pero todavía no es tiempo de siega,
sino del blanco sideral, del gris asceta, del músculo cantor.
Deja que amarillee lentamente la sien
del otoño, que ablande su cordura
con saliva de esperas.
Reposará mi sangre en el opio de las Parcas
mientras castigue el sol de agosto los tejados
de un diciembre proscrito,
intuido en la piel de la ceniza.
a lomos de una bestia solitaria,
coronas mi temblor, señalas
mi cicatriz de pájaro vencido.
No,
no afines en mi oído
tu violín de suicidios,
tu incontable álgebra de aludes.
Tus dedos no pueden abarcar
mi cuello de amapola;
ya mi voz es murmullo quedo entre ríos de lumbre:
secó el trigo negro de la infancia en mis huesos
pero todavía no es tiempo de siega,
sino del blanco sideral, del gris asceta, del músculo cantor.
Deja que amarillee lentamente la sien
del otoño, que ablande su cordura
con saliva de esperas.
Reposará mi sangre en el opio de las Parcas
mientras castigue el sol de agosto los tejados
de un diciembre proscrito,
intuido en la piel de la ceniza.
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