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El campamento

esthergranados

Poeta adicto al portal
Una lluvia torrencial cayó sobre el lugar donde jugaban los niños y borró la rayuela que habían dibujado en la tierra. Todos corrieron hacia la nave menos Lucía, que lloraba desconsoladamente, maldiciendo la tormenta inoportuna que interrumpió el juego justo cuando le tocaba saltar a ella. Las lágrimas se mezclaban con las gotas de lluvia que, inclementes, caían sobre el campamento haciéndolo aún más miserable.
Se acordó de los juguetes que antes tenía, especialmente de la muñeca que le regalaron en su último cumpleaños y de la que no se separaba desde que salieron de su país. La perdió en aquella travesía trágica, cuando se le escapó de las manos y se la tragó el mar. Por encima de todo echaba de menos a su hermano pequeño y a sus padres, que la dejaron sola en aquel viaje siniestro.
Desde entonces apenas dormía. Cada vez que cerraba los ojos volvía a sentir el frío y la humedad que se pegó a su piel cuando navegaban en aquella balsa maltrecha, en la que se rompieron tantos sueños. Volvía a sentir las dentelladas del miedo sobre su cuerpo aterido;volvía a padecer la soledad y el desamparo que sufrió cuando vio caer a su familia por la borda y gritó hasta quedar sin fuerzas, arrullada por los brazos cálidos de un desconocido. En los ojos le cabía toda la oscuridad de las largas noches de huida. Su mirada ya no era de niña: había perdido pronto la inocencia.
 
Seguramente el naufragio de quienes buscan escapar de un devenir oscuro. La precariedad, la falta de esperanzas, que hace que la gente se vaya de su país a buscar algo mejor: algo mejor, entiendase, todo es mejor si se sale de una guerra, del hambre, de ese medio sufrido que ya ni es nación, mucho menos país.

Un saludo Esther, siempre gustan tus relatos. Le aprecio mucho.
 
Una lluvia torrencial cayó sobre el lugar donde jugaban los niños y borró la rayuela que habían dibujado en la tierra. Todos corrieron hacia la nave menos Lucía, que lloraba desconsoladamente, maldiciendo la tormenta inoportuna que interrumpió el juego justo cuando le tocaba saltar a ella. Las lágrimas se mezclaban con las gotas de lluvia que, inclementes, caían sobre el campamento haciéndolo aún más miserable.
Se acordó de los juguetes que antes tenía, especialmente de la muñeca que le regalaron en su último cumpleaños y de la que no se separaba desde que salieron de su país. La perdió en aquella travesía trágica, cuando se le escapó de las manos y se la tragó el mar. Por encima de todo echaba de menos a su hermano pequeño y a sus padres, que la dejaron sola en aquel viaje siniestro.
Desde entonces apenas dormía. Cada vez que cerraba los ojos volvía a sentir el frío y la humedad que se pegó a su piel cuando navegaban en aquella balsa maltrecha, en la que se rompieron tantos sueños. Volvía a sentir las dentelladas del miedo sobre su cuerpo aterido;volvía a padecer la soledad y el desamparo que sufrió cuando vio caer a su familia por la borda y gritó hasta quedar sin fuerzas, arrullada por los brazos cálidos de un desconocido. En los ojos le cabía toda la oscuridad de las largas noches de huida. Su mirada ya no era de niña: había perdido pronto la inocencia.

Conmovedor relato, Esther. La crónica de lxs que deben vagar por el peligro en aras de una esperanza. Un abrazo.
 
Una lluvia torrencial cayó sobre el lugar donde jugaban los niños y borró la rayuela que habían dibujado en la tierra. Todos corrieron hacia la nave menos Lucía, que lloraba desconsoladamente, maldiciendo la tormenta inoportuna que interrumpió el juego justo cuando le tocaba saltar a ella. Las lágrimas se mezclaban con las gotas de lluvia que, inclementes, caían sobre el campamento haciéndolo aún más miserable.
Se acordó de los juguetes que antes tenía, especialmente de la muñeca que le regalaron en su último cumpleaños y de la que no se separaba desde que salieron de su país. La perdió en aquella travesía trágica, cuando se le escapó de las manos y se la tragó el mar. Por encima de todo echaba de menos a su hermano pequeño y a sus padres, que la dejaron sola en aquel viaje siniestro.
Desde entonces apenas dormía. Cada vez que cerraba los ojos volvía a sentir el frío y la humedad que se pegó a su piel cuando navegaban en aquella balsa maltrecha, en la que se rompieron tantos sueños. Volvía a sentir las dentelladas del miedo sobre su cuerpo aterido;volvía a padecer la soledad y el desamparo que sufrió cuando vio caer a su familia por la borda y gritó hasta quedar sin fuerzas, arrullada por los brazos cálidos de un desconocido. En los ojos le cabía toda la oscuridad de las largas noches de huida. Su mirada ya no era de niña: había perdido pronto la inocencia.

