jmacgar
Poeta veterano en el portal
Me senté a tomar resuello; llevaba toda la maña visitando clientes de un lado a otro y necesitaba descansar un poco; fijé la vista en el suelo y vi mi sombra nítidamente formada en el piso de losetas, algo muy natural pues había un sol de justicia; lo que me llamó la atención y detonó dentro de mi una especie de instinto premonitorio o corazonada que lo llaman a veces, fue que, de la sombra de mi cabeza, salían una especie de astas tal como si de un toro se tratase. Me volví sorprendido y vi sobre mi las ramas secas de un árbol que ¡OH coincidencia maligna! tenían esa forma astada interponiéndose justo entre mi cabeza y el sol, produciendo ese efecto cornúpeta en mi oscura sombra. De inmediato pensé en María, pero fue un pensamiento fugaz, pasajero; no quería permitir elucubraciones imposibles en mi mente. No, no podía ni siquiera dudar de ella lo mas mínimo ¿como se me podía ocurrir semejante desatino? Además, ¿desde cuando las sombras tienen propiedades adivinatorias? Sin embargo alguna semilla germinó de aquella visión, pues aquella tarde me dejé llevar por un impulso ciego, irracional , negro como mi misma sombra; me fui a esperarla a la salida del trabajo sin que ella lo supiese; no quería que me viera; esa mujer tenía la capacidad de penetrar con su mirada mas allá de mis ojos, podía llegar a mi alma y si mi alma dudaba de su lealtad ella lo vería. Me escondí tras unos arbustos y la vi, vi como se dirigió a aquel hombre y como se besaron; entonces noté que algo dentro de mi se desplomaba y caía dolorosamente hasta mis tobillos; entendí perfectamente el significado de la frase "se me cayó el alma a los pies", porque eso fue lo que sentí realmente; anduvieron calle arriba hasta que entraron en un lujoso edificio de apartamentos. Me senté en un banco próximo con la mirada fija en la puerta de aquel edificio, casi sin pestañear; no se cuanto tiempo pudo pasar, pero ya oscurecía cuando los vi salir ; miré el reloj; sí, era la hora en que yo suelo terminar de trabajar. Se volvieron a besar y cada uno tomó su camino. La seguí andando torpemente, como un autómata, con pasos extraños y con una intensa sensación de pesadumbre, me parecía estar arrastrándome por el suelo. A ella la perdí de vista. El camino a casa me pareció largo, eterno. Cuando llegué casi no podía meter la llave en la cerradura. Por fin abrí. Ella estaba al fondo del pasillo y se me quedó mirando con cara de sorpresa. ¡Cariño -me dijo- , ¿qué te sucede?, parece que tienes el alma enredada en los pies!
Efectivamente, había visto mi alma.
Efectivamente, había visto mi alma.
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