Chema Ysmer
Poeta que considera el portal su segunda casa
Se golpeaba el pecho para reconocerse
un corazón no tan duro como otros imaginaban;
debajo de las costillas escondiendo
un desnudo latido sin homenajes,
sin analgésicos, sin nudos;
no era un simple barco
sin equipaje, a la deriva,
no era un resto fósil
lo que lograba removerlo.
Se alimentó de cenizas
como espectros en la noche;
humo en los camarotes,
en los espejos del baño,
en los cristales del hielo del gin-tonic
haciendo brechas.
Se golpeaba el pecho,
le imitaron otros en los vagones del metro,
en los supermercados, en los colegios;
todos se golpeaban el pecho.
Golpes de campanas, desde fuera a dentro,
funden interiores sin lujos ninguno.
No hay más que una silla,
es lo necesario;
todos son ventanas.
Se golpeaba el pecho.
Las paredes no existen.
un corazón no tan duro como otros imaginaban;
debajo de las costillas escondiendo
un desnudo latido sin homenajes,
sin analgésicos, sin nudos;
no era un simple barco
sin equipaje, a la deriva,
no era un resto fósil
lo que lograba removerlo.
Se alimentó de cenizas
como espectros en la noche;
humo en los camarotes,
en los espejos del baño,
en los cristales del hielo del gin-tonic
haciendo brechas.
Se golpeaba el pecho,
le imitaron otros en los vagones del metro,
en los supermercados, en los colegios;
todos se golpeaban el pecho.
Golpes de campanas, desde fuera a dentro,
funden interiores sin lujos ninguno.
No hay más que una silla,
es lo necesario;
todos son ventanas.
Se golpeaba el pecho.
Las paredes no existen.