Alonso Vicent
Poeta veterano en el portal
Déjenme que les cuente, si no les apura perder unos minutos, lo no acaecido en una noche de insomnio, de las muchas que amontono entre huesos y pellejo.
Si leen esto que sigue será que me han dejado, de lo contrario no importa lo que se suceda, para ustedes habrá sido ínfima la pérdida.
Recuerdo perfectamente cómo empezó todo: el camión de los desperdicios venía de anunciarme la recogida de basura, que sin duda era la mía.
Estruendosamente cumplió su tarea y yo, sin presuras, me retiré más de lo que ya estaba con el buen ánimo de ayudar, en la medida de lo posible, a la ardua tarea de desconexión total de mis orgánicos restos. Habríanme hecho falta, entonces, unos gramos de somnolencia obturadora, que no aparecieron.
En el estrecho margen que quedaba entre mis pupilas y los párpados cerrados comenzaron a comprimirse un sinfín de vivencias adulteradas, visiones premonitorias y pasados inciertos con tanta rapidez que tuve que abrir los ojos y liberarlos ante la imposibilidad de retenerlos en tan poco espacio.
Sorprendiome no ver reflejado en el techo el haz de luz que velaba a diario mis noches. En su lugar fueron expandiéndose los prisioneros de mi mente, que tras haberlo sido de mis párpados, fueron agobiando la habitación y apretándome nervioso contra la cama.
Viniéronme a buscar mis fantasmas y los miedos alteraron la noche, asustándome de tal modo que empezaron los sudores a enfriarme el cuerpo.
Fantasmas propios fueron, no otros, los que se amotinaron hechándome en cara hasta lo inexistente. Mi mente, en guardia, permaneció alerta y fue por ello que no le llegó el descanso; mi cuerpo, acorralado, no abandonó la batalla y por ello fue que quedó exhausto; mis ojos, nublados, no distinguieron la realidad del sueño y mi sosiego se vio pospuesto indefinidamente.Hoy nadie osa cruzar sus ojos con los míos, ante mi presencia todos callan. Sólo los niños, al mirarme, gritan: ahí va el loco
Y en sus padres se adivina empacho, vergüenza y desconfianza.