Isabel Miranda de Robles
Poeta que considera el portal su segunda casa
COSAS DE ESTOS DIAS
Ibas deambulando por la calle, con la prisa puesta en tus pasos, y un café entre tus manos. Sonó tu celular… -nada se compara a ti, te quiero a morir- ese era tu “ringtone”. Humm! Enamorado, pensé, otro que se me va por llegar tarde a las citas del destino. Pero, ¿quién las concerta? Pregúntome yo, que no envía avisos.
Entre contestar tu cell y no saber dónde poner tu café, y tu portátil, que vi que cuidabas más que tu vida, perdiste tu llamada. La calle la cruzaste con todo descuido; la luz roja te sorprendió a medio camino y tu ni en cuenta.
Esperaba verte encontrar tu auto, librar una nueva batalla por las llaves en tus bolsillos y abrirlo. ¿Será correcto ofrecerle mi ayuda? Yo, de voluntaria me apuntaba; pero la escena no se dió. Te sentaste en una banca a orillas de la acera y con ansiedad y nerviosismo abriste tu portátil , dos tragos al café, y mientras algo aparecía en el monitor, yo veía tu sonrisa como un sol amanecer, en ese rostro bello, sin nombre, que ya no buscaba el amor a un lado de él, ni contestaba el teléfono a su amada. Su amor estaba tras una pantalla y sus dedos ágiles y presurosos se preocupaban por corresponder plenamente ese extraño nuevo amor que le provocaban.
Ocupaba yo la otra mitad de la banca y tú ni me advertiste. Tus ojos solo miraban aquel “cacharro”, escapabas del mundo sin boleto cual ninguno. En ese momento me hice una solemne promesa: “mañana mismo me compro mi portátil”.
ISABEL MIRANDA DE ROBLES
Ibas deambulando por la calle, con la prisa puesta en tus pasos, y un café entre tus manos. Sonó tu celular… -nada se compara a ti, te quiero a morir- ese era tu “ringtone”. Humm! Enamorado, pensé, otro que se me va por llegar tarde a las citas del destino. Pero, ¿quién las concerta? Pregúntome yo, que no envía avisos.
Entre contestar tu cell y no saber dónde poner tu café, y tu portátil, que vi que cuidabas más que tu vida, perdiste tu llamada. La calle la cruzaste con todo descuido; la luz roja te sorprendió a medio camino y tu ni en cuenta.
Esperaba verte encontrar tu auto, librar una nueva batalla por las llaves en tus bolsillos y abrirlo. ¿Será correcto ofrecerle mi ayuda? Yo, de voluntaria me apuntaba; pero la escena no se dió. Te sentaste en una banca a orillas de la acera y con ansiedad y nerviosismo abriste tu portátil , dos tragos al café, y mientras algo aparecía en el monitor, yo veía tu sonrisa como un sol amanecer, en ese rostro bello, sin nombre, que ya no buscaba el amor a un lado de él, ni contestaba el teléfono a su amada. Su amor estaba tras una pantalla y sus dedos ágiles y presurosos se preocupaban por corresponder plenamente ese extraño nuevo amor que le provocaban.
Ocupaba yo la otra mitad de la banca y tú ni me advertiste. Tus ojos solo miraban aquel “cacharro”, escapabas del mundo sin boleto cual ninguno. En ese momento me hice una solemne promesa: “mañana mismo me compro mi portátil”.
ISABEL MIRANDA DE ROBLES
Última edición:
