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¡Hasta que la muerte os separe! (se confundió el cura)

Luis Prieto

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¡Hasta que la muerte os separe! (se confundió el cura)
"Historia adornada cuyo final es verídico"

¡Hasta que la muerte os separe! les dijo el cura del pueblo harían hoy sesenta y dos años a Eustaquia y Juan, un matrimonio bien avenido por todos los familiares y como no, no podía faltar la opinión de los vecinos del pueblo, bueno al principio no eran todos, sería algo extraordinario que los casi ciento cincuenta habitantes de este pequeño pueblo norteño de Santander llamado Polanco, un lugar muy tranquilo rodeado por montañas y verdosos pastos con un aroma embriagador y unas vistas cautivadoras, estuviesen de acuerdo. Se conocían desde muy niños pero no sería hasta los catorce años cuando sus encuentros y conversaciones cada vez eran más frecuentes, si bien es cierto, es justo decir que Juan con la excusa de ayudar al padre de Eustaquia bien fuera para ordeñar las cuatro vacas que tenía o recoger los productos de la huerta, aprovechaba para estar más tiempo con ella.
A Justiniana, madre de Eustaquia, le caía muy bien Juan y le tenía mucha estima pero ella ya le había echado el ojo a un mozo de buen porte y con vistas a fuera del pueblo y en más de una ocasión le repetía... “Hija, tú con Evaristo, que tiene las dos cosas, muy guapo y sus padres, dinero en el banco;"
A lo que ella respondía...
" Madre, ya sé que es guapo, que tiene dinero, que quiere irse a la ciudad y usted quiere que yo salga del pueblo, pero yo quiero a Juan y tanto a él como a mí nos gusta vivir aquí".
En cambio su padre Eustaquio, veía con muy buenos ojos que su hija se quedara en el pueblo, primero porque así la vería todos los días y si le necesitara, lo tendría al lado. Y en segundo lugar, porque conocía muy bien a Juan, un chico muy trabajador, bonachón por los cuatro costados, de padres humildes y trabajadores, gente muy noble que tenían siempre la puerta de su casa abierta para todo aquel que necesitara algo. Juan, tenía un sueño, desde pequeño no hacía más que dibujar casas y como aquello de estudiar para arquitecto, estaba al alcance de muy pocos, según fue creciendo, ya lo tuvo claro, quería ser, maestro de obras.
Juan y Eustaquio, congeniaron desde el principio pues ambos eran verdaderos artistas con las manos, tan pronto hacían de carpinteros como de fontaneros o electricistas, al margen de su habilidad para ordeñar las vacas, algo muy necesario que enseñaban a muy corta edad ya que no había nadie en el pueblo que no tuviera un par de ellas y unas cuantas gallinas.
Juan, no tardó en ponerse a trabajar, mostrando rápidamente sus habilidades en la construcción y en poco más de un año, pasó de peón a oficial de primera y hombre de confianza de Marcelino, un constructor (al margen de ser amigo de Eustaquio, quien le recomendó al chaval) que se fue haciendo un nombre en la ciudad y en el pueblo y al que mucha gente le tenían gran aprecio.
A la temprana edad de veintiún años, Juan y Eustaquia, contrajeron matrimonio, tuvieron dos hijos, Manuela y Jacinto. Juan, hizo realidad su sueño, llego a maestro de obras y la casa donde habrían de vivir toda su vida, en vez de construirla el mismo con la ayuda de su suegro como así lo tenía pensado, fue levantada a costa de Marcelino como regalo de bodas.
Todas las mañanas, antes de irse a trabajar, Juan, tomó por costumbre,(una hermosa costumbre) de dejar una flor dentro de un vaso con agua en la mesilla de noche del lado donde dormía Taqui (que así le llamaba cariñosamente Juan a su mujer) para cuando se despertara, la flor le diera los buenos días en su nombre ( como solía decir). Acto seguido dejaba ordeñadas las vacas y el pienso para las gallinas de modo que para cuando Taqui se levantara sobre las ocho de la mañana, lo único que tenía que hacer era dejar a las vacas pacer por el prado y a las gallinas abrirlas el corral para luego hacer las tareas de la casa que no eran pocas y dedicarse a su pequeña huerta. Cuando Juan llegaba por las tardes, se ocupaba de limpiar la cuadra y el gallinero y si les sobraba tiempo y el clima les acompañaba, salían a pasear por el pueblo y a departir amenamente con los vecinos. (Cabe resaltar que por aquellos años no había aceras y los paseos eran por caminos de tierra grava o embarrados)
Así, fueron transcurriendo los días, los meses, los años. Sus dos hijos, Manuela y Jacinto, como era de esperar, en cuanto encontraron sus respectivas parejas, se casaron y se fueron a vivir a la ciudad, cierto es que Manuela encontró trabajo de profesora en Santander y Jacinto continuó con la profesión de su padre pero al estar más tiempo fuera que en el pueblo, optó por comprarse allí una casa. No obstante de la ciudad al pueblo no llegaba a la hora por lo que los fines de semana, raro era que no se quedaran a pasar el día o a dormir en Polanco.
Juan se jubiló a los sesenta y cinco años y no faltó un solo día a su cita en dejar cada mañana una flor en el vaso con agua en la mesilla de Taqui, a pesar de que ya no trabajaba, él se levantaba temprano para ordeñar las vacas, limpiar la cuadra y dar de comer a las gallinas y quería que su flor le siguiera dando los buenos días en su nombre. Unos años más tarde, Juan se levantó como cada mañana, se fue al prado y cogió una hermosa rosa roja que la primavera regalaba, la depositó como era costumbre y se dirigió a la tarea. Cuando terminó dos horas más tarde, al entrar en la casa, se dirigió a la cocina y se extrañó que Taqui no le hubiese preparado el desayuno, una hogaza de pan con buen tazón de pura leche.
¡Taqui, Taqui! Le llamaba Juan.
Al ver que no respondía, la preocupación iba en aumento. Subió los diez escalones que dividían la planta baja en donde estaba el salón con su chimenea, la cocina, y un cuarto de baño, de la parte de arriba que era donde se hallaban las habitaciones y al entrar en la suya, fue entonces cuando la encontró dormida con su cara angelical, pero algo le decía que no iba bien, no era normal que no se hubiese levantado y al tocarla la frente, no pudo evitar dar un respingo, su corazón empezó a latir fuertemente, sus firmes y callosas manos tornaron a dubitativas y trémulas. Taqui, su compañera y único amor de toda una vida, se había marchado.
Pasaron unos días y Juan no se había movido de su lado, sentado al borde de la cama, tenía la mano izquierda de Taqui entre sus dos manos, sus ojos no cesaban en mirarla mientras caían silenciosas lágrimas sangrantes, no existía el día, no había noches ni lunas, tan solo estaban los dos en la casa de su vida. De pronto Juan soltó su mano, con sus trémulas piernas, se dirigió a la cuadra y abrió los portones, sacó a las vacas dejándolas en el prado, luego abrió el gallinero haciendo lo propio con las gallinas y se fue a coger, la rosa más grande que había y al igual que a las otras, antes de dejarla en la mesilla, se cuidó de quitarla las espinas, para posteriormente tumbarse a su lado, abrazarla dulcemente mientras le brindaba un dulce y cálido beso en los labios y sonriéndola le dijo...
“se confundió el cura, verdad Taqui"
Y así, mirándola tiernamente, pasó su brazo izquierdo por debajo de la cabeza de Taqui, su brazo derecho, reposaba sobre su cadera, juntó su mejilla con la de su mujer y cerrando los ojos, abrazado al amor de su vida, Juan, nunca los volvió a abrir.
¡Hasta que la muerte os separe! (se confundió el cura)


Luis
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Última edición:
Me has hecho humedecer mis ojos ante tan triste desenlace para tan bella historia de amor y grata convivencia de muchos años. Creo que es verdad que se puede morir de amor es tan fuerte nuestra mente que es posible dejar morir el cuerpo sabiendo que se reencontrará en la dimensión espiritual a quien es dueña absoluta de su sentir y vivir. MUY BELLA HISTORIA magnificamente narrada e ilustrada con tus anotaciones e imágenes plasmadas. UN SALUDO GRATO Y CORDIAL. QUE LA VIDA TE SEA FIEL REFLEJO DE FELICIDAD, BIENESTAR Y AMOR SINCERO. Hasta luego estimado amigo Poeta y gran compañero de letras.
Muchas gracias amigo Ferra por cuanto me otorgas. La verdad es esta. No hace mucho, unas dos semanas se encontró a un matrimonio mayor fallecidos en la cama y abrazados. Según averiguaron, primero falleció la mujer y días mas tarde el marido, ambos de avanzada edad. Todo indica muerte natural pero el marido se abrazó a ella y se dejó morir.
Me alegra que te haya gustado compañero. Te deseo con gran abrazo lo mejor hoy y siempre y que el amor sea tu fiel compañera.
Hasta pronto compañero y gran amigo poeta.
 
