Luis Á. Ruiz Peradejordi
Poeta que considera el portal su segunda casa
Escribo estos renglones antes de que vengan a buscarme. Sé que lo harán de un momento a otro y que me llevarán con ellos.
Todo comenzó con mi viaje, el pequeño barco que me llevaba por el Mar Azul, zozobró cerca de la costa, con las Montañas de Niebla a la vista. Pude llegar hasta la orilla y rescatar un poco del equipaje que llevaba, especialmente la ropa de abrigo y un largo cayado que me sirviese para el camino. Con no pocas penalidades encontré un paso entre las Montañas de Niebla y en la vertiente que daba al gran Bosque Verde la nieve me dificultó el avanzar. Entre la niebla y la gran cantidad de nieve acumulada, me extravié y seguí caminando más por inercia que por otra cosa, alimentándome de unas pocas galletas que pude recoger del naufragio. Mis pasos fueron detenidos de modo abrupto cuando un corte del terreno me hizo precipitarme por la ladera abajo. Me golpeé contra las rocas y creo que me debí dar un fuerte golpe en la cabeza. Todo me daba vueltas, pero en medio del dolor y de la sensación de vértigo, pude darme cuenta de que la nieve había desaparecido y que un bosque primaveral se desplegaba ante mí. A trompicones caminé unos pocos pasos antes de caer habiendo perdido el sentido.
Cuando volví a abrir los ojos, me encontré en una sala que parecía excavada en la tierra, recubierta de madera, con ramos de eucalipto y de menta que refrescaban el ambiente. Me dolía todo el cuerpo, sentía una punzada intensa en la pierna derecha y la cabeza como si me fuese a estallar. Un ser diminuto, como una mujer de muy pequeño tamaño, hermosa como ninguna que antes hubiese visto y provista de dos alas trasparentes, se acercó volando hacia mí y, con una voz musical, me preguntó:
- ¿Cómo te encuentras? –
- Me duele todo- contesté.
- Tienes un gran corte en la cabeza y en la pierna un golpe enorme. Además estás lleno de rasguños y pequeñas heridas.
No seguí hablando, se acercó a mí y me dio unas gotas lechosas en un poco de agua y al momento los dolores se fueron calmando y un sopor me invadió dando lugar a un profundo sueño.
En el sueño, oía conversaciones y creía abrir los ojos y ver varios seres voladores ocupándose de mí.
Me vendaban la pierna con un emplasto y la herida de la cabeza la cubrían con hojas. Cuando volvía el dolor, de nuevo me daban a beber y el dolor desaparecía.
No sé cuánto tiempo estuve así. Aquellos pequeños seres, ya no sólo eran mujeres, sino que vi entre ellos algunos con aspecto de hombres, estaban pendientes de mí. Me alimentaban con una bebida muy dulce, con sabor a almendras y regusto de miel, tonificante, que me hacía sentir bien después de tomarla.
Cuando fui recuperando fuerzas, una mañana pregunté:
- ¿Quién eres?-
- Soy Hila, un hada del Reino de Titania y Oberón. Te encontramos hace cinco de nuestros días en el límite del reino, malherido y sin conocimiento. Te recogimos y te hemos estado atendiendo para ver si podías mejorar.
Palpé mis heridas y vi que habían curado bastante bien. El dolor había desaparecido y mi pierna no presentaba aquel aspecto tan feo que el tremendo golpe había causado.
- ¿Y esto, cómo lo habéis curado?- Pregunté
- En las heridas hemos puesto un preparado que hacemos con hojas de acacia, ajo y equinácea ya que tienen poder para evitar que las heridas se infeccionen. En la pierna hicimos un emplasto con corteza de saúco y así bajamos la inflamación. Para los dolores unas gotas de leche de adormidera fueron suficientes para mantenerte aliviado. Y ahora, dejemos las preguntas y vas a comer unos frutos secos que hemos recogido a fin de que recuperes fuerzas.
Todo ocurrió como Hila había dicho. En un par de días más me encontré perfectamente, conocí a Lirio, a Nela, a Diente de Dragón a Chiqui… Todos fueron amables y cariñosos y cuando hablé de marcharme, ellos me dijeron que antes tenía que conocer a sus reyes.
