dulcinista
Poeta veterano en el Portal
Entonces cogió la pistola y apuntó al hombre gordo llamado Kuirt. Sujetaba el arma con las dos manos. Temblaba. Era la primera vez que empuñaba una pistola, aunque muchas veces había soñado que lo hacía. Apretó el gatillo y la bala rompió el jarrón chino que su mujer tanto adoraba. El gordo se agachó mientras él sonreía de una forma extraña. Con el siguiente tiro le tocó el turno al reloj despertador que todas las mañanas de lunes a viernes le anunciaba el comienzo de una nueva jornada de trabajo. En la frente del señor Kuirt se veían pequeñas gotas de sudor. Estaba claro que el gordo no quería morir. Otro tiro y la bala fue a dar en el cuadro que presidía la pared del cuarto de matrimonio, una pintura que representaba a dos amantes desnudos, un hombre y una mujer junto a un lago en el que nadaban los cisnes; arriba, en un cielo que presagiaba tormenta, volaban unas aves extrañas. La bala había agujereado el rostro de la mujer.
Con la pistola en la mano se sentía como un dios vengador. Como si se tratase de un juego, disparó contra una rata que vio aparecer detrás de la botella de Whisky que descansaba sobre la mesilla de noche. De un tiro certero rompió la botella y mató a la rata. Quedaba una bala destinada para el orondo señor Kuirt. Pensó que ni los dioses salvarían a ese cerdo de la tumba. En esos pensamientos estaba cuando se abrió la puerta y apareció su mujer cargada con cajas de zapatos, vestidos y una pequeña que guardaba un reloj despertador que según ella había comprado porque el sonido de su alarma era más suave y menos estruendoso. No lo dudó, disparó contra ella mientras el gordo aprovechaba para huir a través de la puerta abierta. Oyó sus precipitados pasos bajando las escaleras. Cogió las cajas y las tiró a la calle por la ventana. Mientras caían al vacío pensó que para qué quería él un despertador, si a partir de ahora ya no sería nunca más un esclavo.
Eladio Parreño Elías
4-Marzo-2012
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