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El sur viaja a Cataluña en 1953 (trilogía)

pepesori

Poeta que considera el portal su segunda casa
Equipo Revista "Eco y latido"
(El Viaje)
Vengo de una tierra del sur, donde el silencio habita soledades durmientes, el páramo se extiende bajo nubes con apariencia de cristal roto, y la lluvia es milagrosa.
Allí habita una gente afable y primitiva, que cree y sueña con laberintos de plata, generosa de verdades. Yo me perdí, ajeno al paraíso que allí se encierra.
Vengo del sur ¿os lo he dicho?
Los pequeños oteros que adornan su paisaje andan preñados de casas-cueva, donde las paredes lloran cal en un sueño de gotelé blanco.
Coronan sus chimeneas con la luz de un cigarro en La Habana.
Dentro, el hogar aun sabe a ternura, en el suelo se come, y en el suelo se sueña, escapando por el aire la alegría.
Los geranios en las fachadas iluminan los ojos de las macetas con un plomeo de colores. Un pájaro perdiz desde su jaula, exhibe orgulloso el arco iris de su plumaje.
El sol, en el sur, no se pone nunca. Por las mañanas agosta la tierra como una fragua de besos ardientes, merendándose la luz por las tardes bajo un sombrero de paja. Cuando llega el ocaso, el sol no se acuesta, solamente descansa.
Vengo de una tierra del sur donde las pisadas son ecos de soleares; el quejío aún perdura en las manos agrietadas de sus hombres, ajenos al telediario. Son hombres-niño que enseñan el hueco de su encía al sonreír de la pobreza.
Vengo del sur ¿os lo dije?
Allí, los caminos lloran polvorientos de sequías blanqueando las albardas del pastor, y el pastor, en el sur, aún gime con el silbo, y escribe rebaños de poesías bajo el color del cielo.
Vengo del sur, viajo a Cataluña con un sueño despierto para encontrar nueva esperanza.

(Llegada a Barcelona)
Llego, niño del sur.
Durmientes, las vías de la estación de Francia acogen un tren repleto de sueños emigrantes.
En las maletas de cartón-piedra se guardan como un tesoro las averías del alma, van sujetas bajo una cuerda cansada de ansiedades y esperanzas.
Mis padres se miran y se abrazan, sonriendo con una mueca de fresas agridulces reflejada en las cristaleras del cansancio: en su viaje, casi eterno.
En la calle, alborotan chiquillos en riadas de silbidos distintos e interminables. Un tranvía se aproxima murmurando una muñeira bajo el bigote áspero de su conductor gallego. (en Cataluña, en los años cincuenta, la mayoría de "tranviaires" eran gallegos, igual que los serenos y vigilantes, nunca supe el porqué, la leyenda urbana decía que por ser paisanos del dictador tenían mayor posibilidad de encontrar trabajo, especialmente los serenos y vigilantes, tampoco lo supimos a ciencia cierta)
Olas de albañiles extremeños y murcianos con su ropa de fiesta donde aún habitan el yeso y el cemento mal cepillados, inundan de alboroto la plataforma de metal oxidado.
Una colla de andaluces bailan una sardana en la plaza San Jaime.
Desde un balcón, un coro de catalanes ataviados con su traje de pagés incluida la barretina les contempla, y un tal Josep Plá incrédulo, aplaude, con la vista perdida hacia el norte, donde habita su Ampurdán.
Es domingo, y Barcelona se ilumina en la mañana.

(El Monte Carmelo se hace barrio con la gente del Sur)
Sobre la afeitada loma desprovista de vida, lloran torrenteras como dentelladas, y en esa cima descarada de abandono, allí, esos hombres y mujeres herederos de la nada, levantaron un oasis con sus manos de sueños, en un acento de babel peninsular recién llegado.
La "muntanya pelada" la llaman los nativos en su idioma catalán, hermoso de romances y que nunca se prohibió como cuentan ahora, pues yo lo aprendí de oyente en su dulzura y mis lecciones las realizaba en el patio alegre de hambre del colegio, o haciendo cola, al pedir la vez, para comprar el carbón que encendía nuestras noches de cena escasa.
Como iba diciendo sobre aquél caparazón de barro y miseria se armaron los andamios de la esperanza.
Techumbres de aire, huecas como nidos, coronaban el ascenso de paredes tan frágiles que imitaban tristezas.
La señora Francis dormía de consejos tus atardeceres a través de alguna emisora, en el aparato de radio que acompañaba las soledades sin ventanas; mientras, por algún rincón, aparecía aquél hombre en su bicicleta, con la nevera de madera, tesoro de ricos helados mantecados: ¡a peseta!
Las noches de Navidad se cantaban villancicos: "fun-fun-fun, madre en la puerta hay un niño" mientras las abuelas lloraban lágrimas de anís y en las casas se fundían los plomos de la alegría.
Las luces en Pedralbes se apagaban muy tarde, mientras en el monte Carmelo se encendían las lámparas del hambre.
Gaudí desde lo alto de alguna torre contemplaba.