De ese modo fui presentado a Titania y a Oberón. Titania era un hada bellísima (por fin me había enterado de que quienes me habían atendido eran hadas y elfos) de limpia mirada y pronta risa, amable y encantadora. Oberón era un elfo simpático, bonachón, con cierta picardía en la mirada y gran corazón.
Recuerdo haber hablado con ellos de cómo era mi vida, que me gustaba la aventura y recorrer paisajes nuevos, de la ciudad en que nací, de la mujer a la que amaba. También dije que tenía que volver a mi tierra. Y ellos asentían, hablaban y reían. Bebimos hidromiel…
Y ahí se van borrando mis recuerdos. De pronto, sin poder precisar cómo, me encontré en la orilla del Mar Azul, tendido sobre la playa y al lado unos marineros que me buscaban. Se alegraban de haberme encontrado y decían que llevaban meses buscándome, pues al hundirse el barco una baliza de señales avisó del naufragio. No se explicaban que siguiese vivo.
A mí me parecía que no podía ser, si solo había estado fuera unos pocos días. Les hablé de las hadas y de los elfos que me habían atendido. Me miraron con caras raras, me subieron a su barco y me llevaron a casa. Cuando llegué a mi ciudad me ingresaron en el hospital. No se creían que me hubiese curado de las heridas, es más no se creían que me hubiese herido; decían que no quedaba ningún rastro de lesiones. Les conté lo de los emplastos de saúco, y la adormidera y las hojas de acacia. Pero fue inútil. Lo que más les llamaba la atención era que no hubiese muerto de hambre y sed, pues donde me encontraron no había comida ni agua potable. Conté como me daban castañas, nueces, piñones y bebíamos agua con miel. Me preguntaron que quién me daba esas cosas para comer y les conté que lo hacían las hadas y los elfos.
Se miraron entre ellos y luego me miraron a mí. Dijeron que debía estar en observación, pero oí a uno de los doctores comentar sobre la locura del náufrago y que posiblemente tendría que internarme en algún manicomio hasta que me encontrase bien…
Por eso escribo estos renglones. Por si le llegan a alguien, que sepa que no estoy loco, que he vivido lo que he contado… que todo es verdad.
Oigo pasos. Ya vienen.
Todo comenzó con mi viaje, el pequeño barco que me llevaba por el Mar Azul, zozobró cerca de la costa, con las Montañas de Niebla a la vista. Pude llegar hasta la orilla y rescatar un poco del equipaje que llevaba, especialmente la ropa de abrigo y un largo cayado que me sirviese para el camino. Con no pocas penalidades encontré un paso entre las Montañas de Niebla y en la vertiente que daba al gran Bosque Verde la nieve me dificultó el avanzar. Entre la niebla y la gran cantidad de nieve acumulada, me extravié y seguí caminando más por inercia que por otra cosa, alimentándome de unas pocas galletas que pude recoger del naufragio. Mis pasos fueron detenidos de modo abrupto cuando un corte del terreno me hizo precipitarme por la ladera abajo. Me golpeé contra las rocas y creo que me debí dar un fuerte golpe en la cabeza. Todo me daba vueltas, pero en medio del dolor y de la sensación de vértigo, pude darme cuenta de que la nieve había desaparecido y que un bosque primaveral se desplegaba ante mí. A trompicones caminé unos pocos pasos antes de caer habiendo perdido el sentido.
Cuando volví a abrir los ojos, me encontré en una sala que parecía excavada en la tierra, recubierta de madera, con ramos de eucalipto y de menta que refrescaban el ambiente. Me dolía todo el cuerpo, sentía una punzada intensa en la pierna derecha y la cabeza como si me fuese a estallar. Un ser diminuto, como una mujer de muy pequeño tamaño, hermosa como ninguna que antes hubiese visto y provista de dos alas trasparentes, se acercó volando hacia mí y, con una voz musical, me preguntó:
- ¿Cómo te encuentras? –
- Me duele todo- contesté.
- Tienes un gran corte en la cabeza y en la pierna un golpe enorme. Además estás lleno de rasguños y pequeñas heridas.
No seguí hablando, se acercó a mí y me dio unas gotas lechosas en un poco de agua y al momento los dolores se fueron calmando y un sopor me invadió dando lugar a un profundo sueño.
