Monje Mont
Poeta reconocido en el portal
Éramos jóvenes, como nubes en árboles distantes
con sus voces ambiguas proclamando
dudas certeras, tormentas en los tacones soleados.
Tú, encallada décadas en la tisis de los puertos desolados
y en apegos con las maletas hechas.
Los días se te fugaban por los agujeros del espacio-tiempo,
pero se te hacía imposible percibir la nada y sus vastos argumentos.
En el ánfora que aún imaginaba llena, donde las pretéritas manos
habían tramado ríos puros y serenos
–tan serenos como un estólido mirando una ventana–
el joker chapoteaba en las partidas que pudo haber ganado.
Y cuando el cuello dolorido de terciar en todas esas
permitía la mirada en sólo un punto,
imaginaba, también, las manos desperdigando intentos
en aquellas noches tan impropias,
cuando del juego con las damas se trataba.
Y el árbol de los peros seguía dándome cosechas.
De etiqueta, diez cuervos en la mesa,
extraían los restos de la vida de los esqueletos del pan diario.
Pero forjaban en nosotros el rictus del decapitado.
Regurgitaban, sin embargo, algunos días para mantenernos vivos
mientras graznaban sus canciones de Black Metal.
Las andantes externaban el disgusto por mis ojos de asesino,
pero dejaban sus mejores voluntades para peores porvenires:
“Que cieguen al que nos ve por dentro.
Que a nuestros malos designios se doblegue…
A este cariño entrañable de los cuervos por los ojos”.
“Así se forja un ogro”.
Cuando el camino es de caída y la gravedad despliega sus patíbulos,
los seres alados afinan puntería. Las flechas aciertan en las cuencas…
“Pero aún no me cegaban los ases en la manga”.
Y llegaste a restaurar mi tiempo tan a tiempo.
Y aunque en mis cristales no escuchaba tus gestiones,
llegaste con los azares del árbol de la vida.
Como un repiqueteo de pájaros,
danzabas tras el vientre en las semillas.
Germinaron así, los caminos que a los elegidos acontecen.
Germinaron las semillas de mostaza… Y tus manos tan a tiempo.
con sus voces ambiguas proclamando
dudas certeras, tormentas en los tacones soleados.
Tú, encallada décadas en la tisis de los puertos desolados
y en apegos con las maletas hechas.
Los días se te fugaban por los agujeros del espacio-tiempo,
pero se te hacía imposible percibir la nada y sus vastos argumentos.
En el ánfora que aún imaginaba llena, donde las pretéritas manos
habían tramado ríos puros y serenos
–tan serenos como un estólido mirando una ventana–
el joker chapoteaba en las partidas que pudo haber ganado.
Y cuando el cuello dolorido de terciar en todas esas
permitía la mirada en sólo un punto,
imaginaba, también, las manos desperdigando intentos
en aquellas noches tan impropias,
cuando del juego con las damas se trataba.
Y el árbol de los peros seguía dándome cosechas.
De etiqueta, diez cuervos en la mesa,
extraían los restos de la vida de los esqueletos del pan diario.
Pero forjaban en nosotros el rictus del decapitado.
Regurgitaban, sin embargo, algunos días para mantenernos vivos
mientras graznaban sus canciones de Black Metal.
Las andantes externaban el disgusto por mis ojos de asesino,
pero dejaban sus mejores voluntades para peores porvenires:
“Que cieguen al que nos ve por dentro.
Que a nuestros malos designios se doblegue…
A este cariño entrañable de los cuervos por los ojos”.
“Así se forja un ogro”.
Cuando el camino es de caída y la gravedad despliega sus patíbulos,
los seres alados afinan puntería. Las flechas aciertan en las cuencas…
“Pero aún no me cegaban los ases en la manga”.
Y llegaste a restaurar mi tiempo tan a tiempo.
Y aunque en mis cristales no escuchaba tus gestiones,
llegaste con los azares del árbol de la vida.
Como un repiqueteo de pájaros,
danzabas tras el vientre en las semillas.
Germinaron así, los caminos que a los elegidos acontecen.
Germinaron las semillas de mostaza… Y tus manos tan a tiempo.
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