PepeSori
SafeCreative
 
Excelente redacción. amigo José, una prosa poética de esas reminiscencias adornadas por la distancia y que las haces revivir en tu trilogía.
Mucho deben los catalanes a la labor de tantos españoles que ayudaron a levantar los con grandes sacrificios los destrozos ocasionados en la fratricida guerra civil.

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Excelente redacción. amigo José, una prosa poética de esas reminiscencias adornadas por la distancia y que las haces revivir en tu trilogía.
Mucho deben los catalanes a la labor de tantos españoles que ayudaron a levantar los con grandes sacrificios los destrozos ocasionados en la fratricida guerra civil.

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Simplemente en un relato corto he querido narrar mi recuerdo de la llegada a Barcelona con mis padres en 1953
Cataluña se hizo grande en aquéllos años con el esfuerzo de todos y especialmente el de la migración de interior.
Agradecido por tu comentario y lectura
un saludo de afecto
 
(El Viaje)
Vengo de una tierra del sur, donde el silencio habita soledades durmientes, el páramo se extiende bajo nubes con apariencia de cristal roto, y la lluvia es milagrosa.
Allí habita una gente afable y primitiva, que cree y sueña con laberintos de plata, generosa de verdades. Yo me perdí, ajeno al paraíso que allí se encierra.
Vengo del sur ¿os lo he dicho?
Los pequeños oteros que adornan su paisaje andan preñados de casas-cueva, donde las paredes lloran cal en un sueño de gotelé blanco.
Coronan sus chimeneas con la luz de un cigarro en La Habana.
Dentro, el hogar aun sabe a ternura, en el suelo se come, y en el suelo se sueña, escapando por el aire la alegría.
Los geranios en las fachadas iluminan los ojos de las macetas con un plomeo de colores. Un pájaro perdiz desde su jaula, exhibe orgulloso el arco iris de su plumaje.
El sol, en el sur, no se pone nunca. Por las mañanas agosta la tierra como una fragua de besos ardientes, merendándose la luz por las tardes bajo un sombrero de paja. Cuando llega el ocaso, el sol no se acuesta, solamente descansa.
Vengo de una tierra del sur donde las pisadas son ecos de soleares; el quejío aún perdura en las manos agrietadas de sus hombres, ajenos al telediario. Son hombres-niño que enseñan el hueco de su encía al sonreír de la pobreza.
Vengo del sur ¿os lo dije?
Allí, los caminos lloran polvorientos de sequías blanqueando las albardas del pastor, y el pastor, en el sur, aún gime con el silbo, y escribe rebaños de poesías bajo el color del cielo.
Vengo del sur, viajo a Cataluña con un sueño despierto para encontrar nueva esperanza.

(Llegada a Barcelona)
Llego, niño del sur.
Durmientes, las vías de la estación de Francia acogen un tren repleto de sueños emigrantes.
En las maletas de cartón-piedra se guardan como un tesoro las averías del alma, van sujetas bajo una cuerda cansada de ansiedades y esperanzas.
Mis padres se miran y se abrazan, sonriendo con una mueca de fresas agridulces reflejada en las cristaleras del cansancio: en su viaje, casi eterno.
En la calle, alborotan chiquillos en riadas de silbidos distintos e interminables. Un tranvía se aproxima murmurando una muñeira bajo el bigote áspero de su conductor gallego. (en Cataluña, en los años cincuenta, la mayoría de "tranviaires" eran gallegos, igual que los serenos y vigilantes, nunca supe el porqué, la leyenda urbana decía que por ser paisanos del dictador tenían mayor posibilidad de encontrar trabajo, especialmente los serenos y vigilantes, tampoco lo supimos a ciencia cierta)
Olas de albañiles extremeños y murcianos con su ropa de fiesta donde aún habitan el yeso y el cemento mal cepillados, inundan de alboroto la plataforma de metal oxidado.
Una colla de andaluces bailan una sardana en la plaza San Jaime.
Desde un balcón, un coro de catalanes ataviados con su traje de pagés incluida la barretina les contempla, y un tal Josep Plá incrédulo, aplaude, con la vista perdida hacia el norte, donde habita su Ampurdán.
Es domingo, y Barcelona se ilumina en la mañana.

