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No leer después de medianoche

Cuentista

Silencio, un cuento.
NO LEER DESPUÉS DE MEDIANOCHE


Mi alma quiere descansar,
confesaré.
Me obsesiona el crujir de la madera
débilmente tan curioso
con ese flaco gruñir puedo acercaros a la tumba
mientras tanto, se coagula el vino mansamente.
Huelo a huesos al moverme y al andar la marcha fúnebre
divagando mi no hermosa dentadura, una vez en cada vida.
Grazna nuevamente el chillar de un ataúd
mi honorífico sonido
¡Surca el olor de esa madera! Bienvenida al arrope de mis brazos
bienvenida, criatura de la noche
en un gélido saludo puedo dentar el madero
mientras tanto, se colma la tumba de tierra.
Entra el poniente
con aroma a peste negra al azote de mi tela puesta
y mezclándome con su color, vengo
muestro las manos abiertas dañando la arena
deslustrando mis uñas pintadas, su polvo
al amaine de los huesos de mi cara
vibrará mi preciado tintineo
el repique de los clavos al cegar un ataúd
volverá a caminar el fúnebre cortejo
me postraré ante él, ensuciando el camino mi trapo.
Antiguo el traje se deshilacha
el que visto, de lustre desdentado
la decrepitud me adora permitiendo mi ropaje
que ya no cubre mis cuencas,
crujen los huesos y agrietan la calva
pedazos de mí,
puede hurgarme la brisa
plegando el harapo que arrastran mis pies
caminantes, a la orla de las tumbas,
gloriosos epitafios se amontonan
más vendrán, a la plaga que porto
huelo a huesos al moverme y al doblar la marcha fúnebre
demostrando el crujir de mi esqueleto.
Llega el poniente
tras mi paso, que suene escalofriante la poesía
allá donde apeste a vida, obraré.



“Cuentista 2017·
 
POEMA RECOMENDADO

MUNDOPOESIA.COM

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CON TODO EL CARIÑO DE MUNDOPOESIA.COM
 
NO LEER DESPUÉS DE MEDIANOCHE


Mi alma quiere descansar,
confesaré.
Me obsesiona el crujir de la madera
débilmente tan curioso
con ese flaco gruñir puedo acercaros a la tumba
mientras tanto, se coagula el vino mansamente.
Huelo a huesos al moverme y al andar la marcha fúnebre
divagando mi no hermosa dentadura, una vez en cada vida.
Grazna nuevamente el chillar de un ataúd
mi honorífico sonido
¡Surca el olor de esa madera! Bienvenida al arrope de mis brazos
bienvenida, criatura de la noche
en un gélido saludo puedo dentar el madero
mientras tanto, se colma la tumba de tierra.
Entra el poniente
con aroma a peste negra al azote de mi tela puesta
y mezclándome con su color, vengo
muestro las manos abiertas dañando la arena
deslustrando mis uñas pintadas, su polvo
al amaine de los huesos de mi cara
vibrará mi preciado tintineo
el repique de los clavos al cegar un ataúd
volverá a caminar el fúnebre cortejo
me postraré ante él, ensuciando el camino mi trapo.
Antiguo el traje se deshilacha
el que visto, de lustre desdentado
la decrepitud me adora permitiendo mi ropaje
que ya no cubre mis cuencas,
crujen los huesos y agrietan la calva
pedazos de mí,
puede hurgarme la brisa
plegando el harapo que arrastran mis pies
caminantes, a la orla de las tumbas,
gloriosos epitafios se amontonan
más vendrán, a la plaga que porto
huelo a huesos al moverme y al doblar la marcha fúnebre
demostrando el crujir de mi esqueleto.
Llega el poniente
tras mi paso, que suene escalofriante la poesía
allá donde apeste a vida, obraré.



“Cuentista 2017·
Y vuelvo a encontrarte por aquí, un poema muy sombrío con imágenes muy potentes, grato leerte
 
NO LEER DESPUÉS DE MEDIANOCHE


Mi alma quiere descansar,
confesaré.
Me obsesiona el crujir de la madera
débilmente tan curioso
con ese flaco gruñir puedo acercaros a la tumba
mientras tanto, se coagula el vino mansamente.
Huelo a huesos al moverme y al andar la marcha fúnebre
divagando mi no hermosa dentadura, una vez en cada vida.
Grazna nuevamente el chillar de un ataúd
mi honorífico sonido
¡Surca el olor de esa madera! Bienvenida al arrope de mis brazos
bienvenida, criatura de la noche
en un gélido saludo puedo dentar el madero
mientras tanto, se colma la tumba de tierra.
Entra el poniente
con aroma a peste negra al azote de mi tela puesta
y mezclándome con su color, vengo
muestro las manos abiertas dañando la arena
deslustrando mis uñas pintadas, su polvo
al amaine de los huesos de mi cara
vibrará mi preciado tintineo
el repique de los clavos al cegar un ataúd
volverá a caminar el fúnebre cortejo
me postraré ante él, ensuciando el camino mi trapo.
Antiguo el traje se deshilacha
el que visto, de lustre desdentado
la decrepitud me adora permitiendo mi ropaje
que ya no cubre mis cuencas,
crujen los huesos y agrietan la calva
pedazos de mí,
puede hurgarme la brisa
plegando el harapo que arrastran mis pies
caminantes, a la orla de las tumbas,
gloriosos epitafios se amontonan
más vendrán, a la plaga que porto
huelo a huesos al moverme y al doblar la marcha fúnebre
demostrando el crujir de mi esqueleto.
Llega el poniente
tras mi paso, que suene escalofriante la poesía
allá donde apeste a vida, obraré.



“Cuentista 2017·

La muerte apesta, pero sólo porque respiramos.
 
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