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Cuerpo ajeno

samsahara

Poeta fiel al portal
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A veces despierto y no soy yo.
El amanecer se arrastra por las cortinas como una bestia cansada,
y yo miro el techo sin reconocer la forma de mi propio aliento.
Hay una distancia invisible entre mi carne y mi nombre,
una grieta que crece cada vez que intento recordarme.
Me levanto, muevo los brazos, los pies, la boca,
como si alguien me dirigiera desde afuera,
una titiritera sin rostro que tira de hilos invisibles
y me obliga a repetir los gestos del día anterior.
Camino, pero no estoy presente;
mi cuerpo avanza, pero yo me quedo detrás,
pegada a la sombra que me persigue con una paciencia enferma.
Todo es tan insoportablemente igual.
El sol entra cada día con la misma violencia,
como una cuchilla que corta el silencio del cuarto.
El desayuno, la misma mueca sin gusto,
el ruido del plato, la fatiga de masticar.
Dormir, despertar, comer, fingir que algo cambia.
El ciclo se repite con la precisión de una tortura,
como si el tiempo fuera una maquinaria oxidada
que me obliga a girar,
una y otra vez,
hasta que se me gaste la voluntad.
La vida se ha vuelto un eco sordo,
una rutina que no limpia ni consuela.
Estoy cansada del aire,
del sonido del reloj,
del roce de mi ropa sobre la piel.
Todo me irrita, todo me cansa,
todo me pesa.
Hay días en que mi cuerpo me oprime como un corsé invisible.
Siento que me aprieta, que me sofoca,
como si la carne se cerrara sobre mi alma
y no dejara espacio para nada más.
Camino por la casa y escucho mis pasos,
pero no reconozco el ritmo.
Me toco el rostro y no siento calor,
solo la textura de algo que podría no ser mío.
Soy un huésped atrapado en su propio cadáver,
una sombra que aún respira,
un error anatómico que se repite sin descanso.
A veces creo que si gritara,
el cuerpo no me escucharía,
porque lo que queda de mí
ya no tiene voz.
A veces pienso que ya no habito mi cuerpo,
que solo soy una sombra que se adhiere a sus paredes,
mirando desde adentro cómo envejece, cómo se mueve sin mí.
Sus gestos no me pertenecen,
sus dolores no me duelen como deberían.
Hay días en que me miro en el espejo
y lo que me observa tiene mis ojos,
pero no mi alma.
Todo se ha vuelto ajeno:
mi voz, mis pensamientos, mis manos.
Soy una huésped indeseada en mi propia forma,
una intrusa en la casa de mis huesos.
Y mientras la vida sigue su marcha grotesca,
yo permanezco inmóvil, observando cómo pasa,
como si todo me fuera negado:
la alegría, el hambre, la ternura, el impulso de seguir.
Me pregunto si este cuerpo me extraña también,
si alguna vez se pregunta por qué no lo habito del todo.
Quizás también él siente que su alma está ausente,
que lo uso como un abrigo mal ajustado
para no salir desnuda al frío de los días.
Y mientras tanto, respiro —como se respira bajo el agua—
esperando el momento
en que al fin me reconozca.
 
Última edición:
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A veces despierto y no soy yo.
El amanecer se arrastra por las cortinas como una bestia cansada,
y yo miro el techo sin reconocer la forma de mi propio aliento.
Hay una distancia invisible entre mi carne y mi nombre,
una grieta que crece cada vez que intento recordarme.
Me levanto, muevo los brazos, los pies, la boca,
como si alguien me dirigiera desde afuera,
una titiritera sin rostro que tira de hilos invisibles
y me obliga a repetir los gestos del día anterior.
Camino, pero no estoy presente;
mi cuerpo avanza, pero yo me quedo detrás,
pegada a la sombra que me persigue con una paciencia enferma.
Todo es tan insoportablemente igual.
El sol entra cada día con la misma violencia,
como una cuchilla que corta el silencio del cuarto.
El desayuno, la misma mueca sin gusto,
el ruido del plato, la fatiga de masticar.
Dormir, despertar, comer, fingir que algo cambia.
El ciclo se repite con la precisión de una tortura,
como si el tiempo fuera una maquinaria oxidada
que me obliga a girar,
una y otra vez,
hasta que se me gaste la voluntad.
La vida se ha vuelto un eco sordo,
una rutina que no limpia ni consuela.
Estoy cansada del aire,
del sonido del reloj,
del roce de mi ropa sobre la piel.
Todo me irrita, todo me cansa,
todo me pesa.
Hay días en que mi cuerpo me oprime como un corsé invisible.
Siento que me aprieta, que me sofoca,
como si la carne se cerrara sobre mi alma
y no dejara espacio para nada más.
Camino por la casa y escucho mis pasos,
pero no reconozco el ritmo.
Me toco el rostro y no siento calor,
solo la textura de algo que podría no ser mío.
Soy un huésped atrapado en su propio cadáver,
una sombra que aún respira,
un error anatómico que se repite sin descanso.
A veces creo que si gritara,
el cuerpo no me escucharía,
porque lo que queda de mí
ya no tiene voz.
A veces pienso que ya no habito mi cuerpo,
que solo soy una sombra que se adhiere a sus paredes,
mirando desde adentro cómo envejece, cómo se mueve sin mí.
Sus gestos no me pertenecen,
sus dolores no me duelen como deberían.
Hay días en que me miro en el espejo
y lo que me observa tiene mis ojos,
pero no mi alma.
Todo se ha vuelto ajeno:
mi voz, mis pensamientos, mis manos.
Soy una huésped indeseada en mi propia forma,
una intrusa en la casa de mis huesos.
Y mientras la vida sigue su marcha grotesca,
yo permanezco inmóvil, observando cómo pasa,
como si todo me fuera negado:
la alegría, el hambre, la ternura, el impulso de seguir.
Me pregunto si este cuerpo me extraña también,
si alguna vez se pregunta por qué no lo habito del todo.
Quizás también él siente que su alma está ausente,
que lo uso como un abrigo mal ajustado
para no salir desnuda al frío de los días.
Y mientras tanto, respiro —como se respira bajo el agua—
esperando el momento
en que al fin me reconozca.
La rutina y la falta de sentido nos alejan de nuestra encomienda espiritual.
A veces la voluntad se desvanece y se evapora el ánimo.

Saludos
 
Texto duro, descarnado. Reflejas muy bien la angustia vital y la incapacidad de entender lo que nos rodea, de explicarse uno a sí mismo qué hacemos aquí. Me ha encantado, pero CUIDADO, sal de ahí. Un abrazo poético
 
Me siento orgullosa de ti mi pequeña Sam, felicidades por este reconocimiento, llegaran muchos mas, porque tu poesía es alma.
Abrazo tus letras.
 
felicidades por la mención
un texto durísimo y muy honesto, se siente la fractura interna de principio a fin
“Soy un huésped atrapado en su propio cadáver” es demoledor
y resume todo el desarraigo que atraviesa el poema.
Un abrazo.
 
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