(El Monte Carmelo se hace barrio con la gente del Sur)
Sobre la afeitada loma desprovista de vida, lloran torrenteras como dentelladas, y en esa cima descarada de abandono, allí, esos hombres y mujeres herederos de la nada, levantaron un oasis con sus manos de sueños, en un acento de babel peninsular recién llegado.
La "muntanya pelada" la llaman los nativos en su idioma catalán, hermoso de romances y que nunca se prohibió como cuentan ahora, pues yo lo aprendí de oyente en su dulzura y mis lecciones las realizaba en el patio alegre de hambre del colegio, o haciendo cola, al pedir la vez, para comprar el carbón que encendía nuestras noches de cena escasa.
Como iba diciendo sobre aquél caparazón de barro y miseria se armaron los andamios de la esperanza.
Techumbres de aire, huecas como nidos, coronaban el ascenso de paredes tan frágiles que imitaban tristezas.
La señora Francis dormía de consejos tus atardeceres a través de alguna emisora, en el aparato de radio que acompañaba las soledades sin ventanas; mientras, por algún rincón, aparecía aquél hombre en su bicicleta, con la nevera de madera, tesoro de ricos helados mantecados: ¡a peseta!
Las noches de Navidad se cantaban villancicos: "fun-fun-fun, madre en la puerta hay un niño" mientras las abuelas lloraban lágrimas de anís y en las casas se fundían los plomos de la alegría.
Las luces en Pedralbes se apagaban muy tarde, mientras en el monte Carmelo se encendían las lámparas del hambre.
Gaudí desde lo alto de alguna torre contemplaba.

PepeSori
SafeCreative
Un bello relato que recrea esas esencias de un periodo de tiempo que en España
se desnudaba entre la necesidad. ambientacion excelente y formalidad ambiental
y deja recrecer que los sentimientos parpadeen ambientalmente.
excelente la trilogia. saludos de luzyabsenta
 
Un bello relato que recrea esas esencias de un periodo de tiempo que en España
se desnudaba entre la necesidad. ambientacion excelente y formalidad ambiental
y deja recrecer que los sentimientos parpadeen ambientalmente.
excelente la trilogia. saludos de luzyabsenta

Celebro que te haya gustado, narra la realidad de una época migrante en España donde el hambre y la necesidad hacía que nuestros padres empezaran un nuevo futuro donde la tragedia se mezclaba con la fortuna en algunos casos, equivalente a otra realidad de hoy donde se migra a Europa por motivos similares y muchos no somos solidarios.
Un abrazo y gracias por leer y comentar
 
¡Madre mía, Pepe, qué magnífica prosa! (Y he leído que es tu primer trabajo presentado en este foro).
Casualmente este mes también han recomendado una de las mías, pero nada que ver con la tuya, claramente superior.
Lo que ocurre en que en este foro las prosas son poco leídas, quizás tienen más renglones que los versos y se presenta como un trabajo extra. Lo cierto y verdad es que hay prosas muy buenas con dos o tres visitas. De hecho, antes del reconocimiento, la tuya tenía dos lecturas y la mía, tres. ¡Menudo éxito! y además veo que la tuya se publicó en agosto y la mía en noviembre...
Pues eso, que aunque yo sé bien que quien sabe escribir buenos versos ha de dominar primero la prosa, porque si no es imposible, pero da gusto certificar que es un hecho tal dominio.
Enhorabuena. Me ha gustado lo que cuentas y cómo lo cuentas, es una visión absolutamente hermosa de los hechos.

Mis padres se miran y se abrazan, sonriendo con una mueca de fresas agridulces reflejada en las cristaleras del cansancio: en su viaje, casi eterno.

En aquellos años un viaje desde Andalucía a Barcelona debía ser casi una odisea.

Las noches de Navidad se cantaban villancicos: "fun-fun-fun, madre en la puerta hay un niño" mientras las abuelas lloraban lágrimas de anís y en las casas se fundían los plomos de la alegría.

Me reitero en mis elogios.

Un saludo muy cordial.
 