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¡Hasta que la muerte os separe! (se confundió el cura)

¡Hasta que la muerte os separe! les dijo el cura del pueblo harían hoy sesenta y dos años a Eustaquia y Juan, un matrimonio bien avenido por todos los familiares y como no, no podía faltar la opinión de los vecinos del pueblo, bueno al principio no eran todos, sería algo extraordinario que los casi ciento cincuenta habitantes de este pequeño pueblo norteño de Santander llamado Polanco, un lugar muy tranquilo rodeado por montañas y verdosos pastos con un aroma embriagador y unas vistas cautivadoras, estuviesen de acuerdo. Se conocían desde muy niños pero no sería hasta los catorce años cuando sus encuentros y conversaciones cada vez eran más frecuentes, si bien es cierto, es justo decir que Juan con la excusa de ayudar al padre de Eustaquia bien fuera para ordeñar las cuatro vacas que tenía o recoger los productos de la huerta, aprovechaba para estar más tiempo con ella.
A Justiniana, madre de Eustaquia, le caía muy bien Juan y le tenía mucha estima pero ella ya le había echado el ojo a un mozo de buen porte y con vistas a fuera del pueblo y en más de una ocasión le repetía... “Hija, tú con Evaristo, que tiene las dos cosas, muy guapo y sus padres, dinero en el banco;"
A lo que ella respondía...
" Madre, ya sé que es guapo, que tiene dinero, que quiere irse a la ciudad y usted quiere que yo salga del pueblo, pero yo quiero a Juan y tanto a él como a mí nos gusta vivir aquí".
En cambio su padre Eustaquio, veía con muy buenos ojos que su hija se quedara en el pueblo, primero porque así la vería todos los días y si le necesitara, lo tendría al lado. Y en segundo lugar, porque conocía muy bien a Juan, un chico muy trabajador, bonachón por los cuatro costados, de padres humildes y trabajadores, gente muy noble que tenían siempre la puerta de su casa abierta para todo aquel que necesitara algo. Juan, tenía un sueño, desde pequeño no hacía más que dibujar casas y como aquello de estudiar para arquitecto, estaba al alcance de muy pocos, según fue creciendo, ya lo tuvo claro, quería ser, maestro de obras.
Juan y Eustaquio, congeniaron desde el principio pues ambos eran verdaderos artistas con las manos, tan pronto hacían de carpinteros como de fontaneros o electricistas, al margen de su habilidad para ordeñar las vacas, algo muy necesario que enseñaban a muy corta edad ya que no había nadie en el pueblo que no tuviera un par de vacas y unas cuantas gallinas.
Juan, no tardó en ponerse a trabajar, mostrando rápidamente sus habilidades en la construcción y en poco más de un año, pasó de peón a oficial de primera y hombre de confianza de Marcelino, un constructor (al margen de ser amigo de Eustaquio, quien le recomendó al chaval) que se fue haciendo un nombre en la ciudad y en el pueblo y al que mucha gente le tenían gran aprecio.
A la temprana edad de veintiún años, Juan y Eustaquia, contrajeron matrimonio, tuvieron dos hijos, Manuela y Jacinto. Juan, hizo realidad su sueño, llego a maestro de obras y la casa donde habrían de vivir toda su vida, en vez de construirla el mismo con la ayuda de su suegro como así lo tenía pensado, fue levantada a costa de Marcelino como regalo de bodas.
Todas las mañanas, antes de irse a trabajar, Juan, tomó por costumbre,(una hermosa costumbre) de dejar una flor dentro de un vaso con agua en la mesilla de noche del lado donde dormía Taqui (que así le llamaba cariñosamente Juan a su mujer) para cuando se despertara, la flor le diera los buenos días en su nombre ( como solía decir). Acto seguido dejaba ordeñadas las vacas y el pienso para las gallinas de modo que para cuando Taqui se levantara sobre las ocho de la mañana, lo único que tenía que hacer era dejar a las vacas pacer por el prado y a las gallinas abrirlas el corral para luego hacer las tareas de la casa que no eran pocas y dedicarse a su pequeña huerta. Cuando Juan llegaba por las tardes, se ocupaba de limpiar la cuadra y el gallinero y si les sobraba tiempo y el clima les acompañaba, salían a pasear por el pueblo y a departir amenamente con los vecinos. (Cabe resaltar que por aquellos años no había aceras y los paseos eran por caminos de tierra grava o embarrados)
Así, fueron transcurriendo los días, los meses, los años. Sus dos hijos, Manuela y Jacinto, como era de esperar, en cuanto encontraron sus respectivas parejas, se casaron y se fueron a vivir a la ciudad, cierto es que Manuela encontró trabajo de profesora en Santander y Jacinto continuó con la profesión de su padre pero al estar más tiempo fuera que en el pueblo, optó por comprarse allí una casa. No obstante de la ciudad al pueblo no llegaba a la hora por lo que los fines de semana, raro era que no se quedaran a pasar el día o a dormir en Polanco.
Juan se jubiló a los sesenta y cinco años y no faltó un solo día a su cita en dejar cada mañana una flor en el vaso con agua en la mesilla de Taqui, a pesar de que ya no trabajaba, él se levantaba temprano para ordeñar las vacas, limpiar la cuadra y dar de comer a las gallinas y quería que su flor le siguiera dando los buenos días en su nombre. Unos años más tarde, Juan se levantó como cada mañana, se fue al prado y cogió una hermosa rosa roja que la primavera regalaba, la depositó como era costumbre y se dirigió a la tarea. Cuando terminó dos horas más tarde, al entrar en la casa, se dirigió a la cocina y se extrañó que Taqui no le hubiese preparado el desayuno, una hogaza de pan con buen tazón de pura leche.
¡Taqui, Taqui! Le llamaba Juan.
Al ver que no respondía, la preocupación iba en aumento. Subió los diez escalones que dividían la planta baja en donde estaba el salón con su chimenea, la cocina, y un cuarto de baño, de la parte de arriba que era donde se hallaban las habitaciones y al entrar en la suya, fue entonces cuando la encontró dormida con su cara angelical, pero algo le decía que no iba bien, no era normal que no se hubiese levantado y al tocarla la frente, no pudo evitar dar un respingo, su corazón empezó a latir fuertemente, sus firmes y callosas manos tornaron a dubitativas y trémulas. Taqui, su compañera y único amor de toda una vida, se había marchado.
Pasaron unos días y Juan no se había movido de su lado, sentado al borde de la cama, tenía la mano izquierda de Taqui entre sus dos manos, sus ojos no cesaban en mirarla mientras caían silenciosas lágrimas sangrantes, no existía el día, no había noches ni lunas, tan solo estaban los dos en la casa de su vida. De pronto Juan soltó su mano, con sus trémulas piernas, se dirigió a la cuadra y abrió los portones, sacó a las vacas dejándolas en el prado, luego abrió el gallinero haciendo lo propio con las gallinas y se fue a coger, la rosa más grande que había y al igual que a las otras, antes de dejarla en la mesilla, se cuidó de quitarla las espinas, para posteriormente tumbarse a su lado, abrazarla dulcemente mientras le brindaba un dulce y cálido beso en los labios y sonriéndola le dijo...
“se confundió el cura, verdad Taqui"
Y así, mirándola tiernamente, pasó su brazo izquierdo por debajo de la cabeza de Taqui, su brazo derecho, reposaba sobre su cadera, juntó su mejilla con la de su mujer y cerrando los ojos, abrazado al amor de su vida, Juan, nunca los volvió a abrir.
¡Hasta que la muerte os separe! (se confundió el cura)


Luis
Derechos reservados
Conmovedoras letras nos dejas querido amigo Luis en esta historia que
llega motivando al lector en esta sentida lectura y es que cuando el amor
se siente de verdad es para siempre y que mejor que morir abrazada/o
la persona que ha sido el amor de tu vida y en la eternidad lo seguirá
siendo. Te felicito por tan bonita historia de amor con un cierre de oro.
Ha sido un placer poder pasar por tus letras.
Besos y un abrazo para ti. Tere
 
Una historia conmovedora. Una época en que el futuro se encontraba allende los límites del pueblo pero en que el trato no existía más allá del término y de los vecindarios.
En un pueblo hay que saber hacer un poco de todo, y eso ya es una garantía para subsistir. Pero se subsiste mientras haya razones para ello. En este caso, se equivocó el cura, no hay nada que separe lo que es indivisible.
Un abrazo, Luis, desde esta aldea.
 
