prisionero inocente
Poeta que considera el portal su segunda casa
Yo no miro las nubes.
Me provocan repugnancia esos algodones ensangrentados
que flotan a la deriva.
El agua transita siglos de barro para terminar golpeando el paraguas.
La codorniz del alma huye por las venas varicosas del insomnio
hacia un lugar de prostíbulos y trilladoras arcaicas,
entre efigies de inocencia perdida y tranquilizantes
-símbolos innecesarios que palidecen en las avenidas-
Está nevando dentro de los pozos, en las madrigueras donde rezan caracoles miopes.
Yo no miro para ver, pero el reto de parpadear sin exprimir lágrimas
es una lucha perdida. Por eso mantengo vigilando
como un chupacabras condenado a ser leyenda mientras se escribe su nombre
entre hachas y gritos de odio.
Me llamo Ser, sin prefijo de muerte, con cláusulas que niegan la voluntad del destino.
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