(El Viaje)
Vengo de una tierra del sur, donde el silencio habita soledades durmientes, el páramo se extiende bajo nubes con apariencia de cristal roto, y la lluvia es milagrosa.
Allí habita una gente afable y primitiva, que cree y sueña con laberintos de plata, generosa de verdades. Yo me perdí, ajeno al paraíso que allí se encierra.
Vengo del sur ¿os lo he dicho?
Los pequeños oteros que adornan su paisaje andan preñados de casas-cueva, donde las paredes lloran cal en un sueño de gotelé blanco.
Coronan sus chimeneas con la luz de un cigarro en La Habana.
Dentro, el hogar aun sabe a ternura, en el suelo se come, y en el suelo se sueña, escapando por el aire la alegría.
Los geranios en las fachadas iluminan los ojos de las macetas con un plomeo de colores. Un pájaro perdiz desde su jaula, exhibe orgulloso el arco iris de su plumaje.
El sol, en el sur, no se pone nunca. Por las mañanas agosta la tierra como una fragua de besos ardientes, merendándose la luz por las tardes bajo un sombrero de paja. Cuando llega el ocaso, el sol no se acuesta, solamente descansa.
Vengo de una tierra del sur donde las pisadas son ecos de soleares; el quejío aún perdura en las manos agrietadas de sus hombres, ajenos al telediario. Son hombres-niño que enseñan el hueco de su encía al sonreír de la pobreza.
Vengo del sur ¿os lo dije?
Allí, los caminos lloran polvorientos de sequías blanqueando las albardas del pastor, y el pastor, en el sur, aún gime con el silbo, y escribe rebaños de poesías bajo el color del cielo.
Vengo del sur, viajo a Cataluña con un sueño despierto para encontrar nueva esperanza.

(Llegada a Barcelona)
Llego, niño del sur.
Durmientes, las vías de la estación de Francia acogen un tren repleto de sueños emigrantes.
En las maletas de cartón-piedra se guardan como un tesoro las averías del alma, van sujetas bajo una cuerda cansada de ansiedades y esperanzas.
Mis padres se miran y se abrazan, sonriendo con una mueca de fresas agridulces reflejada en las cristaleras del cansancio: en su viaje, casi eterno.
En la calle, alborotan chiquillos en riadas de silbidos distintos e interminables. Un tranvía se aproxima murmurando una muñeira bajo el bigote áspero de su conductor gallego. (en Cataluña, en los años cincuenta, la mayoría de "tranviaires" eran gallegos, igual que los serenos y vigilantes, nunca supe el porqué, la leyenda urbana decía que por ser paisanos del dictador tenían mayor posibilidad de encontrar trabajo, especialmente los serenos y vigilantes, tampoco lo supimos a ciencia cierta)
Olas de albañiles extremeños y murcianos con su ropa de fiesta donde aún habitan el yeso y el cemento mal cepillados, inundan de alboroto la plataforma de metal oxidado.
Una colla de andaluces bailan una sardana en la plaza San Jaime.
Desde un balcón, un coro de catalanes ataviados con su traje de pagés incluida la barretina les contempla, y un tal Josep Plá incrédulo, aplaude, con la vista perdida hacia el norte, donde habita su Ampurdán.
Es domingo, y Barcelona se ilumina en la mañana.

(El Monte Carmelo se hace barrio con la gente del Sur)
Sobre la afeitada loma desprovista de vida, lloran torrenteras como dentelladas, y en esa cima descarada de abandono, allí, esos hombres y mujeres herederos de la nada, levantaron un oasis con sus manos de sueños, en un acento de babel peninsular recién llegado.
La "muntanya pelada" la llaman los nativos en su idioma catalán, hermoso de romances y que nunca se prohibió como cuentan ahora, pues yo lo aprendí de oyente en su dulzura y mis lecciones las realizaba en el patio alegre de hambre del colegio, o haciendo cola, al pedir la vez, para comprar el carbón que encendía nuestras noches de cena escasa.
Como iba diciendo sobre aquél caparazón de barro y miseria se armaron los andamios de la esperanza.
Techumbres de aire, huecas como nidos, coronaban el ascenso de paredes tan frágiles que imitaban tristezas.
La señora Francis dormía de consejos tus atardeceres a través de alguna emisora, en el aparato de radio que acompañaba las soledades sin ventanas; mientras, por algún rincón, aparecía aquél hombre en su bicicleta, con la nevera de madera, tesoro de ricos helados mantecados: ¡a peseta!
Las noches de Navidad se cantaban villancicos: "fun-fun-fun, madre en la puerta hay un niño" mientras las abuelas lloraban lágrimas de anís y en las casas se fundían los plomos de la alegría.
Las luces en Pedralbes se apagaban muy tarde, mientras en el monte Carmelo se encendían las lámparas del hambre.
Gaudí desde lo alto de alguna torre contemplaba.

PepeSori
SafeCreative
Que gran aliciente es volver a la niñez provisto de toda la experiencia adquirida a través de los años y puesta al servicio de una narración robusta y rica en imágenes y recuerdos reposados en almíbar, que hoy son incluso más dulces. Saludos cordiales, Pepe.
 