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¡Hasta que la muerte os separe! (se confundió el cura)

¡Hasta que la muerte os separe! les dijo el cura del pueblo harían hoy sesenta y dos años a Eustaquia y Juan, un matrimonio bien avenido por todos los familiares y como no, no podía faltar la opinión de los vecinos del pueblo, bueno al principio no eran todos, sería algo extraordinario que los casi ciento cincuenta habitantes de este pequeño pueblo norteño de Santander llamado Polanco, un lugar muy tranquilo rodeado por montañas y verdosos pastos con un aroma embriagador y unas vistas cautivadoras, estuviesen de acuerdo. Se conocían desde muy niños pero no sería hasta los catorce años cuando sus encuentros y conversaciones cada vez eran más frecuentes, si bien es cierto, es justo decir que Juan con la excusa de ayudar al padre de Eustaquia bien fuera para ordeñar las cuatro vacas que tenía o recoger los productos de la huerta, aprovechaba para estar más tiempo con ella.
A Justiniana, madre de Eustaquia, le caía muy bien Juan y le tenía mucha estima pero ella ya le había echado el ojo a un mozo de buen porte y con vistas a fuera del pueblo y en más de una ocasión le repetía... “Hija, tú con Evaristo, que tiene las dos cosas, muy guapo y sus padres, dinero en el banco;"
A lo que ella respondía...
" Madre, ya sé que es guapo, que tiene dinero, que quiere irse a la ciudad y usted quiere que yo salga del pueblo, pero yo quiero a Juan y tanto a él como a mí nos gusta vivir aquí".
En cambio su padre Eustaquio, veía con muy buenos ojos que su hija se quedara en el pueblo, primero porque así la vería todos los días y si le necesitara, lo tendría al lado. Y en segundo lugar, porque conocía muy bien a Juan, un chico muy trabajador, bonachón por los cuatro costados, de padres humildes y trabajadores, gente muy noble que tenían siempre la puerta de su casa abierta para todo aquel que necesitara algo. Juan, tenía un sueño, desde pequeño no hacía más que dibujar casas y como aquello de estudiar para arquitecto, estaba al alcance de muy pocos, según fue creciendo, ya lo tuvo claro, quería ser, maestro de obras.
Juan y Eustaquio, congeniaron desde el principio pues ambos eran verdaderos artistas con las manos, tan pronto hacían de carpinteros como de fontaneros o electricistas, al margen de su habilidad para ordeñar las vacas, algo muy necesario que enseñaban a muy corta edad ya que no había nadie en el pueblo que no tuviera un par de vacas y unas cuantas gallinas.
Juan, no tardó en ponerse a trabajar, mostrando rápidamente sus habilidades en la construcción y en poco más de un año, pasó de peón a oficial de primera y hombre de confianza de Marcelino, un constructor (al margen de ser amigo de Eustaquio, quien le recomendó al chaval) que se fue haciendo un nombre en la ciudad y en el pueblo y al que mucha gente le tenían gran aprecio.
A la temprana edad de veintiún años, Juan y Eustaquia, contrajeron matrimonio, tuvieron dos hijos, Manuela y Jacinto. Juan, hizo realidad su sueño, llego a maestro de obras y la casa donde habrían de vivir toda su vida, en vez de construirla el mismo con la ayuda de su suegro como así lo tenía pensado, fue levantada a costa de Marcelino como regalo de bodas.
Todas las mañanas, antes de irse a trabajar, Juan, tomó por costumbre,(una hermosa costumbre) de dejar una flor dentro de un vaso con agua en la mesilla de noche del lado donde dormía Taqui (que así le llamaba cariñosamente Juan a su mujer) para cuando se despertara, la flor le diera los buenos días en su nombre ( como solía decir). Acto seguido dejaba ordeñadas las vacas y el pienso para las gallinas de modo que para cuando Taqui se levantara sobre las ocho de la mañana, lo único que tenía que hacer era dejar a las vacas pacer por el prado y a las gallinas abrirlas el corral para luego hacer las tareas de la casa que no eran pocas y dedicarse a su pequeña huerta. Cuando Juan llegaba por las tardes, se ocupaba de limpiar la cuadra y el gallinero y si les sobraba tiempo y el clima les acompañaba, salían a pasear por el pueblo y a departir amenamente con los vecinos. (Cabe resaltar que por aquellos años no había aceras y los paseos eran por caminos de tierra grava o embarrados)
Así, fueron transcurriendo los días, los meses, los años. Sus dos hijos, Manuela y Jacinto, como era de esperar, en cuanto encontraron sus respectivas parejas, se casaron y se fueron a vivir a la ciudad, cierto es que Manuela encontró trabajo de profesora en Santander y Jacinto continuó con la profesión de su padre pero al estar más tiempo fuera que en el pueblo, optó por comprarse allí una casa. No obstante de la ciudad al pueblo no llegaba a la hora por lo que los fines de semana, raro era que no se quedaran a pasar el día o a dormir en Polanco.
Juan se jubiló a los sesenta y cinco años y no faltó un solo día a su cita en dejar cada mañana una flor en el vaso con agua en la mesilla de Taqui, a pesar de que ya no trabajaba, él se levantaba temprano para ordeñar las vacas, limpiar la cuadra y dar de comer a las gallinas y quería que su flor le siguiera dando los buenos días en su nombre. Unos años más tarde, Juan se levantó como cada mañana, se fue al prado y cogió una hermosa rosa roja que la primavera regalaba, la depositó como era costumbre y se dirigió a la tarea. Cuando terminó dos horas más tarde, al entrar en la casa, se dirigió a la cocina y se extrañó que Taqui no le hubiese preparado el desayuno, una hogaza de pan con buen tazón de pura leche.
¡Taqui, Taqui! Le llamaba Juan.
Al ver que no respondía, la preocupación iba en aumento. Subió los diez escalones que dividían la planta baja en donde estaba el salón con su chimenea, la cocina, y un cuarto de baño, de la parte de arriba que era donde se hallaban las habitaciones y al entrar en la suya, fue entonces cuando la encontró dormida con su cara angelical, pero algo le decía que no iba bien, no era normal que no se hubiese levantado y al tocarla la frente, no pudo evitar dar un respingo, su corazón empezó a latir fuertemente, sus firmes y callosas manos tornaron a dubitativas y trémulas. Taqui, su compañera y único amor de toda una vida, se había marchado.
Pasaron unos días y Juan no se había movido de su lado, sentado al borde de la cama, tenía la mano izquierda de Taqui entre sus dos manos, sus ojos no cesaban en mirarla mientras caían silenciosas lágrimas sangrantes, no existía el día, no había noches ni lunas, tan solo estaban los dos en la casa de su vida. De pronto Juan soltó su mano, con sus trémulas piernas, se dirigió a la cuadra y abrió los portones, sacó a las vacas dejándolas en el prado, luego abrió el gallinero haciendo lo propio con las gallinas y se fue a coger, la rosa más grande que había y al igual que a las otras, antes de dejarla en la mesilla, se cuidó de quitarla las espinas, para posteriormente tumbarse a su lado, abrazarla dulcemente mientras le brindaba un dulce y cálido beso en los labios y sonriéndola le dijo...
“se confundió el cura, verdad Taqui"
Y así, mirándola tiernamente, pasó su brazo izquierdo por debajo de la cabeza de Taqui, su brazo derecho, reposaba sobre su cadera, juntó su mejilla con la de su mujer y cerrando los ojos, abrazado al amor de su vida, Juan, nunca los volvió a abrir.
¡Hasta que la muerte os separe! (se confundió el cura)


Luis
Derechos reservados
Ayyy Luís, cuánto amor cuajado de entrañables vivencias, uno al ladito del otro compartiendo hasta el último aliento... una flor cada día, alimento de ese amor que se profesaron los dos... ayyy Dios mío, cuánto cariño, cuánto amor bajo un cielo herido... Me ha emocionado tu emotiva prosa, he recordado el amor de mis abuelos, el amor de mis padres, sus miradas llenas de complicidad y cariño... ayyy... Besazos mi querido Luís, conquistas el corazón con arte y sentimiento...Muááááááá...
 
