En los recovecos hallé un soneto
relataba la historia de un vicioso.
Lo leí con estudio minucioso,
presagiaba un mensaje muy escueto.
Dos siglos atrás, un ser sibilino
escribió no más de quince poemas
todas ellos, paráfrasis de emblemas
excepto el que firmaba mi destino.
Describía un actor del porvenir
de blanca tez, con heterocromía
y una altura casi como la mía.
Tenía la intuición de un palantir.
Su remate era mi defunción
calibrado, vanguardista y explícito
y en su vendaje raso e ilícito
reza con esta definición:
“El telégrafo informó su mensaje:
Firmaba su destino calibrado
esperó todo el tiempo la ponzoña
excepto cuando consumió el brebaje”.
relataba la historia de un vicioso.
Lo leí con estudio minucioso,
presagiaba un mensaje muy escueto.
Dos siglos atrás, un ser sibilino
escribió no más de quince poemas
todas ellos, paráfrasis de emblemas
excepto el que firmaba mi destino.
Describía un actor del porvenir
de blanca tez, con heterocromía
y una altura casi como la mía.
Tenía la intuición de un palantir.
Su remate era mi defunción
calibrado, vanguardista y explícito
y en su vendaje raso e ilícito
reza con esta definición:
“El telégrafo informó su mensaje:
Firmaba su destino calibrado
esperó todo el tiempo la ponzoña
excepto cuando consumió el brebaje”.