¡Madre mía, Pepe, qué magnífica prosa! (Y he leído que es tu primer trabajo presentado en este foro).
Casualmente este mes también han recomendado una de las mías, pero nada que ver con la tuya, claramente superior.
Lo que ocurre en que en este foro las prosas son poco leídas, quizás tienen más renglones que los versos y se presenta como un trabajo extra. Lo cierto y verdad es que hay prosas muy buenas con dos o tres visitas. De hecho, antes del reconocimiento, la tuya tenía dos lecturas y la mía, tres. ¡Menudo éxito! y además veo que la tuya se publicó en agosto y la mía en noviembre...
Pues eso, que aunque yo sé bien que quien sabe escribir buenos versos ha de dominar primero la prosa, porque si no es imposible, pero da gusto certificar que es un hecho tal dominio.
Enhorabuena. Me ha gustado lo que cuentas y cómo lo cuentas, es una visión absolutamente hermosa de los hechos.

Mis padres se miran y se abrazan, sonriendo con una mueca de fresas agridulces reflejada en las cristaleras del cansancio: en su viaje, casi eterno.

En aquellos años un viaje desde Andalucía a Barcelona debía ser casi una odisea.

Las noches de Navidad se cantaban villancicos: "fun-fun-fun, madre en la puerta hay un niño" mientras las abuelas lloraban lágrimas de anís y en las casas se fundían los plomos de la alegría.

Me reitero en mis elogios.

Un saludo muy cordial.

Me ha parecido que podría gustarte dado tu conocimiento de la Ciudad Condal, aunque han pasado muchos años.......
Sí es cierto que es mi primer trabajo presentado en la página, tengo algún relato corto publicado en prensa, pero tú sabes que cuando la poesía te arrastra, la prosa va quedando en el fondo del cauce.
Concuerdo que en Mundopoesía no se lee prosa, aunque se escriba.
El viaje en ésa época de Granada a Barcelona duraba un día completo en tren, tres transbordos, :):):)

Estos días he andado escaso de tiempo, vi que te habían dado otro reconocimiento en prosa, FELICIDADES, me detendré a leerlo más detenidamente, aunque es cierto que lo leí brevemente.

Muchas gracias por tu comentario y elogios,
Un saludo cordial desde Madrid
 
Que gran aliciente es volver a la niñez provisto de toda la experiencia adquirida a través de los años y puesta al servicio de una narración robusta y rica en imágenes y recuerdos reposados en almíbar, que hoy son incluso más dulces. Saludos cordiales, Pepe.

Efectivamente los recuerdos son las fotografía de tu vida, muchas gracias Sergio.
Un abrazo
 
Me gustó la redacción y el contenido. Abrazo , poeta.

(El Viaje)
Vengo de una tierra del sur, donde el silencio habita soledades durmientes, el páramo se extiende bajo nubes con apariencia de cristal roto, y la lluvia es milagrosa.
Allí habita una gente afable y primitiva, que cree y sueña con laberintos de plata, generosa de verdades. Yo me perdí, ajeno al paraíso que allí se encierra.
Vengo del sur ¿os lo he dicho?
Los pequeños oteros que adornan su paisaje andan preñados de casas-cueva, donde las paredes lloran cal en un sueño de gotelé blanco.
Coronan sus chimeneas con la luz de un cigarro en La Habana.
Dentro, el hogar aun sabe a ternura, en el suelo se come, y en el suelo se sueña, escapando por el aire la alegría.
Los geranios en las fachadas iluminan los ojos de las macetas con un plomeo de colores. Un pájaro perdiz desde su jaula, exhibe orgulloso el arco iris de su plumaje.
El sol, en el sur, no se pone nunca. Por las mañanas agosta la tierra como una fragua de besos ardientes, merendándose la luz por las tardes bajo un sombrero de paja. Cuando llega el ocaso, el sol no se acuesta, solamente descansa.
Vengo de una tierra del sur donde las pisadas son ecos de soleares; el quejío aún perdura en las manos agrietadas de sus hombres, ajenos al telediario. Son hombres-niño que enseñan el hueco de su encía al sonreír de la pobreza.
Vengo del sur ¿os lo dije?
Allí, los caminos lloran polvorientos de sequías blanqueando las albardas del pastor, y el pastor, en el sur, aún gime con el silbo, y escribe rebaños de poesías bajo el color del cielo.
Vengo del sur, viajo a Cataluña con un sueño despierto para encontrar nueva esperanza.