En el sueño, oía conversaciones y creía abrir los ojos y ver varios seres voladores ocupándose de mí.
Me vendaban la pierna con un emplasto y la herida de la cabeza la cubrían con hojas. Cuando volvía el dolor, de nuevo me daban a beber y el dolor desaparecía.
No sé cuánto tiempo estuve así. Aquellos pequeños seres, ya no sólo eran mujeres, sino que vi entre ellos algunos con aspecto de hombres, estaban pendientes de mí. Me alimentaban con una bebida muy dulce, con sabor a almendras y regusto de miel, tonificante, que me hacía sentir bien después de tomarla.
Cuando fui recuperando fuerzas, una mañana pregunté:
- ¿Quién eres?-
- Soy Hila, un hada del Reino de Titania y Oberón. Te encontramos hace cinco de nuestros días en el límite del reino, malherido y sin conocimiento. Te recogimos y te hemos estado atendiendo para ver si podías mejorar.
Palpé mis heridas y vi que habían curado bastante bien. El dolor había desaparecido y mi pierna no presentaba aquel aspecto tan feo que el tremendo golpe había causado.
- ¿Y esto, cómo lo habéis curado?- Pregunté
- En las heridas hemos puesto un preparado que hacemos con hojas de acacia, ajo y equinácea ya que tienen poder para evitar que las heridas se infeccionen. En la pierna hicimos un emplasto con corteza de saúco y así bajamos la inflamación. Para los dolores unas gotas de leche de adormidera fueron suficientes para mantenerte aliviado. Y ahora, dejemos las preguntas y vas a comer unos frutos secos que hemos recogido a fin de que recuperes fuerzas.
Todo ocurrió como Hila había dicho. En un par de días más me encontré perfectamente, conocí a Lirio, a Nela, a Diente de Dragón a Chiqui… Todos fueron amables y cariñosos y cuando hablé de marcharme, ellos me dijeron que antes tenía que conocer a sus reyes.
De ese modo fui presentado a Titania y a Oberón. Titania era un hada bellísima (por fin me había enterado de que quienes me habían atendido eran hadas y elfos) de limpia mirada y pronta risa, amable y encantadora. Oberón era un elfo simpático, bonachón, con cierta picardía en la mirada y gran corazón.
Recuerdo haber hablado con ellos de cómo era mi vida, que me gustaba la aventura y recorrer paisajes nuevos, de la ciudad en que nací, de la mujer a la que amaba. También dije que tenía que volver a mi tierra. Y ellos asentían, hablaban y reían. Bebimos hidromiel…
Y ahí se van borrando mis recuerdos. De pronto, sin poder precisar cómo, me encontré en la orilla del Mar Azul, tendido sobre la playa y al lado unos marineros que me buscaban. Se alegraban de haberme encontrado y decían que llevaban meses buscándome, pues al hundirse el barco una baliza de señales avisó del naufragio. No se explicaban que siguiese vivo.
A mí me parecía que no podía ser, si solo había estado fuera unos pocos días. Les hablé de las hadas y de los elfos que me habían atendido. Me miraron con caras raras, me subieron a su barco y me llevaron a casa. Cuando llegué a mi ciudad me ingresaron en el hospital. No se creían que me hubiese curado de las heridas, es más no se creían que me hubiese herido; decían que no quedaba ningún rastro de lesiones. Les conté lo de los emplastos de saúco, y la adormidera y las hojas de acacia. Pero fue inútil. Lo que más les llamaba la atención era que no hubiese muerto de hambre y sed, pues donde me encontraron no había comida ni agua potable. Conté como me daban castañas, nueces, piñones y bebíamos agua con miel. Me preguntaron que quién me daba esas cosas para comer y les conté que lo hacían las hadas y los elfos.
Se miraron entre ellos y luego me miraron a mí. Dijeron que debía estar en observación, pero oí a uno de los doctores comentar sobre la locura del náufrago y que posiblemente tendría que internarme en algún manicomio hasta que me encontrase bien…
Por eso escribo estos renglones. Por si le llegan a alguien, que sepa que no estoy loco, que he vivido lo que he contado… que todo es verdad.
Oigo pasos. Ya vienen.
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