Gran destreza la tuya, Esther, para trasladarnos desde un evento cotidiano como una lluvia torrencial a una travesía trágica. De la pérdida en el turno de juego a desaparecer la rayuela bajo dicha lluvia, a la desaparición de su muñeca favorita, engullida por las agua del mar violento. Del abandono de los amigos de Lucía, corriendo para refugiarse de la lluvia, a la separación de Lucía de su hermano y sus padres, por motivos imponderables.
Y es que, a la postre, eso es lo que somos y, configura nuestras vidas... Una inocencia perdida, un amor encontrado, una habilidad adquirida, una relación frustrada, un dar vida a la vida, una muerte anunciada. Entrando cada uno de ellos a escena, en el acto asignado y, siendo nosotros los actores y, envueltos de espectadores,hasta que se baje el telón.
Si toda la oscuridad de las largas noches de huida, cabía en lo ojos de esa inocente mirada de Lucía; tu pluma logra de tu alma rescatarlos para deleite nuestro.
Un abrazo de este niño, encerrado en un cuerpo desgastado.
 
Buenas.

Me gustó el texto. La sensación que transmite. Y, en línea con eso, me parece que en algunos momentos la sobrecarga de palabras le resta fuerza.

Por ejemplo, la contundencia de la primera frase:

Una lluvia torrencial cayó sobre el lugar donde jugaban los niños y borró la rayuela que habían dibujado en la tierra.

me sienta mucho mejor, que lo explicativo de lo que sigue:

Todos corrieron hacia la nave menos Lucía, que lloraba desconsoladamente, maldiciendo la tormenta inoportuna que interrumpió el juego justo cuando le tocaba saltar a ella
 
Una lluvia torrencial cayó sobre el lugar donde jugaban los niños y borró la rayuela que habían dibujado en la tierra. Todos corrieron hacia la nave menos Lucía, que lloraba desconsoladamente, maldiciendo la tormenta inoportuna que interrumpió el juego justo cuando le tocaba saltar a ella. Las lágrimas se mezclaban con las gotas de lluvia que, inclementes, caían sobre el campamento haciéndolo aún más miserable.
Se acordó de los juguetes que antes tenía, especialmente de la muñeca que le regalaron en su último cumpleaños y de la que no se separaba desde que salieron de su país. La perdió en aquella travesía trágica, cuando se le escapó de las manos y se la tragó el mar. Por encima de todo echaba de menos a su hermano pequeño y a sus padres, que la dejaron sola en aquel viaje siniestro.
Desde entonces apenas dormía. Cada vez que cerraba los ojos volvía a sentir el frío y la humedad que se pegó a su piel cuando navegaban en aquella balsa maltrecha, en la que se rompieron tantos sueños. Volvía a sentir las dentelladas del miedo sobre su cuerpo aterido;volvía a padecer la soledad y el desamparo que sufrió cuando vio caer a su familia por la borda y gritó hasta quedar sin fuerzas, arrullada por los brazos cálidos de un desconocido. En los ojos le cabía toda la oscuridad de las largas noches de huida. Su mirada ya no era de niña: había perdido pronto la inocencia.

Conmovedor relato. Las dos últimas frases son especialmente impactantes. Desgraciadamente, estos sucesos se repiten continuamente ante la complicidad de los gobiernos y la indiferencia de la mayoría de los ciudadanos. Todos somos responsable, por acción u omisión.

Un abrazo solidario.
 
Una lluvia torrencial cayó sobre el lugar donde jugaban los niños y borró la rayuela que habían dibujado en la tierra. Todos corrieron hacia la nave menos Lucía, que lloraba desconsoladamente, maldiciendo la tormenta inoportuna que interrumpió el juego justo cuando le tocaba saltar a ella. Las lágrimas se mezclaban con las gotas de lluvia que, inclementes, caían sobre el campamento haciéndolo aún más miserable.
Se acordó de los juguetes que antes tenía, especialmente de la muñeca que le regalaron en su último cumpleaños y de la que no se separaba desde que salieron de su país. La perdió en aquella travesía trágica, cuando se le escapó de las manos y se la tragó el mar. Por encima de todo echaba de menos a su hermano pequeño y a sus padres, que la dejaron sola en aquel viaje siniestro.
Desde entonces apenas dormía. Cada vez que cerraba los ojos volvía a sentir el frío y la humedad que se pegó a su piel cuando navegaban en aquella balsa maltrecha, en la que se rompieron tantos sueños. Volvía a sentir las dentelladas del miedo sobre su cuerpo aterido;volvía a padecer la soledad y el desamparo que sufrió cuando vio caer a su familia por la borda y gritó hasta quedar sin fuerzas, arrullada por los brazos cálidos de un desconocido. En los ojos le cabía toda la oscuridad de las largas noches de huida. Su mirada ya no era de niña: había perdido pronto la inocencia.


No había tenido la oportunidad de comentar esta prosa de un calado intenso por cierto. A veces escuchamos las noticias y todo queda atrás en un momento pero cuántas son las vidas que quedan marcadas para siempre verdad...
Es un placer volver a leer algo tuyo Esther, hace mucho que no te visitaba y me alegro infinito de haberte encontrado de nuevo.

Un gran abrazo!

Palmira
 
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