(Llegada a Barcelona)
Llego, niño del sur.
Durmientes, las vías de la estación de Francia acogen un tren repleto de sueños emigrantes.
En las maletas de cartón-piedra se guardan como un tesoro las averías del alma, van sujetas bajo una cuerda cansada de ansiedades y esperanzas.
Mis padres se miran y se abrazan, sonriendo con una mueca de fresas agridulces reflejada en las cristaleras del cansancio: en su viaje, casi eterno.
En la calle, alborotan chiquillos en riadas de silbidos distintos e interminables. Un tranvía se aproxima murmurando una muñeira bajo el bigote áspero de su conductor gallego. (en Cataluña, en los años cincuenta, la mayoría de "tranviaires" eran gallegos, igual que los serenos y vigilantes, nunca supe el porqué, la leyenda urbana decía que por ser paisanos del dictador tenían mayor posibilidad de encontrar trabajo, especialmente los serenos y vigilantes, tampoco lo supimos a ciencia cierta)
Olas de albañiles extremeños y murcianos con su ropa de fiesta donde aún habitan el yeso y el cemento mal cepillados, inundan de alboroto la plataforma de metal oxidado.
Una colla de andaluces bailan una sardana en la plaza San Jaime.
Desde un balcón, un coro de catalanes ataviados con su traje de pagés incluida la barretina les contempla, y un tal Josep Plá incrédulo, aplaude, con la vista perdida hacia el norte, donde habita su Ampurdán.
Es domingo, y Barcelona se ilumina en la mañana.

(El Monte Carmelo se hace barrio con la gente del Sur)
Sobre la afeitada loma desprovista de vida, lloran torrenteras como dentelladas, y en esa cima descarada de abandono, allí, esos hombres y mujeres herederos de la nada, levantaron un oasis con sus manos de sueños, en un acento de babel peninsular recién llegado.
La "muntanya pelada" la llaman los nativos en su idioma catalán, hermoso de romances y que nunca se prohibió como cuentan ahora, pues yo lo aprendí de oyente en su dulzura y mis lecciones las realizaba en el patio alegre de hambre del colegio, o haciendo cola, al pedir la vez, para comprar el carbón que encendía nuestras noches de cena escasa.
Como iba diciendo sobre aquél caparazón de barro y miseria se armaron los andamios de la esperanza.
Techumbres de aire, huecas como nidos, coronaban el ascenso de paredes tan frágiles que imitaban tristezas.
La señora Francis dormía de consejos tus atardeceres a través de alguna emisora, en el aparato de radio que acompañaba las soledades sin ventanas; mientras, por algún rincón, aparecía aquél hombre en su bicicleta, con la nevera de madera, tesoro de ricos helados mantecados: ¡a peseta!
Las noches de Navidad se cantaban villancicos: "fun-fun-fun, madre en la puerta hay un niño" mientras las abuelas lloraban lágrimas de anís y en las casas se fundían los plomos de la alegría.
Las luces en Pedralbes se apagaban muy tarde, mientras en el monte Carmelo se encendían las lámparas del hambre.
Gaudí desde lo alto de alguna torre contemplaba.

PepeSori
SafeCreative
 
Ha sido un verdadero deleite leer este relato autobiográfico hecho con tan hermosa prosa poética, Pepe. Me has dejado encantado de verdad. Ese reconocimiento que te ha dado la Casa está más que justificado.

Te felicito y te mando un abrazo.


(El Viaje)
Vengo de una tierra del sur, donde el silencio habita soledades durmientes, el páramo se extiende bajo nubes con apariencia de cristal roto, y la lluvia es milagrosa.
Allí habita una gente afable y primitiva, que cree y sueña con laberintos de plata, generosa de verdades. Yo me perdí, ajeno al paraíso que allí se encierra.
Vengo del sur ¿os lo he dicho?
Los pequeños oteros que adornan su paisaje andan preñados de casas-cueva, donde las paredes lloran cal en un sueño de gotelé blanco.
Coronan sus chimeneas con la luz de un cigarro en La Habana.
Dentro, el hogar aun sabe a ternura, en el suelo se come, y en el suelo se sueña, escapando por el aire la alegría.
Los geranios en las fachadas iluminan los ojos de las macetas con un plomeo de colores. Un pájaro perdiz desde su jaula, exhibe orgulloso el arco iris de su plumaje.
El sol, en el sur, no se pone nunca. Por las mañanas agosta la tierra como una fragua de besos ardientes, merendándose la luz por las tardes bajo un sombrero de paja. Cuando llega el ocaso, el sol no se acuesta, solamente descansa.
Vengo de una tierra del sur donde las pisadas son ecos de soleares; el quejío aún perdura en las manos agrietadas de sus hombres, ajenos al telediario. Son hombres-niño que enseñan el hueco de su encía al sonreír de la pobreza.
Vengo del sur ¿os lo dije?
Allí, los caminos lloran polvorientos de sequías blanqueando las albardas del pastor, y el pastor, en el sur, aún gime con el silbo, y escribe rebaños de poesías bajo el color del cielo.
Vengo del sur, viajo a Cataluña con un sueño despierto para encontrar nueva esperanza.

