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Contemplador nocturno de poemas
Dibujó una linea curvada y triste en el cristal empañado de su ventana. Una no sonrisa mientras el desfile recorre la calle. Las trompetas y los tambores y las caras alegres de las majorettes. Y tú, sentada en el escalón de aquella tienda cerrada por siempre. Los zapatos nuevos y los lazos de arcoíris en tu pelo brotan del pavimento con cada gesto, con cada mirada, tantos colores en tu mirada. Hay un elefante en el callejón de la zapatería. Enfadado se niega a desfilar y los niños pequeños le animan en su rabieta. Destroza el manto que le cubre mientras barrita un soneto a la rebeldía. Las músicas se mezclan. Los que van y vienen, los que esperan, los que fueron y son, los que son y serán, mezclados en una única expresión de asombro. Los prodigiosos bastones girando como manecillas de un reloj desatado. Los tambores marcando el ritmo de un corazón acelerado. Un perro callejero se une al desfile, ladra y agita el rabo, al rato se aburre y se tumba junto a ti. Un par de caricias y te levantas, los pies ya duelen menos. Hay palomas posadas en los tejados y en aquella estatua a la vanidad que nunca tuvo nombre. Niñas con flores en el pelo y la cara pintada. Pequeños milagros en cada pequeña sonrisa. El elefante vuelve al redil y marcha decidido hacia el último sol al final de la calle. Un vendedor de globos ambulante se acerca a la muchedumbre, vocifera y el elefante carga contra él, los globos escapan libres de sus cadenas de nylon. Rojos, azules, amarillos, se elevan presas del viento y asustan a las palomas que también echan a volar. Por un instante globos y palomas cubren el cielo iluminados por los últimos rayos de sol, sobre un oh de asombro. Mientras tanto la música se pierde al final de la calle. Completó el círculo en el cristal empañado de su ventana, el todo, el principio y el fin. El desfile ya pasó y la vida sigue.