Conmovedoras letras nos dejas querido amigo Luis en esta historia que
llega motivando al lector en esta sentida lectura y es que cuando el amor
se siente de verdad es para siempre y que mejor que morir abrazada/o
la persona que ha sido el amor de tu vida y en la eternidad lo seguirá
siendo. Te felicito por tan bonita historia de amor con un cierre de oro.
Ha sido un placer poder pasar por tus letras.
Besos y un abrazo para ti. Tere
Me halagan tus palabras amiga mía. Cierto es que el final fue real hace unas dos semanas que salió en la televisión luego ya sabes, imaginé una historia sobre un pueblo que conozco.
Muchas gracias Tere por tu gran presencia. Me alegra que te haya gustado.
Un besote y abrazos muy grandes para ti y Ricardo.
Feliz fin de semana
 
Una historia conmovedora. Una época en que el futuro se encontraba allende los límites del pueblo pero en que el trato no existía más allá del término y de los vecindarios.
En un pueblo hay que saber hacer un poco de todo, y eso ya es una garantía para subsistir. Pero se subsiste mientras haya razones para ello. En este caso, se equivocó el cura, no hay nada que separe lo que es indivisible.
Un abrazo, Luis, desde esta aldea.
Palabras plenas de razón dejas amigo Alonso, la convivencia en un pueblo o la sabes llevar o se te hace muy cuesta arriba.
Sí, se equivocó el cura, la muerte no pudo con el amor.
Muchas gracias amigo mío por tu gran presencia.
Fraternal abrazo Alonso
 
Ayyy Luís, cuánto amor cuajado de entrañables vivencias, uno al ladito del otro compartiendo hasta el último aliento... una flor cada día, alimento de ese amor que se profesaron los dos... ayyy Dios mío, cuánto cariño, cuánto amor bajo un cielo herido... Me ha emocionado tu emotiva prosa, he recordado el amor de mis abuelos, el amor de mis padres, sus miradas llenas de complicidad y cariño... ayyy... Besazos mi querido Luís, conquistas el corazón con arte y sentimiento...Muááááááá...
Jajajaja ay lomita que halagos me brindas, vas a hacer que me ponga colorao. Me alegra que te haya gustado esta prosa que resalto que el final fue desgraciadamente real, salió en la televisión, lo único que he hecho es añadir una historia basada en un pueblo que conozco.
Montones de abrazossss y besotes amiga mía que no falteeeeennnnn.
 
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¡Hasta que la muerte os separe! (se confundió el cura)

¡Hasta que la muerte os separe! les dijo el cura del pueblo harían hoy sesenta y dos años a Eustaquia y Juan, un matrimonio bien avenido por todos los familiares y como no, no podía faltar la opinión de los vecinos del pueblo, bueno al principio no eran todos, sería algo extraordinario que los casi ciento cincuenta habitantes de este pequeño pueblo norteño de Santander llamado Polanco, un lugar muy tranquilo rodeado por montañas y verdosos pastos con un aroma embriagador y unas vistas cautivadoras, estuviesen de acuerdo. Se conocían desde muy niños pero no sería hasta los catorce años cuando sus encuentros y conversaciones cada vez eran más frecuentes, si bien es cierto, es justo decir que Juan con la excusa de ayudar al padre de Eustaquia bien fuera para ordeñar las cuatro vacas que tenía o recoger los productos de la huerta, aprovechaba para estar más tiempo con ella.
A Justiniana, madre de Eustaquia, le caía muy bien Juan y le tenía mucha estima pero ella ya le había echado el ojo a un mozo de buen porte y con vistas a fuera del pueblo y en más de una ocasión le repetía... “Hija, tú con Evaristo, que tiene las dos cosas, muy guapo y sus padres, dinero en el banco;"
A lo que ella respondía...
" Madre, ya sé que es guapo, que tiene dinero, que quiere irse a la ciudad y usted quiere que yo salga del pueblo, pero yo quiero a Juan y tanto a él como a mí nos gusta vivir aquí".
En cambio su padre Eustaquio, veía con muy buenos ojos que su hija se quedara en el pueblo, primero porque así la vería todos los días y si le necesitara, lo tendría al lado. Y en segundo lugar, porque conocía muy bien a Juan, un chico muy trabajador, bonachón por los cuatro costados, de padres humildes y trabajadores, gente muy noble que tenían siempre la puerta de su casa abierta para todo aquel que necesitara algo. Juan, tenía un sueño, desde pequeño no hacía más que dibujar casas y como aquello de estudiar para arquitecto, estaba al alcance de muy pocos, según fue creciendo, ya lo tuvo claro, quería ser, maestro de obras.
Juan y Eustaquio, congeniaron desde el principio pues ambos eran verdaderos artistas con las manos, tan pronto hacían de carpinteros como de fontaneros o electricistas, al margen de su habilidad para ordeñar las vacas, algo muy necesario que enseñaban a muy corta edad ya que no había nadie en el pueblo que no tuviera un par de vacas y unas cuantas gallinas.
Juan, no tardó en ponerse a trabajar, mostrando rápidamente sus habilidades en la construcción y en poco más de un año, pasó de peón a oficial de primera y hombre de confianza de Marcelino, un constructor (al margen de ser amigo de Eustaquio, quien le recomendó al chaval) que se fue haciendo un nombre en la ciudad y en el pueblo y al que mucha gente le tenían gran aprecio.
A la temprana edad de veintiún años, Juan y Eustaquia, contrajeron matrimonio, tuvieron dos hijos, Manuela y Jacinto. Juan, hizo realidad su sueño, llego a maestro de obras y la casa donde habrían de vivir toda su vida, en vez de construirla el mismo con la ayuda de su suegro como así lo tenía pensado, fue levantada a costa de Marcelino como regalo de bodas.
Todas las mañanas, antes de irse a trabajar, Juan, tomó por costumbre,(una hermosa costumbre) de dejar una flor dentro de un vaso con agua en la mesilla de noche del lado donde dormía Taqui (que así le llamaba cariñosamente Juan a su mujer) para cuando se despertara, la flor le diera los buenos días en su nombre ( como solía decir). Acto seguido dejaba ordeñadas las vacas y el pienso para las gallinas de modo que para cuando Taqui se levantara sobre las ocho de la mañana, lo único que tenía que hacer era dejar a las vacas pacer por el prado y a las gallinas abrirlas el corral para luego hacer las tareas de la casa que no eran pocas y dedicarse a su pequeña huerta. Cuando Juan llegaba por las tardes, se ocupaba de limpiar la cuadra y el gallinero y si les sobraba tiempo y el clima les acompañaba, salían a pasear por el pueblo y a departir amenamente con los vecinos. (Cabe resaltar que por aquellos años no había aceras y los paseos eran por caminos de tierra grava o embarrados)
Así, fueron transcurriendo los días, los meses, los años. Sus dos hijos, Manuela y Jacinto, como era de esperar, en cuanto encontraron sus respectivas parejas, se casaron y se fueron a vivir a la ciudad, cierto es que Manuela encontró trabajo de profesora en Santander y Jacinto continuó con la profesión de su padre pero al estar más tiempo fuera que en el pueblo, optó por comprarse allí una casa. No obstante de la ciudad al pueblo no llegaba a la hora por lo que los fines de semana, raro era que no se quedaran a pasar el día o a dormir en Polanco.
Juan se jubiló a los sesenta y cinco años y no faltó un solo día a su cita en dejar cada mañana una flor en el vaso con agua en la mesilla de Taqui, a pesar de que ya no trabajaba, él se levantaba temprano para ordeñar las vacas, limpiar la cuadra y dar de comer a las gallinas y quería que su flor le siguiera dando los buenos días en su nombre. Unos años más tarde, Juan se levantó como cada mañana, se fue al prado y cogió una hermosa rosa roja que la primavera regalaba, la depositó como era costumbre y se dirigió a la tarea. Cuando terminó dos horas más tarde, al entrar en la casa, se dirigió a la cocina y se extrañó que Taqui no le hubiese preparado el desayuno, una hogaza de pan con buen tazón de pura leche.
¡Taqui, Taqui! Le llamaba Juan.
Al ver que no respondía, la preocupación iba en aumento. Subió los diez escalones que dividían la planta baja en donde estaba el salón con su chimenea, la cocina, y un cuarto de baño, de la parte de arriba que era donde se hallaban las habitaciones y al entrar en la suya, fue entonces cuando la encontró dormida con su cara angelical, pero algo le decía que no iba bien, no era normal que no se hubiese levantado y al tocarla la frente, no pudo evitar dar un respingo, su corazón empezó a latir fuertemente, sus firmes y callosas manos tornaron a dubitativas y trémulas. Taqui, su compañera y único amor de toda una vida, se había marchado.
Pasaron unos días y Juan no se había movido de su lado, sentado al borde de la cama, tenía la mano izquierda de Taqui entre sus dos manos, sus ojos no cesaban en mirarla mientras caían silenciosas lágrimas sangrantes, no existía el día, no había noches ni lunas, tan solo estaban los dos en la casa de su vida. De pronto Juan soltó su mano, con sus trémulas piernas, se dirigió a la cuadra y abrió los portones, sacó a las vacas dejándolas en el prado, luego abrió el gallinero haciendo lo propio con las gallinas y se fue a coger, la rosa más grande que había y al igual que a las otras, antes de dejarla en la mesilla, se cuidó de quitarla las espinas, para posteriormente tumbarse a su lado, abrazarla dulcemente mientras le brindaba un dulce y cálido beso en los labios y sonriéndola le dijo...
“se confundió el cura, verdad Taqui"
Y así, mirándola tiernamente, pasó su brazo izquierdo por debajo de la cabeza de Taqui, su brazo derecho, reposaba sobre su cadera, juntó su mejilla con la de su mujer y cerrando los ojos, abrazado al amor de su vida, Juan, nunca los volvió a abrir.
¡Hasta que la muerte os separe! (se confundió el cura)


Luis
Derechos reservados

Mi querido Luis, has escrito una obra muy bella de las realidades cotidianas... hechas con amor y por eso su relación duró y perduró, al grado de trascender mostrando la equivocación del cura. Una bella creación. Encantada de leerla, mi querido Luis, muy emotiva. Recibe mi cariño.
 