(Llegada a Barcelona)
Llego, niño del sur.
Durmientes, las vías de la estación de Francia acogen un tren repleto de sueños emigrantes.
En las maletas de cartón-piedra se guardan como un tesoro las averías del alma, van sujetas bajo una cuerda cansada de ansiedades y esperanzas.
Mis padres se miran y se abrazan, sonriendo con una mueca de fresas agridulces reflejada en las cristaleras del cansancio: en su viaje, casi eterno.
En la calle, alborotan chiquillos en riadas de silbidos distintos e interminables. Un tranvía se aproxima murmurando una muñeira bajo el bigote áspero de su conductor gallego. (en Cataluña, en los años cincuenta, la mayoría de "tranviaires" eran gallegos, igual que los serenos y vigilantes, nunca supe el porqué, la leyenda urbana decía que por ser paisanos del dictador tenían mayor posibilidad de encontrar trabajo, especialmente los serenos y vigilantes, tampoco lo supimos a ciencia cierta)
Olas de albañiles extremeños y murcianos con su ropa de fiesta donde aún habitan el yeso y el cemento mal cepillados, inundan de alboroto la plataforma de metal oxidado.
Una colla de andaluces bailan una sardana en la plaza San Jaime.
Desde un balcón, un coro de catalanes ataviados con su traje de pagés incluida la barretina les contempla, y un tal Josep Plá incrédulo, aplaude, con la vista perdida hacia el norte, donde habita su Ampurdán.
Es domingo, y Barcelona se ilumina en la mañana.

(El Monte Carmelo se hace barrio con la gente del Sur)
Sobre la afeitada loma desprovista de vida, lloran torrenteras como dentelladas, y en esa cima descarada de abandono, allí, esos hombres y mujeres herederos de la nada, levantaron un oasis con sus manos de sueños, en un acento de babel peninsular recién llegado.
La "muntanya pelada" la llaman los nativos en su idioma catalán, hermoso de romances y que nunca se prohibió como cuentan ahora, pues yo lo aprendí de oyente en su dulzura y mis lecciones las realizaba en el patio alegre de hambre del colegio, o haciendo cola, al pedir la vez, para comprar el carbón que encendía nuestras noches de cena escasa.
Como iba diciendo sobre aquél caparazón de barro y miseria se armaron los andamios de la esperanza.
Techumbres de aire, huecas como nidos, coronaban el ascenso de paredes tan frágiles que imitaban tristezas.
La señora Francis dormía de consejos tus atardeceres a través de alguna emisora, en el aparato de radio que acompañaba las soledades sin ventanas; mientras, por algún rincón, aparecía aquél hombre en su bicicleta, con la nevera de madera, tesoro de ricos helados mantecados: ¡a peseta!
Las noches de Navidad se cantaban villancicos: "fun-fun-fun, madre en la puerta hay un niño" mientras las abuelas lloraban lágrimas de anís y en las casas se fundían los plomos de la alegría.
Las luces en Pedralbes se apagaban muy tarde, mientras en el monte Carmelo se encendían las lámparas del hambre.
Gaudí desde lo alto de alguna torre contemplaba.

PepeSori
SafeCreative
 
Última edición:
Celebro que te haya gustado, narra la realidad de una época migrante en España donde el hambre y la necesidad hacía que nuestros padres empezaran un nuevo futuro donde la tragedia se mezclaba con la fortuna en algunos casos, equivalente a otra realidad de hoy donde se migra a Europa por motivos similares y muchos no somos solidarios.
Un abrazo y gracias por leer y comentar
Agradezco las expresiones de tu respuesta, es cierto que en la infancia hay
acontecimientos que se acumulan, aun mas en aquella temporalidad donde
el español iba hacia una posible fortuna vital. saludos siempre amables
de luzyabsenta
 
