A tí siempre te conocí de todo corazón. Desde que naciste del narciso húmedo de la laguna cristalina y pura. Y cuando crecía en tu faz de Adonis el azul sincero de unas pupilas grandes y hermosas. A tí siempre te conocí. Cuando ya adolescente hipnotizabas a las marchitas mujeres en ausencia de amor descorazonador. Eras un rompealmas. Pero no te ensoberbecias. Sencillamente te satisfacía doblegar el poder de la némesis. Y acuartelar la pasión desbocada. Analizándola con una férrea iteración de silogismos razonativos. A tí te sentía respirar iris. En mi aura empachada con tu bendito veneno de salutifero esplendor nebular. A tí te conocí siempre. Cuando te casaste fui a tu banquete de bodas. Y en un brindis humeante bebí de tu sangre redentora. Para no plagiar tu sonrisa socarrona. Que vilmente triunfaba sobre el malsano infortunio. A tí te conocí siempre. Cuando ya en la vejez descansaste en paz en una cama de terciopelo. Mientras tú mujer e hijos sucumbian al estertor final de tu última respiración.