Mi querido Luis, has escrito una obra muy bella de las realidades cotidianas... hechas con amor y por eso su relación duró y perduró, al grado de trascender mostrando la equivocación del cura. Una bella creación. Encantada de leerla, mi querido Luis, muy emotiva. Recibe mi cariño.
Muchas gracias amiga mía por tus palabras. Como muy bien dices, todo es fruto del amor diario durante casi toda una vida juntos. Sí, se equivocó el cura.
Muchas gracias por tu grata presencia.
Saludos cordiales y feliz día
 
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¡Hasta que la muerte os separe! (se confundió el cura)

¡Hasta que la muerte os separe! les dijo el cura del pueblo harían hoy sesenta y dos años a Eustaquia y Juan, un matrimonio bien avenido por todos los familiares y como no, no podía faltar la opinión de los vecinos del pueblo, bueno al principio no eran todos, sería algo extraordinario que los casi ciento cincuenta habitantes de este pequeño pueblo norteño de Santander llamado Polanco, un lugar muy tranquilo rodeado por montañas y verdosos pastos con un aroma embriagador y unas vistas cautivadoras, estuviesen de acuerdo. Se conocían desde muy niños pero no sería hasta los catorce años cuando sus encuentros y conversaciones cada vez eran más frecuentes, si bien es cierto, es justo decir que Juan con la excusa de ayudar al padre de Eustaquia bien fuera para ordeñar las cuatro vacas que tenía o recoger los productos de la huerta, aprovechaba para estar más tiempo con ella.
A Justiniana, madre de Eustaquia, le caía muy bien Juan y le tenía mucha estima pero ella ya le había echado el ojo a un mozo de buen porte y con vistas a fuera del pueblo y en más de una ocasión le repetía... “Hija, tú con Evaristo, que tiene las dos cosas, muy guapo y sus padres, dinero en el banco;"
A lo que ella respondía...
" Madre, ya sé que es guapo, que tiene dinero, que quiere irse a la ciudad y usted quiere que yo salga del pueblo, pero yo quiero a Juan y tanto a él como a mí nos gusta vivir aquí".
En cambio su padre Eustaquio, veía con muy buenos ojos que su hija se quedara en el pueblo, primero porque así la vería todos los días y si le necesitara, lo tendría al lado. Y en segundo lugar, porque conocía muy bien a Juan, un chico muy trabajador, bonachón por los cuatro costados, de padres humildes y trabajadores, gente muy noble que tenían siempre la puerta de su casa abierta para todo aquel que necesitara algo. Juan, tenía un sueño, desde pequeño no hacía más que dibujar casas y como aquello de estudiar para arquitecto, estaba al alcance de muy pocos, según fue creciendo, ya lo tuvo claro, quería ser, maestro de obras.
Juan y Eustaquio, congeniaron desde el principio pues ambos eran verdaderos artistas con las manos, tan pronto hacían de carpinteros como de fontaneros o electricistas, al margen de su habilidad para ordeñar las vacas, algo muy necesario que enseñaban a muy corta edad ya que no había nadie en el pueblo que no tuviera un par de vacas y unas cuantas gallinas.
Juan, no tardó en ponerse a trabajar, mostrando rápidamente sus habilidades en la construcción y en poco más de un año, pasó de peón a oficial de primera y hombre de confianza de Marcelino, un constructor (al margen de ser amigo de Eustaquio, quien le recomendó al chaval) que se fue haciendo un nombre en la ciudad y en el pueblo y al que mucha gente le tenían gran aprecio.
A la temprana edad de veintiún años, Juan y Eustaquia, contrajeron matrimonio, tuvieron dos hijos, Manuela y Jacinto. Juan, hizo realidad su sueño, llego a maestro de obras y la casa donde habrían de vivir toda su vida, en vez de construirla el mismo con la ayuda de su suegro como así lo tenía pensado, fue levantada a costa de Marcelino como regalo de bodas.
Todas las mañanas, antes de irse a trabajar, Juan, tomó por costumbre,(una hermosa costumbre) de dejar una flor dentro de un vaso con agua en la mesilla de noche del lado donde dormía Taqui (que así le llamaba cariñosamente Juan a su mujer) para cuando se despertara, la flor le diera los buenos días en su nombre ( como solía decir). Acto seguido dejaba ordeñadas las vacas y el pienso para las gallinas de modo que para cuando Taqui se levantara sobre las ocho de la mañana, lo único que tenía que hacer era dejar a las vacas pacer por el prado y a las gallinas abrirlas el corral para luego hacer las tareas de la casa que no eran pocas y dedicarse a su pequeña huerta. Cuando Juan llegaba por las tardes, se ocupaba de limpiar la cuadra y el gallinero y si les sobraba tiempo y el clima les acompañaba, salían a pasear por el pueblo y a departir amenamente con los vecinos. (Cabe resaltar que por aquellos años no había aceras y los paseos eran por caminos de tierra grava o embarrados)
Así, fueron transcurriendo los días, los meses, los años. Sus dos hijos, Manuela y Jacinto, como era de esperar, en cuanto encontraron sus respectivas parejas, se casaron y se fueron a vivir a la ciudad, cierto es que Manuela encontró trabajo de profesora en Santander y Jacinto continuó con la profesión de su padre pero al estar más tiempo fuera que en el pueblo, optó por comprarse allí una casa. No obstante de la ciudad al pueblo no llegaba a la hora por lo que los fines de semana, raro era que no se quedaran a pasar el día o a dormir en Polanco.
Juan se jubiló a los sesenta y cinco años y no faltó un solo día a su cita en dejar cada mañana una flor en el vaso con agua en la mesilla de Taqui, a pesar de que ya no trabajaba, él se levantaba temprano para ordeñar las vacas, limpiar la cuadra y dar de comer a las gallinas y quería que su flor le siguiera dando los buenos días en su nombre. Unos años más tarde, Juan se levantó como cada mañana, se fue al prado y cogió una hermosa rosa roja que la primavera regalaba, la depositó como era costumbre y se dirigió a la tarea. Cuando terminó dos horas más tarde, al entrar en la casa, se dirigió a la cocina y se extrañó que Taqui no le hubiese preparado el desayuno, una hogaza de pan con buen tazón de pura leche.
¡Taqui, Taqui! Le llamaba Juan.
Al ver que no respondía, la preocupación iba en aumento. Subió los diez escalones que dividían la planta baja en donde estaba el salón con su chimenea, la cocina, y un cuarto de baño, de la parte de arriba que era donde se hallaban las habitaciones y al entrar en la suya, fue entonces cuando la encontró dormida con su cara angelical, pero algo le decía que no iba bien, no era normal que no se hubiese levantado y al tocarla la frente, no pudo evitar dar un respingo, su corazón empezó a latir fuertemente, sus firmes y callosas manos tornaron a dubitativas y trémulas. Taqui, su compañera y único amor de toda una vida, se había marchado.
Pasaron unos días y Juan no se había movido de su lado, sentado al borde de la cama, tenía la mano izquierda de Taqui entre sus dos manos, sus ojos no cesaban en mirarla mientras caían silenciosas lágrimas sangrantes, no existía el día, no había noches ni lunas, tan solo estaban los dos en la casa de su vida. De pronto Juan soltó su mano, con sus trémulas piernas, se dirigió a la cuadra y abrió los portones, sacó a las vacas dejándolas en el prado, luego abrió el gallinero haciendo lo propio con las gallinas y se fue a coger, la rosa más grande que había y al igual que a las otras, antes de dejarla en la mesilla, se cuidó de quitarla las espinas, para posteriormente tumbarse a su lado, abrazarla dulcemente mientras le brindaba un dulce y cálido beso en los labios y sonriéndola le dijo...
“se confundió el cura, verdad Taqui"
Y así, mirándola tiernamente, pasó su brazo izquierdo por debajo de la cabeza de Taqui, su brazo derecho, reposaba sobre su cadera, juntó su mejilla con la de su mujer y cerrando los ojos, abrazado al amor de su vida, Juan, nunca los volvió a abrir.
¡Hasta que la muerte os separe! (se confundió el cura)


Luis
Derechos reservados
Emocionante tu prosa .
Pasé por ella, engulléndola y empapándome de ese amor tan precioso que nos trasmiten tus letras.
Precioso.

Un abrazo

Alfonso Espinosa
 
¿Que decirte, amigo Luis? Llevo 49 años con mi esposa, celebraremos las bodas de oro el próximo año y realmente no veo mejor forma de acabar mi vida que abrazado a ella.

Conmovedor y excelente relato nos has compartido.