(El Viaje)
Vengo de una tierra del sur, donde el silencio habita soledades durmientes, el páramo se extiende bajo nubes con apariencia de cristal roto, y la lluvia es milagrosa.
Allí habita una gente afable y primitiva, que cree y sueña con laberintos de plata, generosa de verdades. Yo me perdí, ajeno al paraíso que allí se encierra.
Vengo del sur ¿os lo he dicho?
Los pequeños oteros que adornan su paisaje andan preñados de casas-cueva, donde las paredes lloran cal en un sueño de gotelé blanco.
Coronan sus chimeneas con la luz de un cigarro en La Habana.
Dentro, el hogar aun sabe a ternura, en el suelo se come, y en el suelo se sueña, escapando por el aire la alegría.
Los geranios en las fachadas iluminan los ojos de las macetas con un plomeo de colores. Un pájaro perdiz desde su jaula, exhibe orgulloso el arco iris de su plumaje.
El sol, en el sur, no se pone nunca. Por las mañanas agosta la tierra como una fragua de besos ardientes, merendándose la luz por las tardes bajo un sombrero de paja. Cuando llega el ocaso, el sol no se acuesta, solamente descansa.
Vengo de una tierra del sur donde las pisadas son ecos de soleares; el quejío aún perdura en las manos agrietadas de sus hombres, ajenos al telediario. Son hombres-niño que enseñan el hueco de su encía al sonreír de la pobreza.
Vengo del sur ¿os lo dije?
Allí, los caminos lloran polvorientos de sequías blanqueando las albardas del pastor, y el pastor, en el sur, aún gime con el silbo, y escribe rebaños de poesías bajo el color del cielo.
Vengo del sur, viajo a Cataluña con un sueño despierto para encontrar nueva esperanza.

(Llegada a Barcelona)
Llego, niño del sur.
Durmientes, las vías de la estación de Francia acogen un tren repleto de sueños emigrantes.
En las maletas de cartón-piedra se guardan como un tesoro las averías del alma, van sujetas bajo una cuerda cansada de ansiedades y esperanzas.
Mis padres se miran y se abrazan, sonriendo con una mueca de fresas agridulces reflejada en las cristaleras del cansancio: en su viaje, casi eterno.
En la calle, alborotan chiquillos en riadas de silbidos distintos e interminables. Un tranvía se aproxima murmurando una muñeira bajo el bigote áspero de su conductor gallego. (en Cataluña, en los años cincuenta, la mayoría de "tranviaires" eran gallegos, igual que los serenos y vigilantes, nunca supe el porqué, la leyenda urbana decía que por ser paisanos del dictador tenían mayor posibilidad de encontrar trabajo, especialmente los serenos y vigilantes, tampoco lo supimos a ciencia cierta)
Olas de albañiles extremeños y murcianos con su ropa de fiesta donde aún habitan el yeso y el cemento mal cepillados, inundan de alboroto la plataforma de metal oxidado.
Una colla de andaluces bailan una sardana en la plaza San Jaime.
Desde un balcón, un coro de catalanes ataviados con su traje de pagés incluida la barretina les contempla, y un tal Josep Plá incrédulo, aplaude, con la vista perdida hacia el norte, donde habita su Ampurdán.
Es domingo, y Barcelona se ilumina en la mañana.

(El Monte Carmelo se hace barrio con la gente del Sur)
Sobre la afeitada loma desprovista de vida, lloran torrenteras como dentelladas, y en esa cima descarada de abandono, allí, esos hombres y mujeres herederos de la nada, levantaron un oasis con sus manos de sueños, en un acento de babel peninsular recién llegado.
La "muntanya pelada" la llaman los nativos en su idioma catalán, hermoso de romances y que nunca se prohibió como cuentan ahora, pues yo lo aprendí de oyente en su dulzura y mis lecciones las realizaba en el patio alegre de hambre del colegio, o haciendo cola, al pedir la vez, para comprar el carbón que encendía nuestras noches de cena escasa.
Como iba diciendo sobre aquél caparazón de barro y miseria se armaron los andamios de la esperanza.
Techumbres de aire, huecas como nidos, coronaban el ascenso de paredes tan frágiles que imitaban tristezas.
La señora Francis dormía de consejos tus atardeceres a través de alguna emisora, en el aparato de radio que acompañaba las soledades sin ventanas; mientras, por algún rincón, aparecía aquél hombre en su bicicleta, con la nevera de madera, tesoro de ricos helados mantecados: ¡a peseta!
Las noches de Navidad se cantaban villancicos: "fun-fun-fun, madre en la puerta hay un niño" mientras las abuelas lloraban lágrimas de anís y en las casas se fundían los plomos de la alegría.
Las luces en Pedralbes se apagaban muy tarde, mientras en el monte Carmelo se encendían las lámparas del hambre.
Gaudí desde lo alto de alguna torre contemplaba.

PepeSori
SafeCreative








Precioso poema en prosa, dignísimo, un saludo y mi más sincera felicitación por él!!
 
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