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Cuanto me alegro Maestro Maramin de leer tan hermosa noticia y que sigan viniendo con mucha salud y sobre todo amor.
Me gustaría felicitarte pero no soy muy dado a las anticipaciones de larga espera, no me gusta, espero me comprendas, prefiero el día a día.
Por supuesto es la mejor y más hermosa forma de acabar.
Muchas gracias amigo mío por tu presencia.
Fraternal abrazo
 
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¡Hasta que la muerte os separe! (se confundió el cura)

¡Hasta que la muerte os separe! les dijo el cura del pueblo harían hoy sesenta y dos años a Eustaquia y Juan, un matrimonio bien avenido por todos los familiares y como no, no podía faltar la opinión de los vecinos del pueblo, bueno al principio no eran todos, sería algo extraordinario que los casi ciento cincuenta habitantes de este pequeño pueblo norteño de Santander llamado Polanco, un lugar muy tranquilo rodeado por montañas y verdosos pastos con un aroma embriagador y unas vistas cautivadoras, estuviesen de acuerdo. Se conocían desde muy niños pero no sería hasta los catorce años cuando sus encuentros y conversaciones cada vez eran más frecuentes, si bien es cierto, es justo decir que Juan con la excusa de ayudar al padre de Eustaquia bien fuera para ordeñar las cuatro vacas que tenía o recoger los productos de la huerta, aprovechaba para estar más tiempo con ella.
A Justiniana, madre de Eustaquia, le caía muy bien Juan y le tenía mucha estima pero ella ya le había echado el ojo a un mozo de buen porte y con vistas a fuera del pueblo y en más de una ocasión le repetía... “Hija, tú con Evaristo, que tiene las dos cosas, muy guapo y sus padres, dinero en el banco;"
A lo que ella respondía...
" Madre, ya sé que es guapo, que tiene dinero, que quiere irse a la ciudad y usted quiere que yo salga del pueblo, pero yo quiero a Juan y tanto a él como a mí nos gusta vivir aquí".
En cambio su padre Eustaquio, veía con muy buenos ojos que su hija se quedara en el pueblo, primero porque así la vería todos los días y si le necesitara, lo tendría al lado. Y en segundo lugar, porque conocía muy bien a Juan, un chico muy trabajador, bonachón por los cuatro costados, de padres humildes y trabajadores, gente muy noble que tenían siempre la puerta de su casa abierta para todo aquel que necesitara algo. Juan, tenía un sueño, desde pequeño no hacía más que dibujar casas y como aquello de estudiar para arquitecto, estaba al alcance de muy pocos, según fue creciendo, ya lo tuvo claro, quería ser, maestro de obras.
Juan y Eustaquio, congeniaron desde el principio pues ambos eran verdaderos artistas con las manos, tan pronto hacían de carpinteros como de fontaneros o electricistas, al margen de su habilidad para ordeñar las vacas, algo muy necesario que enseñaban a muy corta edad ya que no había nadie en el pueblo que no tuviera un par de ellas y unas cuantas gallinas.
Juan, no tardó en ponerse a trabajar, mostrando rápidamente sus habilidades en la construcción y en poco más de un año, pasó de peón a oficial de primera y hombre de confianza de Marcelino, un constructor (al margen de ser amigo de Eustaquio, quien le recomendó al chaval) que se fue haciendo un nombre en la ciudad y en el pueblo y al que mucha gente le tenían gran aprecio.
A la temprana edad de veintiún años, Juan y Eustaquia, contrajeron matrimonio, tuvieron dos hijos, Manuela y Jacinto. Juan, hizo realidad su sueño, llego a maestro de obras y la casa donde habrían de vivir toda su vida, en vez de construirla el mismo con la ayuda de su suegro como así lo tenía pensado, fue levantada a costa de Marcelino como regalo de bodas.
Todas las mañanas, antes de irse a trabajar, Juan, tomó por costumbre,(una hermosa costumbre) de dejar una flor dentro de un vaso con agua en la mesilla de noche del lado donde dormía Taqui (que así le llamaba cariñosamente Juan a su mujer) para cuando se despertara, la flor le diera los buenos días en su nombre ( como solía decir). Acto seguido dejaba ordeñadas las vacas y el pienso para las gallinas de modo que para cuando Taqui se levantara sobre las ocho de la mañana, lo único que tenía que hacer era dejar a las vacas pacer por el prado y a las gallinas abrirlas el corral para luego hacer las tareas de la casa que no eran pocas y dedicarse a su pequeña huerta. Cuando Juan llegaba por las tardes, se ocupaba de limpiar la cuadra y el gallinero y si les sobraba tiempo y el clima les acompañaba, salían a pasear por el pueblo y a departir amenamente con los vecinos. (Cabe resaltar que por aquellos años no había aceras y los paseos eran por caminos de tierra grava o embarrados)
Así, fueron transcurriendo los días, los meses, los años. Sus dos hijos, Manuela y Jacinto, como era de esperar, en cuanto encontraron sus respectivas parejas, se casaron y se fueron a vivir a la ciudad, cierto es que Manuela encontró trabajo de profesora en Santander y Jacinto continuó con la profesión de su padre pero al estar más tiempo fuera que en el pueblo, optó por comprarse allí una casa. No obstante de la ciudad al pueblo no llegaba a la hora por lo que los fines de semana, raro era que no se quedaran a pasar el día o a dormir en Polanco.
Juan se jubiló a los sesenta y cinco años y no faltó un solo día a su cita en dejar cada mañana una flor en el vaso con agua en la mesilla de Taqui, a pesar de que ya no trabajaba, él se levantaba temprano para ordeñar las vacas, limpiar la cuadra y dar de comer a las gallinas y quería que su flor le siguiera dando los buenos días en su nombre. Unos años más tarde, Juan se levantó como cada mañana, se fue al prado y cogió una hermosa rosa roja que la primavera regalaba, la depositó como era costumbre y se dirigió a la tarea. Cuando terminó dos horas más tarde, al entrar en la casa, se dirigió a la cocina y se extrañó que Taqui no le hubiese preparado el desayuno, una hogaza de pan con buen tazón de pura leche.
¡Taqui, Taqui! Le llamaba Juan.
Al ver que no respondía, la preocupación iba en aumento. Subió los diez escalones que dividían la planta baja en donde estaba el salón con su chimenea, la cocina, y un cuarto de baño, de la parte de arriba que era donde se hallaban las habitaciones y al entrar en la suya, fue entonces cuando la encontró dormida con su cara angelical, pero algo le decía que no iba bien, no era normal que no se hubiese levantado y al tocarla la frente, no pudo evitar dar un respingo, su corazón empezó a latir fuertemente, sus firmes y callosas manos tornaron a dubitativas y trémulas. Taqui, su compañera y único amor de toda una vida, se había marchado.
Pasaron unos días y Juan no se había movido de su lado, sentado al borde de la cama, tenía la mano izquierda de Taqui entre sus dos manos, sus ojos no cesaban en mirarla mientras caían silenciosas lágrimas sangrantes, no existía el día, no había noches ni lunas, tan solo estaban los dos en la casa de su vida. De pronto Juan soltó su mano, con sus trémulas piernas, se dirigió a la cuadra y abrió los portones, sacó a las vacas dejándolas en el prado, luego abrió el gallinero haciendo lo propio con las gallinas y se fue a coger, la rosa más grande que había y al igual que a las otras, antes de dejarla en la mesilla, se cuidó de quitarla las espinas, para posteriormente tumbarse a su lado, abrazarla dulcemente mientras le brindaba un dulce y cálido beso en los labios y sonriéndola le dijo...
“se confundió el cura, verdad Taqui"
Y así, mirándola tiernamente, pasó su brazo izquierdo por debajo de la cabeza de Taqui, su brazo derecho, reposaba sobre su cadera, juntó su mejilla con la de su mujer y cerrando los ojos, abrazado al amor de su vida, Juan, nunca los volvió a abrir.
¡Hasta que la muerte os separe! (se confundió el cura)


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¡Hasta que la muerte os separe! (se confundió el cura)

¡Hasta que la muerte os separe! les dijo el cura del pueblo harían hoy sesenta y dos años a Eustaquia y Juan, un matrimonio bien avenido por todos los familiares y como no, no podía faltar la opinión de los vecinos del pueblo, bueno al principio no eran todos, sería algo extraordinario que los casi ciento cincuenta habitantes de este pequeño pueblo norteño de Santander llamado Polanco, un lugar muy tranquilo rodeado por montañas y verdosos pastos con un aroma embriagador y unas vistas cautivadoras, estuviesen de acuerdo. Se conocían desde muy niños pero no sería hasta los catorce años cuando sus encuentros y conversaciones cada vez eran más frecuentes, si bien es cierto, es justo decir que Juan con la excusa de ayudar al padre de Eustaquia bien fuera para ordeñar las cuatro vacas que tenía o recoger los productos de la huerta, aprovechaba para estar más tiempo con ella.
A Justiniana, madre de Eustaquia, le caía muy bien Juan y le tenía mucha estima pero ella ya le había echado el ojo a un mozo de buen porte y con vistas a fuera del pueblo y en más de una ocasión le repetía... “Hija, tú con Evaristo, que tiene las dos cosas, muy guapo y sus padres, dinero en el banco;"
A lo que ella respondía...
" Madre, ya sé que es guapo, que tiene dinero, que quiere irse a la ciudad y usted quiere que yo salga del pueblo, pero yo quiero a Juan y tanto a él como a mí nos gusta vivir aquí".
En cambio su padre Eustaquio, veía con muy buenos ojos que su hija se quedara en el pueblo, primero porque así la vería todos los días y si le necesitara, lo tendría al lado. Y en segundo lugar, porque conocía muy bien a Juan, un chico muy trabajador, bonachón por los cuatro costados, de padres humildes y trabajadores, gente muy noble que tenían siempre la puerta de su casa abierta para todo aquel que necesitara algo. Juan, tenía un sueño, desde pequeño no hacía más que dibujar casas y como aquello de estudiar para arquitecto, estaba al alcance de muy pocos, según fue creciendo, ya lo tuvo claro, quería ser, maestro de obras.
Juan y Eustaquio, congeniaron desde el principio pues ambos eran verdaderos artistas con las manos, tan pronto hacían de carpinteros como de fontaneros o electricistas, al margen de su habilidad para ordeñar las vacas, algo muy necesario que enseñaban a muy corta edad ya que no había nadie en el pueblo que no tuviera un par de ellas y unas cuantas gallinas.
Juan, no tardó en ponerse a trabajar, mostrando rápidamente sus habilidades en la construcción y en poco más de un año, pasó de peón a oficial de primera y hombre de confianza de Marcelino, un constructor (al margen de ser amigo de Eustaquio, quien le recomendó al chaval) que se fue haciendo un nombre en la ciudad y en el pueblo y al que mucha gente le tenían gran aprecio.
A la temprana edad de veintiún años, Juan y Eustaquia, contrajeron matrimonio, tuvieron dos hijos, Manuela y Jacinto. Juan, hizo realidad su sueño, llego a maestro de obras y la casa donde habrían de vivir toda su vida, en vez de construirla el mismo con la ayuda de su suegro como así lo tenía pensado, fue levantada a costa de Marcelino como regalo de bodas.
Todas las mañanas, antes de irse a trabajar, Juan, tomó por costumbre,(una hermosa costumbre) de dejar una flor dentro de un vaso con agua en la mesilla de noche del lado donde dormía Taqui (que así le llamaba cariñosamente Juan a su mujer) para cuando se despertara, la flor le diera los buenos días en su nombre ( como solía decir). Acto seguido dejaba ordeñadas las vacas y el pienso para las gallinas de modo que para cuando Taqui se levantara sobre las ocho de la mañana, lo único que tenía que hacer era dejar a las vacas pacer por el prado y a las gallinas abrirlas el corral para luego hacer las tareas de la casa que no eran pocas y dedicarse a su pequeña huerta. Cuando Juan llegaba por las tardes, se ocupaba de limpiar la cuadra y el gallinero y si les sobraba tiempo y el clima les acompañaba, salían a pasear por el pueblo y a departir amenamente con los vecinos. (Cabe resaltar que por aquellos años no había aceras y los paseos eran por caminos de tierra grava o embarrados)
Así, fueron transcurriendo los días, los meses, los años. Sus dos hijos, Manuela y Jacinto, como era de esperar, en cuanto encontraron sus respectivas parejas, se casaron y se fueron a vivir a la ciudad, cierto es que Manuela encontró trabajo de profesora en Santander y Jacinto continuó con la profesión de su padre pero al estar más tiempo fuera que en el pueblo, optó por comprarse allí una casa. No obstante de la ciudad al pueblo no llegaba a la hora por lo que los fines de semana, raro era que no se quedaran a pasar el día o a dormir en Polanco.
Juan se jubiló a los sesenta y cinco años y no faltó un solo día a su cita en dejar cada mañana una flor en el vaso con agua en la mesilla de Taqui, a pesar de que ya no trabajaba, él se levantaba temprano para ordeñar las vacas, limpiar la cuadra y dar de comer a las gallinas y quería que su flor le siguiera dando los buenos días en su nombre. Unos años más tarde, Juan se levantó como cada mañana, se fue al prado y cogió una hermosa rosa roja que la primavera regalaba, la depositó como era costumbre y se dirigió a la tarea. Cuando terminó dos horas más tarde, al entrar en la casa, se dirigió a la cocina y se extrañó que Taqui no le hubiese preparado el desayuno, una hogaza de pan con buen tazón de pura leche.
¡Taqui, Taqui! Le llamaba Juan.
Al ver que no respondía, la preocupación iba en aumento. Subió los diez escalones que dividían la planta baja en donde estaba el salón con su chimenea, la cocina, y un cuarto de baño, de la parte de arriba que era donde se hallaban las habitaciones y al entrar en la suya, fue entonces cuando la encontró dormida con su cara angelical, pero algo le decía que no iba bien, no era normal que no se hubiese levantado y al tocarla la frente, no pudo evitar dar un respingo, su corazón empezó a latir fuertemente, sus firmes y callosas manos tornaron a dubitativas y trémulas. Taqui, su compañera y único amor de toda una vida, se había marchado.
Pasaron unos días y Juan no se había movido de su lado, sentado al borde de la cama, tenía la mano izquierda de Taqui entre sus dos manos, sus ojos no cesaban en mirarla mientras caían silenciosas lágrimas sangrantes, no existía el día, no había noches ni lunas, tan solo estaban los dos en la casa de su vida. De pronto Juan soltó su mano, con sus trémulas piernas, se dirigió a la cuadra y abrió los portones, sacó a las vacas dejándolas en el prado, luego abrió el gallinero haciendo lo propio con las gallinas y se fue a coger, la rosa más grande que había y al igual que a las otras, antes de dejarla en la mesilla, se cuidó de quitarla las espinas, para posteriormente tumbarse a su lado, abrazarla dulcemente mientras le brindaba un dulce y cálido beso en los labios y sonriéndola le dijo...
“se confundió el cura, verdad Taqui"
Y así, mirándola tiernamente, pasó su brazo izquierdo por debajo de la cabeza de Taqui, su brazo derecho, reposaba sobre su cadera, juntó su mejilla con la de su mujer y cerrando los ojos, abrazado al amor de su vida, Juan, nunca los volvió a abrir.
¡Hasta que la muerte os separe! (se confundió el cura)


Luis
Derechos reservados


Enternecedor relato poeta , fue un verdadero placer pasar por tus letras, un abrazo desde Tarragona.
 
Que historia más emotiva y más triste, pero que bien contada, que bellamente escrita, me ha encantado, un abrazo, Luis
Cuanto me alegra que te haya gustado Esther esta historia en la que la única realidad que hay, es la situación a la que se encontró a un matrimonio mayor, salió en las televisiones.
Gran abrazo amiga mía, feliz Sábado.
 
Bonita historia de amor, Luis, con la pretensión de que un sentimiento tan hermoso trascienda tras la muerte.
Me gustó aunque yo al amor al que he observado muchas horas, lo sentaría en el banquillo para decirle alguna cosita, pues tiene demasiada buena imagen, el tío bandido, jeje...
Un abrazo y un placer leerte.
 
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¡Hasta que la muerte os separe! (se confundió el cura)

¡Hasta que la muerte os separe! les dijo el cura del pueblo harían hoy sesenta y dos años a Eustaquia y Juan, un matrimonio bien avenido por todos los familiares y como no, no podía faltar la opinión de los vecinos del pueblo, bueno al principio no eran todos, sería algo extraordinario que los casi ciento cincuenta habitantes de este pequeño pueblo norteño de Santander llamado Polanco, un lugar muy tranquilo rodeado por montañas y verdosos pastos con un aroma embriagador y unas vistas cautivadoras, estuviesen de acuerdo. Se conocían desde muy niños pero no sería hasta los catorce años cuando sus encuentros y conversaciones cada vez eran más frecuentes, si bien es cierto, es justo decir que Juan con la excusa de ayudar al padre de Eustaquia bien fuera para ordeñar las cuatro vacas que tenía o recoger los productos de la huerta, aprovechaba para estar más tiempo con ella.
A Justiniana, madre de Eustaquia, le caía muy bien Juan y le tenía mucha estima pero ella ya le había echado el ojo a un mozo de buen porte y con vistas a fuera del pueblo y en más de una ocasión le repetía... “Hija, tú con Evaristo, que tiene las dos cosas, muy guapo y sus padres, dinero en el banco;"
A lo que ella respondía...
" Madre, ya sé que es guapo, que tiene dinero, que quiere irse a la ciudad y usted quiere que yo salga del pueblo, pero yo quiero a Juan y tanto a él como a mí nos gusta vivir aquí".
En cambio su padre Eustaquio, veía con muy buenos ojos que su hija se quedara en el pueblo, primero porque así la vería todos los días y si le necesitara, lo tendría al lado. Y en segundo lugar, porque conocía muy bien a Juan, un chico muy trabajador, bonachón por los cuatro costados, de padres humildes y trabajadores, gente muy noble que tenían siempre la puerta de su casa abierta para todo aquel que necesitara algo. Juan, tenía un sueño, desde pequeño no hacía más que dibujar casas y como aquello de estudiar para arquitecto, estaba al alcance de muy pocos, según fue creciendo, ya lo tuvo claro, quería ser, maestro de obras.
Juan y Eustaquio, congeniaron desde el principio pues ambos eran verdaderos artistas con las manos, tan pronto hacían de carpinteros como de fontaneros o electricistas, al margen de su habilidad para ordeñar las vacas, algo muy necesario que enseñaban a muy corta edad ya que no había nadie en el pueblo que no tuviera un par de ellas y unas cuantas gallinas.
Juan, no tardó en ponerse a trabajar, mostrando rápidamente sus habilidades en la construcción y en poco más de un año, pasó de peón a oficial de primera y hombre de confianza de Marcelino, un constructor (al margen de ser amigo de Eustaquio, quien le recomendó al chaval) que se fue haciendo un nombre en la ciudad y en el pueblo y al que mucha gente le tenían gran aprecio.
A la temprana edad de veintiún años, Juan y Eustaquia, contrajeron matrimonio, tuvieron dos hijos, Manuela y Jacinto. Juan, hizo realidad su sueño, llego a maestro de obras y la casa donde habrían de vivir toda su vida, en vez de construirla el mismo con la ayuda de su suegro como así lo tenía pensado, fue levantada a costa de Marcelino como regalo de bodas.
Todas las mañanas, antes de irse a trabajar, Juan, tomó por costumbre,(una hermosa costumbre) de dejar una flor dentro de un vaso con agua en la mesilla de noche del lado donde dormía Taqui (que así le llamaba cariñosamente Juan a su mujer) para cuando se despertara, la flor le diera los buenos días en su nombre ( como solía decir). Acto seguido dejaba ordeñadas las vacas y el pienso para las gallinas de modo que para cuando Taqui se levantara sobre las ocho de la mañana, lo único que tenía que hacer era dejar a las vacas pacer por el prado y a las gallinas abrirlas el corral para luego hacer las tareas de la casa que no eran pocas y dedicarse a su pequeña huerta. Cuando Juan llegaba por las tardes, se ocupaba de limpiar la cuadra y el gallinero y si les sobraba tiempo y el clima les acompañaba, salían a pasear por el pueblo y a departir amenamente con los vecinos. (Cabe resaltar que por aquellos años no había aceras y los paseos eran por caminos de tierra grava o embarrados)
Así, fueron transcurriendo los días, los meses, los años. Sus dos hijos, Manuela y Jacinto, como era de esperar, en cuanto encontraron sus respectivas parejas, se casaron y se fueron a vivir a la ciudad, cierto es que Manuela encontró trabajo de profesora en Santander y Jacinto continuó con la profesión de su padre pero al estar más tiempo fuera que en el pueblo, optó por comprarse allí una casa. No obstante de la ciudad al pueblo no llegaba a la hora por lo que los fines de semana, raro era que no se quedaran a pasar el día o a dormir en Polanco.
Juan se jubiló a los sesenta y cinco años y no faltó un solo día a su cita en dejar cada mañana una flor en el vaso con agua en la mesilla de Taqui, a pesar de que ya no trabajaba, él se levantaba temprano para ordeñar las vacas, limpiar la cuadra y dar de comer a las gallinas y quería que su flor le siguiera dando los buenos días en su nombre. Unos años más tarde, Juan se levantó como cada mañana, se fue al prado y cogió una hermosa rosa roja que la primavera regalaba, la depositó como era costumbre y se dirigió a la tarea. Cuando terminó dos horas más tarde, al entrar en la casa, se dirigió a la cocina y se extrañó que Taqui no le hubiese preparado el desayuno, una hogaza de pan con buen tazón de pura leche.
¡Taqui, Taqui! Le llamaba Juan.
Al ver que no respondía, la preocupación iba en aumento. Subió los diez escalones que dividían la planta baja en donde estaba el salón con su chimenea, la cocina, y un cuarto de baño, de la parte de arriba que era donde se hallaban las habitaciones y al entrar en la suya, fue entonces cuando la encontró dormida con su cara angelical, pero algo le decía que no iba bien, no era normal que no se hubiese levantado y al tocarla la frente, no pudo evitar dar un respingo, su corazón empezó a latir fuertemente, sus firmes y callosas manos tornaron a dubitativas y trémulas. Taqui, su compañera y único amor de toda una vida, se había marchado.
Pasaron unos días y Juan no se había movido de su lado, sentado al borde de la cama, tenía la mano izquierda de Taqui entre sus dos manos, sus ojos no cesaban en mirarla mientras caían silenciosas lágrimas sangrantes, no existía el día, no había noches ni lunas, tan solo estaban los dos en la casa de su vida. De pronto Juan soltó su mano, con sus trémulas piernas, se dirigió a la cuadra y abrió los portones, sacó a las vacas dejándolas en el prado, luego abrió el gallinero haciendo lo propio con las gallinas y se fue a coger, la rosa más grande que había y al igual que a las otras, antes de dejarla en la mesilla, se cuidó de quitarla las espinas, para posteriormente tumbarse a su lado, abrazarla dulcemente mientras le brindaba un dulce y cálido beso en los labios y sonriéndola le dijo...
“se confundió el cura, verdad Taqui"
Y así, mirándola tiernamente, pasó su brazo izquierdo por debajo de la cabeza de Taqui, su brazo derecho, reposaba sobre su cadera, juntó su mejilla con la de su mujer y cerrando los ojos, abrazado al amor de su vida, Juan, nunca los volvió a abrir.
¡Hasta que la muerte os separe! (se confundió el cura)


Luis
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Hay historias que son conmovedoras y llenas de exquisita ternura. Esta es una de ellas, la cual llevada de la mano de tu maestría ha hecho que aflorara la humedad a mis párpados. Esa historia que tan magistralmente has hilado a mí me resulta familiar. No es la primera vez que tras el fallecimiento de uno de los cónyuges al poco tiempo el otro vaya en su busca. Tú lo has dicho muy bien con tu redacción impecable a la que nos tienes acostumbrados.
Gracias por compartir este trabajo.
Con mi fraternal abrazo.
Salva.
 
Bonita historia de amor, Luis, con la pretensión de que un sentimiento tan hermoso trascienda tras la muerte.
Me gustó aunque yo al amor al que he observado muchas horas, lo sentaría en el banquillo para decirle alguna cosita, pues tiene demasiada buena imagen, el tío bandido, jeje...
Un abrazo y un placer leerte.

Muchas gracias José, decirte que el final de este relato está basado en un caso real pero claro todo lo demás es historia. Ocurrió el año pasado por el sur de España, primero falleció la mujer y el marido días más tarde falleció a su lado abrazado a ella hasta que alguien advirtió un fuerte olor que salía de la casa.
Un fuerte abrazo José ahhh y siéntalo en el banquillo jajaja
 
Hay historias que son conmovedoras y llenas de exquisita ternura. Esta es una de ellas, la cual llevada de la mano de tu maestría ha hecho que aflorara la humedad a mis párpados. Esa historia que tan magistralmente has hilado a mí me resulta familiar. No es la primera vez que tras el fallecimiento de uno de los cónyuges al poco tiempo el otro vaya en su busca. Tú lo has dicho muy bien con tu redacción impecable a la que nos tienes acostumbrados.
Gracias por compartir este trabajo.
Con mi fraternal abrazo.
Salva.

Muchas gracias Salva, esto es un caso real que ocurrió el año pasado creo recordar un ciudad costera al sur pero no se cual.
Primero falleció la mujer y él días más tarde falleció a su lado y los encontraron así por alguien que advirtió un fuerte olor que salía de la casa. Lo demás es una historia.
Fue un pequeño homenaje a estas personas.
Fuerte abrazo amigo mío.
 
¡Hasta que la muerte os separe! (se confundió el cura)
¡MARAVILLOSA! maravillosa desde todos los puntos de vista, en la narración: excelente, fluye la lectura como si me estuviese contando tu mismo, sin muletillas, sin vacío de información, la presentación y descripción de los personajes muy precisa, la presentación muy bien tal vez con la letra un poquito mas grande se leería mejor por cuanto algun@ debemos usar lentes para leer, y esto no le quita belleza literaria ya es un caso personal, y el contenido es lo mejor, ¡Que historia tan bella! desde el principio motiva a seguir, y el final es un sin palabras, sssssiiiii el cura se equivoco la muerte no los separo. Te felicito Luis, me ha gustado mucho, gracias por compartirla. Un abrazo con mucho afecto.
 
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